|
|
|
|
|
|
|
La motivación principal subyacente tras la música del compositor, pianista y organista francés Olivier Messiaen (1908-1992) fue siempre una firme fe católica. Según nos cuenta el propio creador, desde su niñez sintió una inquebrantable convicción religiosa: “Tuve la buena fortuna de ser católico. Nací creyente, y las Escrituras me impresionaron grandemente durante mi niñez. La iluminación de las verdades teológicas de la fe católica constituye el primer aspecto de mi obra, el más noble, y, sin dudas, el más útil y valioso, tal vez el único del cual no me arrepentiré a la hora de la muerte…”. Para iluminar esas verdades teológicas a las cuales hace referencia, Messiaen se sintió inspirado a crear un “lenguaje” musical totalmente nuevo. Pleno de entusiasmo por explicarlo a sus alumnos y al mundo entero, se tomó el trabajo de publicar en 1942 el tratado Technique de mon langage musical (Técnica de mi lenguaje musical), convencido de que el mismo llevaría a las audiencias “más cerca de la infinitud, a la eternidad en el espacio”. Un ejemplo de esa música lo constituye su Cuarteto para el fin de los tiempos (1941), una obra monumental, revolucionaria y definitoria del género, compuesta para una rara combinación de instrumentos (clarinete, violín, violonchelo y piano), que desde su estreno ha ejercido un profundo efecto en las audiencias, tanto entre los conocedores como también entre los aficionados. Las circunstancias de la creación del cuarteto son realmente sorprendentes, e incluso podrían calificarse como milagrosas, atendiendo a que Messiaen estaba recluido en un campo de concentración alemán. Así lo narra el compositor: “El Cuarteto para el fin de los tiempos, concebido y compuesto en cautiverio, fue estrenado en el campamento Stalag VIIIA, el 15 de enero de 1941 […]. Los cuatro músicos lo interpretamos con instrumentos en estado deplorable: el chelo de Etienne Pasquier sólo tenía tres cuerdas; las teclas de mi piano vertical no ascendían cuando las tocaba… Y fue precisamente en ese piano […] que tocamos mi Cuarteto para el fin de los tiempos, ante una audiencia de 5,000 personas, donde se mezclaban las clases más diversas: campesinos, obreros, intelectuales, médicos [y] sacerdotes. Nunca antes me habían escuchado con tanta atención y comprensión…”. El Cuarteto para el fin de los tiempos, que cuenta con ocho movimientos, fue inspirado en las visiones proféticas de San Juan en el Capítulo 10 del Apocalipsis, donde describe cómo un ángel anuncia el fin de los tiempos; y cuenta con secciones de títulos sugerentes y misteriosos, como “Liturgia de cristal”, “El abismo de las aves”, “Danza de las furias, para las Siete Trompetas”. Pero si bien la mención de estos nombres provoca curiosidad, el contenido de los mismos no sólo se corresponde, sino que trasciende cualquier detalle imaginario. Los cincuenta minutos y quince segundos que dura el cuarteto, están llenos de una energía secreta que nos eleva, sobrecoge y subyuga, a pesar de que realmente constituyen armonías y estructuras tímbricas extrañas no sólo para la época en que se compuso y estrenó, sino incluso para estos tiempos. El crítico Marcel Delannoy escribió, luego del estreno de la obra en París (1941): “Sus intenciones desarman al crítico con anticipación, en la medida que asumen el problema resuelto: lo etéreo escrito en blanco y negro; los medios sobrehumanos; la eternidad que se acerca mientras lo temporal desaparece, debido a una composición que debe analizarse desde la perspectiva de un proceso místico…”. En realidad, señalan los historiadores, la audiencia se reducía a unas cuatrocientas personas. Pero no es la cifra lo que importa, sino la impresión que causó la obra con su vitalidad y fuerza, tanto en aquella remota mañana de 1941, como en las más prestigiosas salas de concierto de la actualidad. Con el Cuarteto para el fin de los tiempos, además de otras piezas que creó el compositor hasta más allá de la mitad del siglo XX, Olivier Messiaen fue consecuente con su religiosidad y su amor a Dios. En su tratado de 1942, explica Messiaen: “Mi fe es el gran drama de mi vida. Soy creyente, por lo que llevo la palabra de Dios a los que no creen. Les ofrezco el canto de las aves a los que se arraciman en las ciudades y jamás los han escuchado; elaboro ritmos para aquellos que sólo conocen marchas militares y jazz, y pinto colores para aquellos que jamás los han visto”. Con toda seguridad, esos ecos, visiones, colores, siguen vivos para esa eternidad que trató de hacer más cercana a nosotros.
|