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Divinos Criterios

 

Rogelio Zelada

Acabado de llegar de Cuba, las monjas me llevaron a ver a un importante señor, dueño de medio mundo, cuyos negocios abarcaban desde las comunicaciones hasta las funerarias. Con tal variado prospecto de posibilidades, en alguna de sus empresas –esperaban ellas– de seguro conseguiría yo un empleo para sacar adelante a mi familia. La entrevista duró poco. Realmente, duró muy poco. Cuando aquel acaudalado empresario me vio dijo al instante, literalmente: “Lo siento, pero en mis empresas no trabaja ningún gordo”. Cuando salíamos de aquel laberinto de oficinas casi sentía el vapor que le salía por las orejas –es decir, de la toca– a la pobre monja que con tanto entusiasmo había insistido en aquel encuentro, para entonces convertido en una desagradable experiencia. Y mientras ella estaba al borde de un ataque de justificada indignación, yo sólo pensaba en la clase de empleos para los que los gordos estaríamos incapacitados, y me imaginaba a mí mismo encaramado en un andamio, limpiando los cristales de un rascacielos, o de trapecista, o trepado en lo alto de un poste, recomponiendo las líneas del alumbrado público.

La anécdota, que no me dejó secuelas psicológicas ni me impidió engordar 20 libras más desde entonces, me ha servido muchas veces en mi vida para pensar en lo frágiles que son nuestros humanos criterios.

Si de éstos hubiera dependido, hubiéramos descalificado a Abraham por ser demasiado viejo. Firmemente convencidos de que ni él ni Sara estaban como para empezar a criar niños, y mucho menos con energía y mente ágil para tomar las riendas de tan importante misión dinástica, de seguro que al momento le hubiéramos dado la jubilación forzosa. Jeremías tampoco nos hubiera inspirado mucha confianza: era demasiado joven para ser un respetable profeta reconocido por la comunidad, y a Oseas no lo hubiéramos admitido de ninguna manera, ya que su inveteradamente casquivana esposa no le habría dado buena reputación al gremio. A Moisés lo hubiéramos convencido para que siguiera con el próspero negocio de ovejas que tenía con su suegro, ya que su tartamudez no era una buena tarjeta de presentación para un líder de primera línea. A David, rey y todo, lo masticaríamos, pero –por supuesto– sin tragarlo, sobre todo después de lo que le hizo al buenazo de Urías, cuando convirtió en “viuda forzosa” a la mujer del hitita y se quedó con ella. Sabemos que Juan el Bautista andaba siempre muy mal vestido y tenía hábitos alimenticios realmente extraños. A Mateo lo veríamos como poco fiable, ya que en el pasado había exprimido a la gente, a más no poder, con las buenas tajadas que sacaba de su mesa de impuestos, y de todos es sabido que “la cabra siempre tira al monte”. Por supuesto que a Simón Pedro, con su fama de obstinado y con esa costumbre de decir lo primero que le venía a la cabeza, no lo hubiéramos puesto jamás al frente de nuestros negocios… ¡Faltaría más!

A María la de Magdala, tampoco. Porque, sabe Dios qué secuelas le dejaron los siete demonios que la atormentaron, así que lo más prudente es que se meta en la cocina y que, como sea, adquiera la adicción al trabajo, que –según dicen– tiene a Marta exhausta. Pablo de Tarso, por supuesto, no sería de fiar: ¿no recuerdan los actos de repudio que le hizo a la Iglesia y los buenos palos que dio cada vez que pudo?

Como un auténtico hippie medieval, Francisco de Asís –aunque era un “buena gente” de cuerpo entero, se sabe que anduvo como Dios lo trajo al mundo, vagando por algún tiempo, meditando y hablando con los pajaritos y los lobos en la espesura de los montes de Umbria. Juana de Arco oía voces, se vestía de militar y blandía la espada como el que más. Zaqueo, que era casi enano, tenía negocios sucios en su pasado; y la juventud turbulenta y desenfrenada de Agustín de Hipona no es cosa de juego, ni de tomar a la ligera. Ni pensar en hacerlo obispo.

Los carpinteros tuvieron que hacer un agujero en la mesa del comedor de los frailes, para que Tomás de Aquino, a quien sus “caritativos” hermanos de convento llamaban “el buey mudo”, pudiera acomodar su prominente abdomen a la hora de comer, y a Juan de Dios sus convecinos lo encerraron por loco en el hospital de Granada.

En el momento de la muerte de Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, una monja del Carmelo de Lisieux comentaba a la comunidad: “Y, ¿qué se puede decir de la Hermana Teresa? Nada”… Había convivido con una santa de talla imponente y no había sido capaz de verla. Sólo al final de la vida de Santa Bernardita, la vidente de Lourdes, pudieron descubrir las monjas de Nevers el extraordinario temple de aquella simple campesina, que había soportado en silencio, sin una sola queja, el tremendo suplicio de una tuberculosis ósea.

De seguro que muchos de los contemporáneos de estos extraordinarios hombres y mujeres sólo pudieron ver, en la cáscara de sus vidas, aquellas pequeñas aristas de oscuridad que, ante sus ojos, los hubieran incapacitado para la importante misión que Dios tenía para ellos. Las luces y las sombras de la Iglesia y del mundo, que tanto nos preocupan y nos asustan, son como el entramado del verdadero tapiz que Dios va tejiendo desde su presencia y su distancia. Como un confuso cuadro, siempre opaco a nuestros lentes, que nunca podremos definir y entender con nuestros humanos criterios.

Tal vez ése ha sido el mejor don de los santos: la capacidad de poder aproximarse al misterio de la realidad que les tocó vivir desde la óptica divina, y llegar a comprenderlo todo, o casi todo, con la seguridad de quien sabe en quién se ha confiado.

Los divinos criterios, los criterios de Dios –es decir, la forma en que Dios maneja el complejo devenir de la historia– son algo que debería asombrarnos constantemente, hasta dejarnos sin aliento ante todo lo grande que Él es capaz de hacer con nuestras humanas imperfecciones –y a pesar de ellas.

Un hombre viejo, con los años contados, fue elegido pontífice de transición a la muerte del gran Pío XII. Cuando Ángel José Roncalli subió a la Sede de Pedro, todos esperaban de él que condujera más o menos la Iglesia con la tranquilidad debida, nombrara una nueva remesa de cardenales para que, en el próximo cónclave, eligieran a un Papa como Dios manda, que mantuviera los asuntos de la Santa Madre Iglesia y que recibiera afectuosamente a los peregrinos en la Plaza y la Basílica de San Pedro. Pero Juan XXIII llenó la Iglesia con el viento fresco del Espíritu, de una manera como no se había visto en siglos, al poner en marcha el Concilio Vaticano II, el acontecimiento religioso más grande de los tiempos actuales.

Siempre que voy a Roma, mi primera visita es a San Pedro, a la tumba de este santo hombre de Dios, el “Papa Bueno”, que fue beatificado por Juan Pablo II el 3 de septiembre del año 2000. Allí me encomiendo al beato Juan XXIII y a Santo Tomás de Aquino, sobre todo porque a ninguno de los dos el gran volumen de su humanidad les impidió subir bien alto a la gloria y el honor de los altares.