Justo Figueroa: Un misionero laico
Un raro deber cívico en Cuba: La misión de cultivar el espíritu
Palabras pronunciadas en la presentación de un libro de
Ediciones Vitral sobre la vida y obras de Justo Figueroa,
misionero en Pinar del Río, el 10 de enero de 2005.
“Como la de cada persona, el alma de los pueblos se salva o se
condena”. Así le escuché decir, pletórico de fe y confianza, a
un sacerdote cubano, maestro durante décadas, que llegó a ser
ministro de educación de nuestro país y fue inspirador de la
Comisión de Historia que preparó el encuentro Nacional Eclesial
Cubano (ENEC,1986). Me refiero al P. Pastor González, religioso
escolapio y cubano de pura cepa.
Entonces pude comprender cabalmente dos realidades que han
marcado mi vida.
La
primera: que los ciudadanos, los miembros de una nación y todas
sus instituciones, deben empeñarse a fondo por cuidar, promover,
cultivar y fecundar el alma, el espíritu de ese pueblo, su
ethos, su cultura, su subjetividad, en una palabra, su
espiritualidad. Es el primer deber cívico y patriótico.
Está en juego no sólo la esencia misma de ese pueblo, sino
también su propia salvación, su redención, su perennidad. Si se
daña el ethos, si fenece el espíritu de un país, si no se
pone “el alma de raíz”, se seca su espiritualidad, se arrastra
su cuerpo nacional por los bajos caminos de las miserias humanas,
se desintegra como comunidad, pierde el rumbo y el sentido de
existir como pueblo, hasta llegar a desaparecer como nación.
Es
por ello que educar para la libertad y la responsabilidad, poner
manos a la obra de la formación cívica de un pueblo, cultivar su
ethos, fecundar su cultura, promover su creatividad, es
siempre una labor espiritual, una misión trascendente, una tarea
redentora. Sea quien sea el que la realice, y piense y crea como
estime el que la promueva.
El que siembra espiritualidad, abre a la trascendencia, y salva
el alma de su pueblo, toda persona de buena voluntad que, aún
sin “saberlo” conscientemente, se dedica a rescatar la memoria
histórica, los mejores criterios de juicio de sus predecesores,
los modelos de vida de sus patricios, la subjetividad de
cualquier ciudadano bueno y sencillo; eso es cultivar la
entereza de un pueblo y salvarlo para la vida futura.
La
segunda: que la misión evangelizadora de la Iglesia, su esencia
misionera, no se reduce, ni mucho menos, a un tipo de labor
proselitista, de “propaganda fidei”, de testimonianza
personal, de extensión geográfica, de visitas a vecindarios,
poblados, bateyes y nuevas comunidades. Ser misionero en la
Iglesia es, también, “alcanzar y transformar, con la fuerza del
Evangelio: los criterios de juicio, los valores determinantes,
los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes
inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad”. (E.N. 19.)
De
modo que al inaugurar el Año de la Misión en Cuba, convocado por
nuestros obispos, con esta Asamblea de Misión de la Diócesis de
Pinar del Río, no es un despropósito, ni una extrañeza comenzar
este Encuentro con la presentación de un libro. Lo inauguramos
con un acto cultural. La inculturación del Evangelio y la
evangelización de la cultura, son los dos polos de una única y
multiforme dinámica de la misión de la Iglesia. La
evangelización de los ambientes, el rescate de la memoria
histórica, el cultivo de la forma de ser, de las tradiciones, de
la herencia cultural de los pueblos, es otra forma, aún mayor en
profundidad, de misión. Precisamente el Papa Juan Pablo II, al
inaugurar el Tercer Milenio del cristianismo lanzó esta
invitación a todos los cristianos: Duc in altum, “Rema
hacia la profundidad del mar de este mundo”, adentrémonos en lo
más hondo de la existencia de las personas y de la sociedad, y
allí echemos las redes.
Remar hacia la profundidad de una persona es pasar de la visita
a su casa a la amistad de su corazón, es pasar del anuncio
doctrinal del Evangelio a la transformación de sus criterios
personales. Es pasar de la invitación a visitar la Iglesia, a la
invitación a hacer de su persona un templo de Dios. Es pasar de
acogerlo en nuestras reuniones religiosas y en nuestras
celebraciones litúrgicas a formarlos para que sus relaciones
humanas y sus actitudes ante cualquier suceso y, más allá, de su
vida, sea un culto permanente y agradable a Dios. Es pasar de
prepararlos para recibir los sacramentos a prepararlos para que
toda su vida, su testimonio, sus actuaciones, sus obras sean un
“sacramento”, es decir, un signo sensible y visible de la
salvación de Dios para las personas que lo rodean.
Es
por ello que hoy la Iglesia diocesana no sólo convoca a la
misión a todos los visitadores, ministros de la Palabra, equipos
misioneros, sino que también convoca a catequistas, animadores
de la formación cívica, animadores de la Comisión Católica para
la Cultura, grupos de educadores, grupos de mujeres y amas de
casa, grupos de trabajadores de la salud y de la economía,
animadores del MCAS y de la consultoría jurídica, sicológica y
familiar, a los agentes de Cáritas, a los que forman líderes de
comunidades sociales, a los que forman artistas en las aulas de
música o técnicos en las aulas de computación, a los que forman
a los niños en las guarderías y a los que restauran templos e
imágenes para restaurar el alma y la mística de nuestros pueblos
y bateyes. Este año de misión convoca a los que animan el
ambiente de los jóvenes y a los que animan a los matrimonios y
familias, a los que animan el ambiente de la tercera edad o a
los que atienden niños con síndrome de Down; este año de misión
convoca igual a los que animan el rosario perpetuo y a los que
viven en la ofrenda permanente de sus vidas en el trabajo
cotidiano en cada taller, hospital, surco o almacén; este año de
misión convoca al mismo tiempo a los que fomentan la adoración
perpetua de la eucaristía y a los que ofrecen la hostia viva de
su trabajo a favor de los presos y sus familiares; este año de
misión convoca al mismo tiempo a los que escriben libros como
éste y poemas como otros, a los que trabajan en publicaciones
como Vitral, El Pensador o Meñique y a los
que hacen de su vida un libro abierto visitando enfermos en los
hospitales, atendiendo a los que padecen el Sida o acogiendo a
los visitantes, migrantes por razones de estudio, trabajo o
turismo y también a los llamados “palestinos”. Y así en la vida
de los servicios de la Iglesia…Todo es misión.
Y
lo digo con la convicción del que “se cayó del caballo”, por la
gracia de Dios, a temprana edad, en una Iglesia misionera como
la de Pinar del Río y en una época de la historia de Cuba en que
se hacía casi martirial ser o no ser cristiano: mientras los
aspirantes a apóstoles de Cristo, que somos todos, no aprendamos
a que la misión es todo eso y cuanto inspire al Espíritu para
renovar la faz de la tierra, nuestra misión se quedará manca, o
sorda, o ciega, o hemipléjica…
Si
queremos responder a la convocatoria de un Año de Misión,
comencemos por comprender y vivir bien su más amplio concepto.
Misión de las personas y de los pueblos. Misión geográfica y
misión de los ambientes. Misión de los corazones y de las
estructuras. Misión de inculturación del Evangelio y misión de
evangelización de la cultura. Misión de la Palabra y de la
eucaristía, que es decir misión del anuncio verbal y de la
entrega martirial de la vida.
Eso
hizo, sencilla y heroicamente, que es casi siempre lo mismo, un
hombre de nuestro pueblo, un hombre de la raza negra, aquella
que no fue suficientemente evangelizada en la colonia y que ha
sido y es discrimada y segregada en la república y hoy, quizá
más sutil y solapadamente que nunca. Eso logró hacer, con las
iniciativas más variadas y creativas, este misionero que fue
Justo Figueroa Pérez.
Él
supo qué era ser un misionero: lo comprendió y lo ejercitó, lo
asumió y lo inventó. Lo escuchó al mismo tiempo que la Palabra
de la Biblia y de la adoración de la eucaristía. Es más, Justo
hizo de su propia existencia cotidiana, una palabra constante y
una hostia viva al entregarse a los demás. Eso es ser plenamente
ministro de la Palabra y de la eucaristía. No como quien repite
un recado de otro sino como el que comunica una experiencia de
su propia vida, no como el que acarrea el pan consagrado sin
coherencia con su vida cotidiana, sino el que al llevar la
eucaristía y repartirla, entra en íntima comunión con el Cristo
encarnado, crucificado y resucitado que lo inunda por dentro y
lo desborda y, para no desperdiciar tan sublime experiencia,
siente la necesidad perentoria y apremiante de repartirlo y de
compartirlo con todo el que lo busque con sincero corazón.
Justo supo ser un laico misionero: lo hizo a su estilo seglar,
en medio del pueblo, en su mundo, que es el lugar teológico de
la misión de los laicos; es decir, el lugar donde encontrar a
Dios, de anunciarlo, de convivir con él en la fraternidad con
los demás hombres y mujeres de su tierra. Lo hizo fundando
comunidades y asumiendo un estilo de vida austero y alegre. Lo
hizo inculturando el mensaje cristiano en décimas campesinas, en
letrillas de pregones cubanos, en obras de teatro que llamaba
“comedias” sin saber, o quizá intuyendo, que trataba los mismos
problemas de la “comedia de la vida”. Lo hizo organizando al
mismo tiempo y con un corazón indiviso, los rosarios vivientes y
las campañas de alfabetización; es decir, uniendo en la misma y
única misión de la Iglesia, la multiforme educación cívica y
religiosa, ética y cristiana, cubana y campesina. He aquí las
notas distintivas de su misión, que es la Misión de su único
Maestro y Amigo, de su Salvador e Inspirador: Jesús de Nazaret.
Justo Figueroa es una de esas figuras paradigmáticas de la
tradición laical y misionera de esta Iglesia de Pinar del Río.
Su vida forma parte de ese anuncio viviente del Evangelio en
esta Diócesis y provincia más occidental de Cuba. Su palabra,
sus capillas de yagua y guano, sus “autos sacramentales”
escenificados y memorizados por el pueblo, sus canciones y sus
refranes, sus campañas de alfabetización y su modo informal de
asistencia social, forman parte de esa herencia de apostolado
seglar que ha distinguido, por la gracias de Dios, a esta
porción del pueblo de Dios en Cuba.
Todavía guardo en mi memoria aquella tarde de fiesta de la
Virgen del Rosario, patrona de La Palma, en que siendo un joven
acompañante del entonces Obispo de Pinar del Río, Mons. Manuel
Rodríguez Rozas, conocí a Justo el misionero, allí en el patio
del fondo de la casa parroquial: el obispo sentado tomando un
café, Justo de pie a su lado, sin zapatos, palo rústico en forma
de cayado, pantalones a media pierna amarrados con ariques de
yagua. El pastor preguntando por las ermitas y las necesidades
de las gentes y el misionero tratando de comunicar el dolor de
los sufrientes, el fervor de los creyentes y la esperanza de
todos en que la noche oscura pasará. Justo anunciando que el
amanecer siempre llega, “que siempre que llueve…escampa”… Él era
y es el misionero de la luz.
Hombres y mujeres salidos del seno de nuestro pueblo han
acompañado a lo largo de los siglos a misioneros como Justo, el
religioso. Recordemos, entre otros cientos, a Doña Panchita
Barrios, aquella campesina de la época de nuestra guerras de
independencia que vivió en las lomas de Guillén, en Sábalo, en
Guane. Allí predicó, sanó a los enfermos, animó a los
desalentados, asistió a las parturientas y salvó la eucaristía
guardada en el sagrario y a las imágenes sagradas del templo de
Sábalo, rogando al Ejército Libertador, al mando de Antonio
Maceo, que no prendiera fuego a la iglesia de ese poblado y
luego trasladando, ella misma en una carreta tirada de bueyes,
el sagrario con el Santísimo Sacramento dentro y las imágenes
del templo de Sábalo hasta la Catedral de Pinar del Río ,en lo
que quizá fuera la primera y más larga y azarosa procesión
eucarística de la historia de nuestra iglesia diocesana,
realizada, audaz y premonitoriamente, por una mujer laica que no
tuvo miedo de las autoridades civiles y militares.
Recordemos también a los misioneros, sacerdotes religiosos
jesuitas: Padre Saturnino Ibarguren y P. Jesús Rivera, quienes
viniendo de La Habana, traspasando los límites geográficos y
eclesiásticos y aprovechando los tiempos de seca, recorrían
nuestros campos y caseríos, quedándose en ocasiones en las casas
de tabaco o escogidas, o en las casas de los guajiros que los
acogían.
Recordemos también a otros laicos misioneros como César Balbín,
oriental de guayabera blanca y sombrero de yarey, que siendo
rico y quedando viudo, vendió todo lo que tenía y lo dedicó a
comprar objetos religiosos para repartir en sus misiones y para
trasladarse y sostenerse en su largo recorrido por todas las
provincias de Oriente a Occidente por las que fue predicando,
alfabetizando, cuidando enfermos, animando a los sufrientes y
desvalidos, hasta que, sin nada ya de su propiedad, llegó a
Pinar del Río y, enamorado de sus campos, de sus gentes y de su
auténtica religiosidad, decide quedarse aquí, viviendo solo en
las casas de tabaco y escogidas, no mirando día ni noche, época
del año, ni distinción de personas, hasta que la edad y la
enfermedad lo vencieron y se retiró a un hogar de ancianos de la
Iglesia en La Habana, donde, rezando y recordando a Pinar del
Río, pasó serenamente a la Casa de Dios Padre.
Otras dos mujeres no pueden dejar de ser mencionadas en la
pléyade de misioneros de esta diócesis. Recuerdo a Paulita
Castillo y María Josefa Díaz, “Fefita”; la primera, madre de una
extensa familia y de una gran comunidad en la zona de la Virgen
de la Palma, la carretera de Luis Lazo, el Cangre, la Guabina,
el Guayabo y también en el Reparto Vélez, al final de su vida.
La otra, una seglar que se consagró por su bautismo y
confirmación a la Iglesia y dedicó su soltería y todas sus
fuerzas a la Acción Católica primero, al testimonio silencioso y
martirial después, y al infatigable ministerio de la Palabra y
la catequesis cuando las circunstancias históricas y su Iglesia
lo necesitaron, hasta que entregó su último aliento un Domingo
de Resurrección, como fue su vida toda.
Espero que un día nuestra diócesis, toda la Iglesia cubana y el
resto de nuestro pueblo, puedan contar con el testimonio
fehaciente de las vidas de estos y otros cristianos que
entregaron toda su vida al servicio de la misión. Para
Ediciones Vitral será un verdadero honor, un deber y una
alegría grande poder publicar las vidas ejemplares de estos
compatriotas, para que las nuevas generaciones puedan beber en
estos pozos de santidad y de cubanía.
Una
palabra aparte merece la obra del autor, Belisario Carlos Pi
Lago, ganador de varios reconocimientos en concursos literarios
e hijo de la misma tierra donde trabajó Justo Figueroa.
Soy
testigo de la profesionalidad con que Belisario ha escudriñado
cada archivo, ha indagado con cada testimoniante, se ha
comunicado, solicitando información, con cada probable fuente.
Ha querido ser fiel a la verdad que se escondía bajo el velo del
olvido, de la desinformación, del mito que se teje alrededor de
cada persona insigne. Soy testigo también de su vehemente
interés en que fuera conservada, con la misma coherencia y
fidelidad, tanto los detalles de la vida de este laico misionero,
como la mística que lo aupó desde dentro.
Quien lea esta exquisita investigación histórica encontrará la
minuciosa indagación, pero no podrá quedarse en el dato, en la
ubicación geográfica, en el documento probatorio. No es posible
entretenerse en la aún escasa datación, porque el autor
continuamente interpreta, crea vínculos entre hechos y actitudes,
busca en los testimonios las líneas inspiradoras, destaca la
espiritualidad inasible, trasciende el verbo y busca el mensaje
inefable que quiso transmitir. En fin, creo que el autor no pudo
tampoco mantenerse neutral frente a una vida excepcional. Su
dubitativo sí del principio se fue tornando, poco a poco, como
la mayoría de las verdaderas conversiones, en una pasión por
definir cada huella del misionero con fama de santo, por
encontrar el eco de cada palabra pronunciada al viento de
aquellas serranías… Pero el autor y nosotros, los aspirantes a
cristianos, sabemos que “si el Señor no construye la casa, en
vano se afanan los arquitectos”. (Salmo 127.)
Belisario y cada lector iniciado, saben que redescubrir la
huella, encontrar las resonancias de su predicación y revivir su
existencia no es posible para el autor, ni para nadie, sin creer
que por las mismas serranías de La Palma, en los mismos umbrosos
valles de aquella reserva natural, anda, descalzo y brioso, el
Justo resucitado.
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