Encuentro-Misión en Cuba: 150º aniversario de la fundación de
las Misioneras
Claretianas
Hay
muchas maneras de celebrar un acontecimiento como el aniversario
de la fundación de una orden, pero, por unanimidad, las
Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas optamos
por conmemorar esta fecha de la misma manera como empezamos: en
Cuba y “misionando”.
Con
motivo del 150º aniversario del nacimiento de nuestra
congregación en Santiago de Cuba, el 27 de agosto de 1855, por
San Antonio María Claret y la Sierva de Dios María Antonia París,
se realizó este pasado mes de enero el II Encuentro de
Apostolado de América, que coordinó la Hna. Soledad Galerón,
Vicaria General. Representantes de todos los países donde nos
encontramos en el continente (Argentina, Colombia, Cuba, Estados
Unidos, Honduras, México, Panamá, Perú, República Dominicana y
Venezuela), nos dimos cita en la querida diócesis de Santiago de
Cuba. Hace 150 años llegamos para fundar una orden nueva por
invitación de su Arzobispo, San Antonio Maria Claret, y el
pasado mes de diciembre llegamos para nuestro Encuentro-Misión,
por invitación de su presente Arzobispo Mons. Pedro Meurice
Estíu, que acogió con gran entusiasmo nuestro deseo de celebrar
allí nuestro aniversario.
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Museo de la Catedral de Santiago de Cuba: Escritorio, lámpara y
silla utilizados por la Madre Antonia París y crucifijo que le
regaló San Antonio María Claret a su llegada. (Exposición de la
presencia Claretiana en Cuba).
Fotos: Cortesía
de la Hna. Ondina Cortés |
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A los pies de la Virgen
La
primera parte del programa fue un Encuentro, que se dio en ese
lugar privilegiado donde el santo y el pecador se sienten
abrazados por la grandeza y la pequeñez* de María de la Caridad.
Allí, religiosas y laicos con quienes compartimos en misión
reflexionamos, evaluamos y programamos en torno a dos temas que
para la Congregación son una prioridad: la pastoral
juvenil-vocacional y la pastoral de justicia, paz e integridad
de la creación.
Para mí era la primera visita a Santiago y, como todo me era
desconocido, realmente no sentía que había regresado a Cuba.
También era la primera visita a El Cobre. En cambio, allí
experimenté una extraña familiaridad ante la imagen de la Virgen,
pues su imagen en el exilio me ha acompañado desde mi juventud.
Como lo hiciera Claret en un tiempo, pusimos a los pies de la
Virgen nuestras vidas, nuestra Congregación, nuestra misión, y
desde allí nos lanzamos por todas las parroquias de la
arquidiócesis a compartir la Buena Noticia.
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La
Hna. Olga Villar utiliza un “bicitaxi” en la ciudad de Holguín,
para visitar los distintos lugares por donde pasó Claret. Éste
es un medio habitual de transporte de los habitantes del lugar. |
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“Trabajar hasta morir en
enseñar a toda criatura…”
Con
estas palabras de la Madre Antonia París en el corazón, nos
dispersamos de dos en dos por las parroquias de la Arquidiócesis
de Santiago de Cuba. En cada lugar nos adaptamos a las
necesidades y procuramos responder, como decía Claret, “a lo más
urgente, oportuno y eficaz”. Visitamos, puerta a puerta, a
cientos de familias con la ayuda de equipos de laicos de cada
lugar. Esto nos permitió acercarnos a la realidad del pueblo, a
su sufrimiento, a su búsqueda de Dios, a su amor a la Virgen de
la Caridad. Mencionarla a ella era la palabra mágica que nos
abría todas las puertas y aclaraba que, aunque íbamos de puerta
en puerta como hacen los hermanos separados, éramos de la
Iglesia Católica. En cada casa dejábamos un sencillo panfleto
sobre Jesucristo, la Iglesia y la Virgen. ¡Cuánto interés por
leer y conocer sobre la fe! Esta inquietud la experimentamos
desde nuestra llegada al aeropuerto, donde –de quien menos la
esperábamos– venía la petición: “¿Tienen alguna medallita o
estampita?”
Nos encontramos con un pueblo acogedor, creativo y luchador, que
hace cada día milagros para “resolver” o sobrevivir
materialmente, ya que el salario mínimo es $4 USD al mes y, como
allí se dice, “no es fácil.” Al llegar a los pueblos donde
habíamos tenido un colegio, reunimos o visitamos a las ex
alumnas, que recordaban con gran cariño a las Madres que les
habían guiado en su juventud. Fue bonito ver que la acción
pastoral de las hermanas no se redujo a los colegios, sino que
se extendió a las áreas más pobres, donde catequizaban en las
capillas de los ingenios. Durante esos días pude compartir con
hermanos de la pastoral penitenciaria, que ayudan a las familias
de los presos; compartí con jóvenes y adolescentes, llevé la
comunión a ancianos, compartí la Palabra en diversas capillas y
casas-misión que alimentan, semana tras semana, la fe y la
esperanza del pueblo. Las casas-misión son casas de familias en
barrios y pueblos donde se celebra la catequesis de niños y
adultos y la liturgia.
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La
Hna. Isabel Guillén, claretiana española que reside en La
Habana, anima con la Hna. Ondina Cortés, la celebración de la
Palabra en una de las casas misión de la Arquidiócesis de
Santiago de Cuba. |
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Celebración final
La celebración final tuvo lugar en Santiago los días 14-16 de
enero, y consistió de un triduo; en la primera noche, la M.
Encarnación Velasco, Superiora General, dio una conferencia. Al
día siguiente se presentó una obra de teatro sobre la fundación
y un concierto por el grupo Adventus, de Guantánamo.
Terminamos el domingo con una eucaristía en la Catedral,
presidida por Mons. Héctor L. Peña Gómez, Obispo de Holguín, ya
que Mons. Meurice no estaba bien de salud. Así se unieron dos
lugares clave del itinerario claretiano: Holguín, ciudad donde
Claret sufrió un atentado y pudo ver cumplido su deseo de
“sellar con su sangre las verdades evangélicas”, y Santiago,
sede de la diócesis que Dios le confió como pastor. En el museo
de la catedral se ha hecho una exposición sobre la presencia de
las Misioneras Claretianas en Cuba, y de artículos recuperados
que pertenecieron a los fundadores.
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“Misionando” de puerta en puerta, con un grupo de laicos. |
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Mi regreso antes del regreso
Quisiera, además de compartir lo que hice, compartir lo que viví
desde dentro.
Durante cinco años he participado en un programa organizado por
los Obispos de Cuba y la Arquidiócesis de Miami. Anualmente,
laicos y religiosos de la diáspora, nos reunimos con hermanos
que vienen de Cuba representando a casi todas las diócesis de la
isla. La finalidad es estrechar lazos fraternos e intercambiar
ideas que nos puedan ayudar en la pastoral, ya que nuestro
pueblo aquí y allá confronta, con frecuencia, las mismas
dificultades.
Este programa me ha ido acercando a la realidad de Cuba poco a
poco. En cierta manera, a través de los encuentros anuales, del
compartir y de las amistades que han nacido de esta experiencia,
he ido regresando a Cuba emocionalmente. Se ha ido haciendo
menos distante aquel mundo que dejé hace 35 años. Una vez en
Cuba, sentía que tenía hermanos en diferentes partes de la isla
y procuré, en lo posible, llamarles o visitarles. Gracias a uno
de esos hermanos pude visitar mi ciudad natal: Matanzas.
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Participantes del Segundo Encuentro del Apostolado de América,
provenientes de diversos países del continente, se reúnen en la
Casa de Convivencia del Cobre. Laicos y religiosas claretianas
reflexionaron durante dos semanas, bajo la orientación de la Hna.
Soledad Galerón (la segunda persona desde la izquierda, sentada
en primera fila). Representaron a Estados Unidos, las Hermanas
Vivian González y Olga Villar, de la Diócesis de Palm Beach, y
la Hna. Ondina Cortés. |
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Seis horas en Matanzas
De
regreso a Estados Unidos, tenía que hacer escala dos días en La
Habana, pero no sabía si podría conseguir transporte para
realizar el viaje que tanto había soñado. Comprendiendo lo que
esto significaba para mí, José Ramón hizo lo imposible para que
yo llegara hasta Matanzas.
Para todos los que hemos tenido que dejar nuestra tierra, la
experiencia ha supuesto un desgarrón difícil de sanar. Hubo
personas que salieron de Cuba pensando que pronto se daría el
regreso, ya sea porque salieron al principio de la revolución, o
después de que comenzaron los viajes a Cuba. En 1970, cuando yo
salí con 10 años de edad con mi familia, regresar era impensable.
Durante los seis años que esperamos salir por los llamados
“vuelos de la libertad,” fui grabando en mi mente y corazón
aquellos lugares que creía que nunca más volvería a ver. A esto
atribuyo la memoria casi fotográfica que conservé de los lugares
de mi infancia y que me permitió orientar al chofer con bastante
exactitud hasta llegar a la que fue mi casa. Tocando de puerta
en puerta, como tantas veces lo había hecho en mi imaginación,
fui saludando a las personas que todavía quedaban allí: amigas,
maestras, vecinos… Entrar a mi escuela, mi parroquia, mi casa,
ver los lugares donde jugaba de niña… me produjo gran emoción,
pero, sobre todo, gran paz. Esos lugares que recordaba como un
sueño perdido, estaban ahí. Unos, muchos más deteriorados; otros,
embellecidos, pero eran reales y dejaban de ser parte de mi
añoranza. Algo en mí se unificó o encontró su lugar. Mi esfuerzo
por guardar todo esto en mi memoria descansó. Había regresado a
Matanzas.
Soy
la primera persona de mi familia que regresa a Cuba; en cierta
manera, a través de mis fotos, ellos han podido volver conmigo,
como me decía un primo: “Creo que ese viaje en cierta forma fue
también un viaje interior, en nombre de los que estamos acá y
también de los que ya se han ido”.
Me
decían que el viaje iba ser doloroso, y realmente no lo fue: más
bien profundamente gozoso. Procuré estar abierta a cómo Dios me
quería hablar a través de cada experiencia, y a ser agente de
paz y reconciliación. La oportunidad más hermosa se dio al
encontrarme con la familia que vive en lo que fue mi casa. Pedí
permiso para entrar a hacer algunas fotos; al salir, abracé a la
señora e interiormente agradecí que una familia tan pobre se
hubiera beneficiado de la casa que nos vimos forzados a dejar
atrás. Finalmente, nos dimos un “brinquito” a Varadero, donde
viví hasta los cuatro años y que después visitábamos todos los
veranos. Allí pude meter los pies en el agua y recordar lo que
dice el filósofo: “Nadie se baña dos veces en el mismo río (o
mar)”. La Cuba que había encontrado no era la misma que dejé,
pero yo tampoco era la misma. Sólo Dios no cambia, y Él ha
hilado mi historia.
Al
regresar a Miami, sigo tratando de aprender de todo lo que Dios
me permitido vivir. Veo que como pueblo tenemos que seguir
escudriñando las lecciones de nuestra historia, como hacía el
pueblo de Israel, para no ir detrás de los dioses del exilio.
Pero, sobre todo, tenemos que mirar hacia el futuro con
esperanza y abrir caminos de reconciliación.
Hna.Ondina Cortés
Misionera Claretiana
Directora de la Oficia de Pastoral Juvenil
Arquidiócesis de Miami
ondina@claretiansisters.org
*NOTA DE LA REDACCIÓN: Se refiere a la pequeña imagen
original de Nuestra Señora de la Caridad, Patrona de Cuba.
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