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CARTA APOSTÓLICA DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II A LOS
RESPONSABLES DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES
EL RÁPIDO DESARROLLO (24 de enero de 2005)
1. Un signo del progreso que experimenta la sociedad actual
consiste, sin duda, en el rápido desarrollo de las tecnologías
en el campo de los medios de comunicación. Al contemplar estas
novedades en continua evolución resulta aún más actual cuanto se
lee en el Decreto del Concilio Ecuménico Vaticano II Inter
mirifica promulgado por mi predecesor, el siervo de Dios Pablo
VI, el 4 de diciembre de 1963: “Entre los maravillosos inventos
de la técnica que, sobre todo en nuestros tiempos, ha extraído
el ingenio humano, con la ayuda de Dios, de las cosas creadas,
la Madre Iglesia acoge y fomenta con peculiar solicitud aquellos
que miran principalmente al espíritu humano y han abierto nuevos
caminos para comunicar, con extraordinaria facilidad, todo tipo
de noticias, ideas y doctrinas”[1].
I. Un camino fecundo trazado por el Decreto Inter mirifica
2. Transcurridos más de cuarenta años desde la publicación de
aquel documento, se hace oportuna una nueva reflexión sobre los
“desafíos” que las comunicaciones sociales plantean a la Iglesia,
la cual, como indicó Pablo VI, “se sentiría culpable ante Dios
si no empleara esos poderosos medios”[2]. De hecho, la Iglesia
no ha de contemplar tan sólo el uso de estos medios de
comunicación para difundir el Evangelio sino, hoy más que nunca,
para integrar el mensaje salvífico en la ‘nueva cultura’ que
precisamente los mismos medios crean y amplifican. La Iglesia
advierte que el uso de las técnicas y de las tecnologías de la
comunicación contemporánea es parte integrante de su propia
misión en el tercer milenio.
Movida por esta conciencia, la comunidad cristiana ha dado pasos
significativos en el uso de los medios de comunicación para la
información religiosa, para la evangelización y la catequesis,
para la formación de los agentes de pastoral en este sector y
para la educación de una madura responsabilidad de los usuarios
y destinatarios de los mismos instrumentos de la comunicación.
3. Los desafíos para la nueva evangelización, en un mundo rico
en potencialidad comunicativa como el nuestro, son múltiples. Al
tomar en cuenta esta realidad he querido subrayar, en la Carta
encíclica Redemptoris missio, que el mundo de la
comunicación es el primer areópago del tiempo moderno, capaz de
unificar a la humanidad transformándola, como suele decirse, en
“una aldea global”. Los medios de comunicación social han
alcanzado importancia hasta el punto de que son para muchos el
principal instrumento de guía e inspiración para su
comportamiento individual, familiar y social. Se trata de un
problema complejo, ya que tal cultura, antes que de “los
contenidos”, nace del hecho mismo de la existencia de nuevos
modos de comunicar, dotados de técnicas y lenguajes inéditos.
Vivimos en una época de comunicación global, en que muchos
momentos de la existencia humana se articulan a través de
procesos mediáticos o por lo menos deben confrontarse con ellos.
Me limito a recordar la formación de la personalidad y de la
conciencia, la interpretación y la estructuración de lazos
afectivos, la articulación de las fases educativas y formativas,
la elaboración y la difusión de fenómenos culturales, el
desarrollo de la vida social, política y económica.
En una visión orgánica y correcta del desarrollo del ser humano,
los medios de comunicación pueden y deben promover la justicia y
la solidaridad, refiriendo los acontecimientos de modo cuidadoso
y verdadero, analizando completamente las situaciones y los
problemas, y dando voz a las diversas opiniones. Los criterios
supremos de la verdad y la justicia en el ejercicio maduro de la
libertad y de la responsabilidad, constituyen el horizonte
dentro el cual se sitúa una auténtica deontología en el
aprovechamiento de los modernos y potentes medios de
comunicación social.
II. Discernimiento evangélico y
compromiso misionero
4. También el mundo de los medios de comunicación necesita la
redención de Cristo. Para analizar, con los ojos de la fe, los
procesos y el valor de las comunicaciones sociales resulta de
indudable utilidad la profundización de la Sagrada Escritura, la
cual se presenta como un “gran código” de comunicación de un
mensaje no efímero y ocasional, sino fundamental en razón de su
valor salvífico.
La historia de la salvación narra y documenta la comunicación de
Dios con el hombre, comunicación que utiliza todas las formas y
modalidades del comunicar. El ser humano ha sido creado a imagen
y semejanza de Dios para acoger la revelación divina y para
entablar un diálogo de amor con Él. A causa del pecado, esta
capacidad de diálogo ha sido alterada, sea a escala personal o
social, y los hombres han hecho y continúan haciendo la amarga
experiencia de la incomprensión y de la lejanía. Sin embargo
Dios no los ha abandonado y les ha enviado a su mismo Hijo (cf.
Mc 12, 1-11). En el Verbo hecho carne el evento comunicativo
asume su máxima dimensión salvífica: de este modo se entrega al
hombre, en el Espíritu Santo, la capacidad de recibir la
salvación y de anunciarla y testimoniarla a sus hermanos.
5. La comunicación entre Dios y la humanidad ha alcanzado por
tanto su perfección en el Verbo hecho carne. El acto de amor a
través del cual Dios se revela, unido a la respuesta de fe de la
humanidad, genera un diálogo fecundo. Precisamente por esto al
hacer nuestra, en cierto modo, la petición de los discípulos
“enséñanos a orar” (Lc 11, 1), podemos pedirle al Señor que nos
guíe para entender cómo comunicarnos con Dios y con los hombres
a través de los maravillosos instrumentos de la comunicación
social. Reconducidos al horizonte de tal comunicación última y
decisiva, los medios de comunicación social se revelan como una
oportunidad providencial para llegar a los hombres en cualquier
latitud, superando las barreras de tiempo, de espacio y de
lengua, formulando en las más diversas modalidades los
contenidos de la fe y ofreciendo a quien busca lugares seguros
que permitan entrar en diálogo con el misterio de Dios revelado
plenamente en Cristo Jesús.
El Verbo encarnado nos ha dejado el ejemplo de cómo comunicarnos
con el Padre y con los hombres, sea viviendo momentos de
silencio y de recogimiento, sea predicando en todo lugar y con
todos los lenguajes posibles. Él explica las Escrituras, se
expresa en parábolas, dialoga en la intimidad de las casas,
habla en las plazas, en las calles, en las orillas del lago,
sobre las cimas de los montes. El encuentro personal con Él no
deja indiferente, al contrario, estimula a imitarlo: “Lo que yo
os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a plena la luz; y lo
que os digo al oído, proclamadlo desde los terrados” (Mt 10,
27).
Hay después un momento culminante en el cual la comunicación se
hace comunión plena: es el encuentro eucarístico. Reconociendo a
Jesús en la “fracción del pan” (cf. Lc 24, 30-31), los creyentes
se sienten impulsados a anunciar su muerte y resurrección y a
volverse valientes y gozosos testigos de su Reino (cf. Lc 24,
35).
6. Gracias a la Redención, la capacidad comunicativa de los
creyentes se ha sanado y renovado. El encuentro con Cristo los
transforma en criaturas nuevas, les permite entrar a formar
parte de aquel pueblo que Él ha conquistado con su sangre
muriendo sobre la Cruz, y los introduce en la vida íntima de la
Trinidad, que es comunicación continua y circular de amor
perfecto e infinito entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
La comunicación penetra las dimensiones esenciales de la
Iglesia, llamada a anunciar a todos el gozoso mensaje de la
salvación. Por esto, ella asume las oportunidades ofrecidas por
los instrumentos de la comunicación social como caminos
ofrecidos providencialmente por Dios en nuestros días para
acrecentar la comunión y hacer más incisivo el anuncio[3]. Los
medios de comunicación permiten manifestar el carácter universal
del Pueblo de Dios, favoreciendo un intercambio más intenso e
inmediato entre las Iglesias locales y alimentando el recíproco
conocimiento y colaboración.
III. Cambio de mentalidad y renovación
pastoral
7. En los medios de comunicación la Iglesia encuentra un apoyo
excelente para difundir el Evangelio y los valores religiosos,
para promover el diálogo y la cooperación ecuménica e
interreligiosa, así como para defender aquellos sólidos
principios indispensables para la construcción de una sociedad
respetuosa de la dignidad de la persona humana y atenta al bien
común. Asimismo la Iglesia los emplea con gusto para la propia
información y para dilatar los confines de la evangelización, de
la catequesis y de la formación, en la conciencia de que su
utilización da respuesta al mandato del Señor: “Id por todo el
mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,
15).
Misión ciertamente no fácil en nuestra época, en la cual se ha
difundido en muchos la convicción de que el tiempo de las
certezas ha pasado irremediablemente: el hombre debería aprender
a vivir en un horizonte de total ausencia de sentido, en busca
de lo provisorio y de lo fugaz[4]. En este contexto, los
instrumentos de comunicación pueden ser usados “para proclamar
el Evangelio o para reducirlo al silencio en los corazones de
los hombres”[5]. Esto representa un serio reto para los
creyentes, sobre todo para los padres, familias y para cuantos
son responsables de la formación de la infancia y de la
juventud. Es oportuno que, con prudencia y sabiduría pastoral,
se fomente en las comunidades eclesiales la dedicación al
trabajo en el campo de la comunicación, y así contar con
profesionales capaces de un diálogo eficaz con el vasto mundo
mediático.
8. Valorizar los medios de comunicación no es sólo tarea de
“entendidos” del sector, sino también de toda la comunidad
eclesial. Si, como se ha dicho antes, las comunicaciones
sociales comprenden todos los ámbitos de la expresión de la fe,
es la vida cristiana en conjunto la que debe tener en cuenta la
cultura mediática en la que vivimos: desde la liturgia, suprema
y fundamental expresión de la comunicación con Dios y con los
hermanos, a la catequesis que no puede prescindir del hecho de
dirigirse a sujetos influenciados por el lenguaje y la cultura
contemporáneos.
El fenómeno actual de las comunicaciones sociales impulsa a la
Iglesia a una suerte de “conversión” pastoral y cultural para
estar en grado de afrontar de manera adecuada el cambio de época
que estamos viviendo. De esta exigencia se deben hacer
intérpretes, sobre todo, los Pastores: es importante trabajar
para que el anuncio del Evangelio se haga de modo incisivo, que
estimule la escucha y favorezca la acogida[6]. En sintonía con
los Pastores deben obrar todos los organismos de consejo y de
coordinación de modo que, en su campo específico, se
identifiquen las líneas pastorales más adecuadas para una eficaz
acción misionera. Las personas consagradas, según su propio
carisma, tienen una especial responsabilidad en este campo de
las comunicaciones sociales. Una vez formadas espiritual y
profesionalmente, “presten de buen grado sus servicios, según
las oportunidades pastorales […] para que se eviten, de una
parte, los daños provocados por un uso adulterado de los medios
y, de otra, se promueva una mejor calidad de las transmisiones,
con mensajes respetuosos de la ley moral y ricos en valores
humanos y cristianos.”[7].
9. Al tener precisamente en cuenta la importancia de los medios
de comunicación, hace ya quince años que juzgué insuficiente
dejarlos a la iniciativa individual o de grupos pequeños y
sugerí que se insertaran con claridad en la programación
pastoral[8]. Las nuevas tecnologías, en especial, crean nuevas
oportunidades para una comunicación entendida como servicio al
gobierno pastoral y a la organización de las diversas tareas de
la comunidad cristiana. Piénsese, por ejemplo, en Internet: no
sólo proporciona recursos para una mayor información, sino que
también habitúa a las personas a una comunicación
interactiva[9]. Muchos cristianos ya están usando este nuevo
instrumento de modo creativo, explorando las potencialidades
para la evangelización, para la educación, para la comunicación
interna, para la administración y el gobierno. Junto a Internet
se van utilizando nuevos medios y verificando nuevas formas de
utilizar los instrumentos tradicionales. Los periódicos, las
revistas, las publicaciones varias, la televisión y la radio
católicos siguen siendo, todavía hoy, indispensables en el
panorama completo de las comunicaciones eclesiales.
Los contenidos –que, naturalmente, se deben adaptar a las
necesidades de los diversos grupos-, tendrán siempre por objeto
hacer a las personas conscientes de la dimensión ética y moral
de la información[10]. Del mismo modo, es importante garantizar
la formación y la atención pastoral de los profesionales de la
comunicación. Con frecuencia estas personas se encuentran ante
presiones particulares y dilemas éticos que emergen del trabajo
cotidiano; muchos de ellos “están sinceramente deseosos de saber
y de practicar lo que es justo en el campo ético y moral” y
esperan de la Iglesia orientación y apoyo[11].
IV. Los medios de comunicación,
encrucijada de las grandes cuestiones sociales
10. La Iglesia, que en razón del mensaje de salvación confiado
por su Señor es maestra de humanidad, siente el deber de ofrecer
su propia contribución para una mejor comprensión de las
perspectivas y de las responsabilidades ligadas al actual
desarrollo de las comunicaciones sociales. Precisamente porque
influyen sobre la conciencia de los individuos, conforman la
mentalidad y determinan la visión de las cosas, es necesario
insistir de manera clara y fuerte que los instrumentos de la
comunicación social constituyen un patrimonio que se debe
tutelar y promover. Es necesario que las comunicaciones sociales
entren en un cuadro de derechos y deberes orgánicamente
estructurados, sea desde el punto de vista de la formación y
responsabilidad ética, cuanto de la referencia a las leyes y a
las competencias institucionales.
El positivo desarrollo de los medios de comunicación al servicio
del bien común es una responsabilidad de todos y de cada
uno[12]. Debido a los fuertes vínculos que los medios de
comunicación tienen con la economía, la política y la cultura,
es necesario un sistema de gestión que esté en grado de
salvaguardar la centralidad y la dignidad de la persona, el
primado de la familia, célula fundamental de la sociedad, y la
correcta relación entre las diversas instancias.
11. Se imponen algunas decisiones que se pueden sintetizar en
tres opciones fundamentales: formación, participación, diálogo.
En primer lugar es necesaria una vasta obra formativa para que
los medios de comunicación sean conocidos y usados de manera
consciente y apropiada. Los nuevos lenguajes introducidos por
ellos modifican los procesos de aprendizaje y la cualidad de las
relaciones interpersonales, por lo cual, sin una adecuada
formación se corre el riesgo de que en vez de estar al servicio
de las personas, las instrumentalicen y las condicionen
gravemente. Esto vale, de manera especial, para los jóvenes que
manifiestan una natural propensión a las innovaciones
tecnológicas y que, por eso mismo, tienen una mayor necesidad de
ser educados en el uso responsable y crítico de los medios de
comunicación.
En segundo lugar, quisiera dirigir la atención sobre el acceso a
los medios de comunicación y sobre la participación responsable
en la gestión de los mismos. Si las comunicaciones sociales son
un bien destinado a toda la humanidad, se deben encontrar formas
siempre actualizadas para garantizar el pluralismo y para hacer
posible una verdadera participación de todos en su gestión,
incluso a través de oportunas medidas legislativas. Es necesario
hacer crecer la cultura de la corresponsabilidad.
Por último, no se debe olvidar las grandes potencialidades que
los medios de comunicación tienen para favorecer el diálogo
convirtiéndose en vehículos de conocimiento recíproco, de
solidaridad y de paz. Dichos medios constituyen un poderoso
recurso positivo si se ponen al servicio de la comprensión entre
los pueblos y, en cambio, un “arma” destructiva, si se usan para
alimentar injusticias y conflictos. De manera profética, mi
predecesor el beato Juan XXIII, en la encíclica Pacem in
terris, había ya puesto en guardia a la humanidad sobre
tales potenciales riesgos[13].
12. Suscita un gran interés la reflexión sobre la participación
“de la opinión pública en la Iglesia” y “de la Iglesia en la
opinión pública”. Mi predecesor Pío XII, de feliz memoria, al
encontrarse con los editores de los periódicos católicos les
decía que algo faltaría en vida de la Iglesia si no existiese la
opinión pública. Este mismo concepto ha sido confirmado en otras
circunstancias[14], en el código de derecho canónico, bajo
determinadas condiciones, se reconoce el derecho a expresar la
propia opinión[15]. Si es cierto que las verdades de fe no están
abiertas a interpretaciones arbitrarias y el respeto por los
derechos de los otros crea límites intrínsecos a las expresiones
de las propias valoraciones, no es menos cierto que existe en
otros campos, entre los católicos, un amplio espacio para el
intercambio de opiniones, en un diálogo respetuoso de la
justicia y de la prudencia.
Tanto la comunicación en el seno de la comunidad eclesial, como
la de Iglesia con el mundo, exigen transparencia y un modo nuevo
de afrontar las cuestiones referentes al universo de los medios
de comunicación. Tal comunicación debe tender a un diálogo
constructivo para promover en la comunidad cristiana una opinión
pública rectamente informada y capaz de discernir. La Iglesia,
al igual que otras instituciones o grupos, tiene la necesidad y
el derecho de dar a conocer las propias actividades pero al
mismo tiempo, cuando sea necesario, debe poder garantizar una
adecuada reserva, sin que ello perjudique una comunicación
puntual y suficiente de los hechos eclesiales. Es éste uno de
los campos donde se requiere una mayor colaboración entre fieles
laicos y pastores ya que, como subraya oportunamente el
Concilio, “de este trato familiar entre los laicos y pastores
son de esperar muchos bienes para la Iglesia, porque así se
robustece en los seglares el sentido de su propia
responsabilidad, se fomenta el entusiasmo y se asocian con mayor
facilidad las fuerzas de los fieles a la obra de los pastores.
Pues estos últimos, ayudados por la experiencia de los laicos,
pueden juzgar con mayor precisión y aptitud tanto los asuntos
espirituales como los temporales, de suerte que la Iglesia
entera, fortalecida por todos sus miembros, pueda cumplir con
mayor eficacia su misión en favor de la vida del mundo”[16].
V. Comunicar con la fuerza del Espíritu Santo
13. El gran reto para los creyentes y para las personas de buena
voluntad en nuestro tiempo es el de mantener una comunicación
verdadera y libre, que contribuya a consolidar el progreso
integral del mundo. A todos se les pide saber cultivar un atento
discernimiento y una constante vigilancia, madurando una sana
capacidad crítica ante la fuerza persuasiva de los medios de
comunicación.
También en este campo los creyentes en Cristo saben que pueden
contar con la ayuda del Espíritu Santo. Ayuda aún más necesaria
si se considera cuan grandes pueden ser las dificultades
intrínsecas a la comunicación, tanto a causa de las ideologías,
del deseo de ganancias y de poder, de las rivalidades y de los
conflictos entre individuos y grupos, como a causa de la
fragilidad humana y de los males sociales. Las modernas
tecnologías hacen que crezca de manera impresionante la
velocidad, la cantidad y el alcance de la comunicación, pero no
favorecen del mismo modo el frágil intercambio entre mente y
mente, entre corazón y corazón, que debe caracterizar toda
comunicación al servicio de la solidaridad y del amor.
En la historia de la salvación Cristo se nos ha presentado como
“comunicador” del Padre: “Dios … en estos últimos tiempos nos ha
hablado por medio del Hijo” (Heb 1,2). Él, Palabra eterna hecha
carne, al comunicarse, manifiesta siempre respeto hacia aquellos
que le escuchan, les enseña la comprensión de su situación y de
sus necesidades, impulsa a la compasión por sus sufrimientos y a
la firme resolución de decirles lo que tienen necesidad de
escuchar, sin imposiciones ni compromisos, engaño o
manipulación. Jesús enseña que la comunicación es un acto moral
“El hombre bueno, del buen tesoro saca cosas buenas; el hombre
malo, del tesoro malo saca cosas malas. Os digo que de toda
palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del
Juicio. Porque por tus palabras serás declarado justo y por tus
palabras serás condenado” (Mt 12,35-37).
14. El apóstol Pablo ofrece un claro mensaje también para
cuantos están comprometidos en las comunicaciones sociales
-políticos, comunicadores profesionales, espectadores-: “ Por lo
tanto desechando la mentira, hablad con verdad cada cual con su
prójimo, pues somos miembros los unos de los otros. […]No salga
de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para
edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os
escuchan” (Ef 4,25.29).
A los operadores de la comunicación y especialmente a los
creyentes que trabajan en este importante ámbito de la sociedad,
aplico la invitación que desde el inicio de mi ministerio de
Pastor de la Iglesia he querido lanzar al mundo entero: “¡No
tengáis miedo!”.
¡No tengáis miedo de las nuevas tecnologías!, ya que están
“entre las cosas maravillosas” –“Inter mirifica”– que Dios ha
puesto a nuestra disposición para descubrir, usar, dar a conocer
la verdad; también la verdad sobre nuestra dignidad y sobre
nuestro destino de hijos suyos, herederos del Reino eterno.
¡No tengáis miedo de la oposición del mundo! Jesús nos ha
asegurado “Yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).
¡No tengáis miedo de vuestra debilidad y de vuestra incapacidad!
El divino Maestro ha dicho: “Yo estoy con vosotros todos los
días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Comunicad el mensaje de
esperanza, de gracia y de amor de Cristo, manteniendo siempre
viva, en este mundo que pasa, la perspectiva eterna del cielo,
perspectiva que ningún medio de comunicación podrá alcanzar
directamente: “Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al
corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le
aman. ” (1Cor 2,9).
A María, que nos ha dado el Verbo de vida y ha conservado en su
corazón las palabras que no perecen, encomiendo el camino de la
Iglesia en el mundo de hoy. Que la Virgen Santa nos ayude a
comunicar, con todos lo medios, la belleza y la alegría de la
vida en Cristo nuestro Salvador.
Desde el Vaticano, 24 de enero de 2005, memoria de san Francisco
de Sales, patrono de los periodistas.

_______
NOTAS
[1] N. 1.
[2] Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi (8 de
diciembre de 1975): AAS 68 (1976), 35.
[3] Cf. Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal
Christifideles laici (30 de diciembre de 1998), 18-24: AAS
(1989), 421-435; cf. Pontificio Consejo de las Comunicaciones
Sociales, Instrucción pastoral Ætatis novæ (22 de febrero
de 1992), 10: AAS 84 (1992), 454-455.
[4] Cf. Juan Pablo II, Carta encíclica Fides et ratio (14
de septiembre de 1998), 91: AAS 91 (1999), 76-77.
[5] Pontificio Consejo de las Comunicaciones Sociales,
Instrucción pastoral Ætatis novæ (22 de febrero de 1992),
4: AAS 84 (1992), 450.
[6]Cfr Juan Pablo II, Exhort. Ap. Post-sinodal, Pastores
gregis, 30: L’Osservatore Romano, 17 octubre 2003,
p.6.
[7]Juan Pablo II, Exhort. Ap. Post-sinodal, Vita consecrata
(25 marzo 1996), 99: AAS 88 (1996), 476.
[8]Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris missio (7
diciembre 1990), 37: AAS 83 (1991), 282-286.
[9] Cf. Pont. Consejo para las Comunicaciones Sociales, La
Iglesia e Internet (22 febrero 2002), 6: Ciudad del Vaticano,
2002, pp.13-15.
[10] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Inter mirifica,
15-16; Pont. Comisión para los Comunicaciones Sociales, Inst.
pastoral Communio et progressio (23 mayo 1971), 107: AAS
63 (1971) 631-632; Pont. Consejo para las Comunicaciones
Sociales, inst. pastoral Ætatis novæ (22 febrero 1992),
18: AAS 84 (1192), 460.
[11]Cf. Ibid., 19: l.c.
[12] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2494.
[13] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la 37 jornada mundial de
las comunicaciones sociales (24 enero 2003): L’Osservatore
Romano, 25 enero 2003, p. 6.
[14] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Lumen Gentium, 37; Pont.
Comisión para las Comunicaciones Sociales, Inst. pastoral
Communio et progressio (23 mayo 1971), 114-117: AAS (1971),
634-635.
[15] Can. 212, § 3: “Tienen el derecho, y a veces incluso el
deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y
prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión
sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de
manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de
la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores y
habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las
personas”.
[16] Conc. Ecum. Vat. II, Lumen gentium, 37
ACI
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