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La Iglesia en diálogo: Un espacio sagrado
En la tercera semana de agosto de 2004, el Sur de la Florida fue
testigo una vez más del encuentro entre sacerdotes y laicos de
Cuba con sacerdotes y laicos fuera de Cuba. A los 17 delegados
cubanos se les unieron alrededor de 30 delegados de fuera de
Cuba, que no solamente provenían de Miami, sino también de
California, Maryland y Washington, D.C.
Estos grupos de representantes y delegados –tanto de la
Conferencia de Obispos de Cuba como de la de los Estados Unidos–
se vino peparando por un año para tratar dos temas de suma
importancia para los cubanos de la isla o fuera de la isla: la
Familia y la Reconciliación. Reunidos en Cayo Hueso, primero con
los sacerdotes en la parroquia de St. Mary Star of the Sea, el
grupo de laicos prosiguió su junta después, en la Casa de Retiro
Juan Pablo II en Miami (Agrupación Católica Universitaria). Las
ponencias fueron dictadas por el P. Antonio Rodríguez, de
Artemisa; el P. Rolando Cabrera, de la Habana; el P. Florentino
Azcoitia, SJ, de Miami, y los Doctores Damián Fernández, Andrés
Gómez y Juan Clark, profesores de distintos centros académicos
del condado Miami-Dade.
Tanto en la reunión del clero como en la de los laicos se creó
un espacio sagrado, un espacio de Iglesia donde
transcurrió un verdadero diálogo entre hermanos y
hermanas en la fe. Dicho espacio se hizo palpable cuando,
reunidos en el Santuario Nacional de Nuestra Señora de la
Caridad, el Sr. Arzobispo Favalora –junto a Mons. Román, Mons.
Meurice, de Santiago de Cuba, y Mons. Felipe Estévez– presidió
la liturgia eucarística acompañado de muchos sacerdotes y
seglares. Hacemos notar que tanto la palabra espacio como
la palabra diálogo, a veces asumidas por definiciones
reduccionistas o ideologías determinantes, han formado parte del
“sentir” de la Iglesia como Iglesia desde sus comienzos. Por
ello, trataremos de expandir sus definiciones más ampliamente en
los siguientes párrafos.
La Iglesia como Espacio Sagrado
De hecho, la palabra espacio puede indicar, entre otros,
tres significados diferentes: el espacio físico de la
Iglesia, también llamado templo, donde acuden individualmente o
se reúnen en comunidad los católicos para orar y sentir la
presencia de Dios; el espacio ritual, donde se
escucha la Palabra y se celebra el encuentro de los fieles con
el Señor Resucitado por medio de los Sacramentos, es decir, la
liturgia o culto oficial de la Iglesia que, de por sí, contiene
un lenguaje y unas acciones específicas; y el espacio no-físico,
fuera de la Iglesia-templo que destaca el contexto
dentro del cual las reuniones no-rituales se pueden llevar a
cabo, no solamente entre católicos, sino entre todos aquellos
que se congregan con “buena voluntad”, como lo indica el
Gloria de la Misa.
Indiscutiblemente, a través de la historia, la Iglesia se ha
convertido en el espacio sagrado que ha congregado a individuos,
grupos y hasta naciones para lidiar con diferentes situaciones.
Ante múltiples y, a veces, difíciles acontecimientos, la Iglesia
ha brindado un espacio sagrado fuera del templo o de la liturgia
para ejercer su mediación o para destacar un evento específico y
especial para una nación o un grupo determinado de personas:
desde la coronación de monarcas hasta la firma de tratados
importantes, o las conversaciones entre líderes mundiales y las
negociaciones por la justicia y por la paz, sobre todo en
aquellas áreas donde la opresión del ser humano prevalece y los
derechos humanos son ignorados, o donde la comunidad eclesial
peligra en su existencia y desarrollo. El Santo P. Juan Pablo
II, en sus veinticinco años de pontificado, nos ha mostrado cómo
transformar grandes planicies y terrenos donde se han celebrado
las misas papales en espacios sagrados que han impactado para
siempre la memoria de los fieles congregados.
La Iglesia en diálogo
En este espacio sagrado como contexto se necesita dialogar más
que conversar, ya que las conversaciones pueden ser muchas y
superficiales, pero el diálogo implica la revelación personal
del ser que se conoce a sí mismo ante el otro que no conoce, en
una articulación de sentimientos junto con palabras. En el
diálogo se envuelve el corazón con el intelecto, aunque todo
diálogo debe ser guiado por el intelecto y no puramente por la
afectividad que, por sí sola, conlleva a percepciones erróneas y
a sentimientos indeseables.
El diálogo auténtico, tan claramente expresado por filósofos
tales como Kierkegaard, Marcel y Buber, y por teólogos como
Rahner, von Balthazar, Schillebeckx y Congar, conduce a la
comunión y a la unidad, aunque no necesariamente a la
uniformidad de pensamientos o conceptos.
El diálogo humano, ejercitado en el contexto de la fe y de la
Iglesia, nace del diálogo por excelencia: el de Dios con Su
pueblo. Dios le habló a su pueblo escogido desde antiguo; le
habló por mediación de los Patriarcas y Profetas, aunque a ese
pueblo le costaba trabajo escuchar Su mensaje. Por fin se hizo
Él mismo Palabra para dialogar en la plenitud de Su ser con
todos nosotros: en Jesucristo, el Verbo hecho carne.
Por ello, es deber y responsabilidad de la Iglesia hacer lo
posible para que cada espacio en que haya una
conversación-diálogo se transforme en un espacio sagrado dentro
del cual los criterios de la fe, que nacen de la Palabra
compartida en la tradición de la propia Iglesia, sean la luz que
conduzca a todos los que participan juntos en la búsqueda de la
verdad que guíe a los pueblos hacia la salvación en el Señor.
Las conversaciones del Encuentro casi siempre abarcan los
siguientes temas: reacción de la Iglesia de Cuba y de la Iglesia
fuera de Cuba sobre acontecimientos de envergadura mundial; la
idiosincrasia del cubano y su evolución en la historia
contemporánea; el papel de la Iglesia en la reconciliación de
todos los cubanos. Este año, en particular, el grupo analizó el
tema de la Familia Cubana y la transmisión, o falta de
transmisión, de valores humanos y cristianos en la sociedad, al
igual que el papel de la Iglesia en la evolución de las posturas
culturales y sociopolíticas del cubano en Cuba y fuera de Cuba.
Para el año en curso, los delegados al Encuentro han propuesto
discernir sobre los temas de Misión y Evangelización, ambos
importantes para transmitir la hospitalidad de Jesús y la propia
vida del Señor a todos los cubanos que se quieran encontrar con
Él dentro de nuestro tiempo y de nuestra historia.
Conclusión
En el contexto bíblico del anuncio salvífico de Dios hacia Su
pueblo, prometido por profetas y realizado en Jesucristo,
descubrimos la fuente de todo espacio sagrado y de todo posible
diálogo entre los seres humanos: entre miembros de una misma
familia, de una misma comunidad, de un mismo pueblo, y de una
misma cultura. Dios llama a los pueblos por medio de la Iglesia
a vivir en la reconciliación que Su Hijo, Jesús, ha logrado por
Su muerte y resurrección. Como Dios dialogó con la Virgen María
por medio de un ángel para que formara parte de Su plan de
salvación y la invitó a ser la Madre del Redentor, nos llama
también a nosotros, la Iglesia, a dialogar, por medio de la fe,
con nuestro pueblo. Nos llama a través de los acontecimientos
humanos que componen nuestra historia; nos llama a través del
dolor de muchos que han sufrido la opresión y el desencanto de
sus vidas; nos llama a través de los dones que nos ha concedido
para servirle en el prójimo, y nos llama por medio de Su propia
Madre, María de la Caridad, para que, por fin, aprendamos a
sembrar la semilla del amor y de la reconciliación donde haya
odio y resentimiento. La Iglesia es, por lo tanto, el espacio
sagrado donde el mejor de todos los diálogos, el de Dios con Su
pueblo, se puede realizar. Y nosotros, como miembros de esta
Iglesia, somos los mejores embajadores de este mensaje. En las
palabras de San Pablo: “Nosotros somos, entonces, embajadores de
Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio
nuestro. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense
reconciliar con Dios (II Corintios 5:20)”
Coordinador arquidiocesano de los Encuentros del Clero y Laicos
Cubanos
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