Divinos Criterios
Acabado
de llegar de Cuba, las monjas me llevaron a ver a un importante
señor, dueño de medio mundo, cuyos negocios abarcaban desde las
comunicaciones hasta las funerarias. Con tal variado prospecto
de posibilidades, en alguna de sus empresas –esperaban ellas– de
seguro conseguiría yo un empleo para sacar adelante a mi familia.
La entrevista duró poco. Realmente, duró muy poco. Cuando aquel
acaudalado empresario me vio dijo al instante, literalmente: “Lo
siento, pero en mis empresas no trabaja ningún gordo”. Cuando
salíamos de aquel laberinto de oficinas casi sentía el vapor que
le salía por las orejas –es decir, de la toca– a la pobre monja
que con tanto entusiasmo había insistido en aquel encuentro,
para entonces convertido en una desagradable experiencia. Y
mientras ella estaba al borde de un ataque de justificada
indignación, yo sólo pensaba en la clase de empleos para los que
los gordos estaríamos incapacitados, y me imaginaba a mí mismo
encaramado en un andamio, limpiando los cristales de un
rascacielos, o de trapecista, o trepado en lo alto de un poste,
recomponiendo las líneas del alumbrado público.
La
anécdota, que no me dejó secuelas psicológicas ni me impidió
engordar 20 libras más desde entonces, me ha servido muchas
veces en mi vida para pensar en lo frágiles que son nuestros
humanos criterios.
Si de
éstos hubiera dependido, hubiéramos descalificado a Abraham por
ser demasiado viejo. Firmemente convencidos de que ni él ni Sara
estaban como para empezar a criar niños, y mucho menos con
energía y mente ágil para tomar las riendas de tan importante
misión dinástica, de seguro que al momento le hubiéramos dado la
jubilación forzosa. Jeremías tampoco nos hubiera inspirado mucha
confianza: era demasiado joven para ser un respetable profeta
reconocido por la comunidad, y a Oseas no lo hubiéramos admitido
de ninguna manera, ya que su inveteradamente casquivana esposa
no le habría dado buena reputación al gremio. A Moisés lo
hubiéramos convencido para que siguiera con el próspero negocio
de ovejas que tenía con su suegro, ya que su tartamudez no era
una buena tarjeta de presentación para un líder de primera línea.
A David, rey y todo, lo masticaríamos, pero –por supuesto– sin
tragarlo, sobre todo después de lo que le hizo al buenazo de
Urías, cuando convirtió en “viuda forzosa” a la mujer del hitita
y se quedó con ella. Sabemos que Juan el Bautista andaba siempre
muy mal vestido y tenía hábitos alimenticios realmente extraños.
A Mateo lo veríamos como poco fiable, ya que en el pasado había
exprimido a la gente, a más no poder, con las buenas tajadas que
sacaba de su mesa de impuestos, y de todos es sabido que “la
cabra siempre tira al monte”. Por supuesto que a Simón Pedro,
con su fama de obstinado y con esa costumbre de decir lo primero
que le venía a la cabeza, no lo hubiéramos puesto jamás al
frente de nuestros negocios… ¡Faltaría más!
A María la de Magdala, tampoco. Porque, sabe Dios qué secuelas
le dejaron los siete demonios que la atormentaron, así que lo
más prudente es que se meta en la cocina y que, como sea,
adquiera la adicción al trabajo, que –según dicen– tiene a Marta
exhausta. Pablo de Tarso, por supuesto, no sería de fiar: ¿no
recuerdan los actos de repudio que le hizo a la Iglesia y los
buenos palos que dio cada vez que pudo?
Como un
auténtico hippie medieval, Francisco de Asís –aunque era
un “buena gente” de cuerpo entero, se sabe que anduvo como Dios
lo trajo al mundo, vagando por algún tiempo, meditando y
hablando con los pajaritos y los lobos en la espesura de los
montes de Umbria. Juana de Arco oía voces, se vestía de militar
y blandía la espada como el que más. Zaqueo, que era casi enano,
tenía negocios sucios en su pasado; y la juventud turbulenta y
desenfrenada de Agustín de Hipona no es cosa de juego, ni de
tomar a la ligera. Ni pensar en hacerlo obispo.
Los
carpinteros tuvieron que hacer un agujero en la mesa del comedor
de los frailes, para que Tomás de Aquino, a quien sus
“caritativos” hermanos de convento llamaban “el buey mudo”,
pudiera acomodar su prominente abdomen a la hora de comer, y a
Juan de Dios sus convecinos lo encerraron por loco en el
hospital de Granada.
En el
momento de la muerte de Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz,
una monja del Carmelo de Lisieux comentaba a la comunidad: “Y,
¿qué se puede decir de la Hermana Teresa? Nada”… Había convivido
con una santa de talla imponente y no había sido capaz de verla.
Sólo al final de la vida de Santa Bernardita, la vidente de
Lourdes, pudieron descubrir las monjas de Nevers el
extraordinario temple de aquella simple campesina, que había
soportado en silencio, sin una sola queja, el tremendo suplicio
de una tuberculosis ósea.
De
seguro que muchos de los contemporáneos de estos extraordinarios
hombres y mujeres sólo pudieron ver, en la cáscara de sus vidas,
aquellas pequeñas aristas de oscuridad que, ante sus ojos, los
hubieran incapacitado para la importante misión que Dios tenía
para ellos. Las luces y las sombras de la Iglesia y del mundo,
que tanto nos preocupan y nos asustan, son como el entramado del
verdadero tapiz que Dios va tejiendo desde su presencia y su
distancia. Como un confuso cuadro, siempre opaco a nuestros
lentes, que nunca podremos definir y entender con nuestros
humanos criterios.
Tal vez
ése ha sido el mejor don de los santos: la capacidad de poder
aproximarse al misterio de la realidad que les tocó vivir desde
la óptica divina, y llegar a comprenderlo todo, o casi todo, con
la seguridad de quien sabe en quién se ha confiado.
Los
divinos criterios, los criterios de Dios –es decir, la forma en
que Dios maneja el complejo devenir de la historia– son algo que
debería asombrarnos constantemente, hasta dejarnos sin aliento
ante todo lo grande que Él es capaz de hacer con nuestras
humanas imperfecciones –y a pesar de ellas.
Un
hombre viejo, con los años contados, fue elegido pontífice de
transición a la muerte del gran Pío XII. Cuando Ángel José
Roncalli subió a la Sede de Pedro, todos esperaban de él que
condujera más o menos la Iglesia con la tranquilidad debida,
nombrara una nueva remesa de cardenales para que, en el próximo
cónclave, eligieran a un Papa como Dios manda, que mantuviera
los asuntos de la Santa Madre Iglesia y que recibiera
afectuosamente a los peregrinos en la Plaza y la Basílica de San
Pedro. Pero Juan XXIII llenó la Iglesia con el viento fresco del
Espíritu, de una manera como no se había visto en siglos, al
poner en marcha el Concilio Vaticano II, el acontecimiento
religioso más grande de los tiempos actuales.
Siempre
que voy a Roma, mi primera visita es a San Pedro, a la tumba de
este santo hombre de Dios, el “Papa Bueno”, que fue beatificado
por Juan Pablo II el 3 de septiembre del año 2000. Allí me
encomiendo al beato Juan XXIII y a Santo Tomás de Aquino, sobre
todo porque a ninguno de los dos el gran volumen de su humanidad
les impidió subir bien alto a la gloria y el honor de los
altares.
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