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Alegría y disponibilidad caracterizan a joven misionera
claretiana
En 1992, conocí en mi parroquia a una jovencita de 12 o 13 años,
llamada Teresa. Fui su líder en el grupo de jóvenes y durante su
retiro de confirmación, y la conocí primero por su apodo,
“Hermana Teresa”, nombre que rechazaba porque sus compañeros le
dieron el nombre para burlarse de lo buena y “santita” que era.
En 2005, el titulo “Hermana Teresa” es el que le corresponde
plenamente a la joven misionera claretiana.
Me sentí muy orgullosa cuando, el 2 de febrero, vi a la Hna.
Teresa profesar sus primeros votos como misionera claretiana,
ante Dios y ante una multitud de la que formaban parte sus
familiares y sus amistades, en la parroquia de St. Timothy. Los
ojos se me humedecieron mientras la veía hacerse monja,
sonriente y desbordándose de alegría. Hoy en día, es difícil
imaginar que una persona joven – especialmente una joven de 24
años como Teresa – expresaría tanto júbilo en el momento de
ingresar en una orden religiosa. En cierto momento de este
proceso, Teresa no se sentía muy entusiasmada con la idea de ser
monja. Pero el tiempo le trajo el discernimiento necesario para
aceptar la voluntad de Dios.
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La Hna. Teresa Gallarreta saluda al Obispo Auxiliar Felipe J.
Estévez antes de su primera profesión en las Misioneras
Claretianas, el 2 de febrero, en la parroquia St. Timothy.
Angelique Ruhí-López. |
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Teresa Gallarreta nació en Puerto Rico y se mudó a Miami cuando
tenía seis años. Creció en la parroquia de St. Timothy, donde
estudió y asistió a misa todos los domingos con sus padres y su
hermana menor, Susana. Cuando Teresa tenía 10 años, su madre
falleció. De cierta manera, dice Teresa, la semillita de su fe
fue sembrada y nutrida por su madre cuando era pequeña.
Asistió a la escuela secundaria en Our Lady of Lourdes Academy
y, en su segundo año, se integró al movimiento Encuentros
Juveniles, del que formó parte durante seis años. Ella le
atribuye al movimiento el crédito por haberle dado un profundo
sentido de Iglesia, y por haber alentado su relación con
Jesucristo. Después de graduarse de Lourdes, asistió a Florida
International University (FIU), donde estudió inglés, y como
cualquier otra alumna universitaria, le encantaba estar con sus
amistades, y hasta salió con varios muchachos. Pero, aunque
disfrutó de estas experiencias, siempre sentía que algo le
faltaba a su vida. Estas cosas no la satisfacían.
Encontró la respuesta cuando asistió, junto con otros jóvenes de
la Arquidiócesis de Miami, a la Jornada Mundial de la Juventud
que tuvo lugar en Roma, en el año 2000. Antes de esta
experiencia, la posibilidad de asumir el estado religioso era
algo que ya había cruzado por su mente, pero siempre lo había
descartado. Pero la sensación de recibir un llamado se le hizo
más intensa ese verano; entonces esbozó su primera respuesta al
Señor, diciendo: “Yo te sirvo, Dios, pero como misionera laica”.
Su respuesta a Dios cambió durante la vigilia del Papa, cuando
el pontífice dijo que seguir a Cristo es seguir sus ideales más
nobles, y que los jóvenes no debían tener miedo al responderle
al Señor. De este momento en adelante, Tere –todavía confusa y
temerosa, pero con alegría– aceptó la voluntad de Dios para su
vida.
Aunque aceptar la voluntad de Dios fue difícil para Teresa, lo
fue aun más difícil para su familia. Su padre lloró durante una
semana cuando su hija le dijo que quería ser monja. Su hermana,
aunque no le respondió nada inicialmente, después le dijo que no
quería que se fuera de la casa. Pero al cabo de un tiempo, y
viéndola tan dichosa con la decisión que había tomado, su
familia aceptó y apoyó su vocación. Su hermana, Susana, dice
ahora que siempre supo que Tere iba a ser monja, porque era
diferente a las demás personas ya que siempre elegía su propio
camino y no caía en los vicios y tentaciones de otros jóvenes.
Teresa empezó su proceso informándose sobre las distintas
comunidades religiosas, para decidir en cuál le gustaría ser
aceptada. Aunque le atraían los carismas de varias comunidades,
la palabra clave para ella fue “misión”, en la que encontraba
paz y alegría. Por esto le atraía la orden de las Misioneras
Claretianas, y ya había conocido algunas a través de Encuentros
Juveniles.
Después de experimentar tres años de formación, preparación,
servicio apostólico y vida en comunidad, tomó sus votos y así
dio un gran paso en seguimiento del Señor.
Cuando ahora miro a Teresa –más de 12 años después de haber
conocido a aquella niña alegre, sincera y con un gran sentido
del humor, que se pasó una misa entera riéndose de mi padre
porque se había olvidado de quitarles la etiqueta a sus
pantalones nuevos– veo a una mujer que se caracteriza por su
dedicación, su fe profunda y su disponibilidad. Se trata de
alguien que –en las palabras de la fundadora de las Claretianas,
María Antonia París, hace que el camino sea más fácil para los
demás.
El 21 de febrero, la Hna. Teresa se mudó al pueblo de Mayo, en
el norte de la Florida. Su apostolado consistirá allí en dar
ayuda a la población inmigrante y a la pastoral hispana.
Prestará servicios a cinco pueblos, donde – entre otras cosas–
enseñará catequesis y visitará a familias y ancianos en sus
casas.
El Obispo Auxiliar Felipe J. Estévez, que conoció a Teresa por
primera vez en la pastoral universitaria de FIU, presidió su
primera profesión y dijo que, aunque Teresa pudiera haber dado
sus talentos a alguna corporación, eligió dárselos a esta
comunidad de fe. Por esto, dijo Mons. Estévez, “somos
afortunados”.
Sí, Hna. Teresa: el pueblo de Mayo, las Claretianas y nuestra
Iglesia tenemos la fortuna de que hayas decido dedicar tu vida a
servir al Señor.
Y yo agradezco tu ejemplo de entrega y amor a la Iglesia, y tu
amistad.
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