En Comunión no es una meta, sino un camino
Quiero compartir mi experiencia personal, por eso hablo en
primera persona del singular. Es muy cubano que cuando hablamos
lo hacemos como si todos pensáramos igual. No es mi intención
criticar el pasado, ya que jamás podríamos ni cambiarlo ni
volver a él. Sólo podemos aprender de la experiencia vivida. Yo
llegué al exilio en 1961, acabado de cumplir 25 años, después de
estar asilado en una embajada, con la ilusión de regresar a mi
país. Pensando con el corazón y creyendo que nuestros aliados
tenían interés en ayudarnos. Ya había ocurrido el fracaso de
Girón, pero pensé que habría otras oportunidades. Esa fue mi
primera desilusión. Porque los aliados políticos poderosos
buscan sus intereses propios. Ya se hablaba de la unidad
necesaria para el triunfo, unidad bajo un líder, una especie de
anti-Castro. Empezaron las carreras políticas en la política
local, porque así se lograría la libertad de Cuba. Todavía no
entiendo cómo un concejal de una ciudad podría intervenir en la
política nacional. Ésa fue mi segunda desilusión. Durante los
siguientes años, mi vida fue luchar con mi esposa en criar
nuestros cuatro hijos y compartir el sueño americano. Pero había
dos frases que me molestaban: una era “los americanos no van a
permitir esto” y la otra, “llegó a tierras de libertad”
La
primera nos acondicionaba a pensar que los cubanos, solos, no
podríamos jamás llegar a resolver nuestros problemas. La otra
frase indicaba que no había esperanza de libertad en Cuba: la
única solución era irse. En 1980 mi esposa se fue a Mariel y
trajo a su padre, y empezó para nosotros un descubrimiento de
cómo era la vida cotidiana en Cuba. Con el Mariel, para mí se
cayó la “cortina de bagazo”, y empecé a ver y a cuestionarme mi
manera de pensar. ¿Es necesario que la solución del problema
cubano sea dirigida por los americanos? ¿La libertad de un país
se logra cuando todos sus hijos lo abandonen? ¿Cruzar el
estrecho de la Florida limpia las culpas? El 8 de septiembre de
1993, la Conferencia de Obispos Cubanos da a conocer El Amor
todo lo espera. Leí con avidez el documento y ése fue el
principio de mi nueva conversión. Con Amor hay Esperanza y ésta
aviva la Fe. El problema cubano está en Cuba. Sólo los cubanos
podemos resolver nuestros problemas. Tengo que arrancar el odio
de mi corazón. Y el odio se quita sólo con amor y al amor se
llega por el perdón. El primer perdón fue el que más me demoró
dar y el más duro de lograr. Fue perdonarme por haber elegido
ser exiliado y no-mártir. El segundo, aceptar que otros puedan
pensar de manera distinta y no estar equivocados. Vino la visita
del Papa y al fin regresé a Cuba por primera vez, en enero de
1998, 37 años después. He vuelto otras veces y, desde entonces,
creo firmemente que nosotros, el pueblo cubano –donde quiera que
se encuentre– somos los únicos que podemos resolver nuestro
problema. Y surge En Comunión, que no es una meta sino un camino
que respeta a todos. Que ofrece un espacio sagrado para que
todos los cubanos, como yo, ahora, puedan abrir su corazón a la
esperanza; puedan superar los miedos y decir lo que piensan y
aceptar lo que otros piensan, aunque ese pensamiento sea
contrario al mío.
En
Comunión no busca la unidad sino el diálogo, no busca la
hegemonía sino la coherencia. Busca el perdón como método de
eliminar el odio y a la vez darle base a la reconciliación en la
justicia. Usando la enseñanza social de la Iglesia no para busca
una teoría política, sino para ofrecer un ámbito respetuoso para
la discusión del futuro, donde los puntos principales sean: el
respeto a la persona humana, en su dignidad, derecho al trabajo,
y a la propiedad, libertad de expresión, creencias religiosas,
movimiento etc. Todo esto dentro del respeto al bien común, y
cómo lograr esta meta por vías pacíficas. En Comunión es un
proyecto religioso, para dar un espacio sagrado a la
reconciliación y al discurso político.
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