Una semana de sufrimiento y de milagros
Mis queridos amigos:
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Arzobispo John C. Favalora |
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¿Creen ustedes en los milagros?
¿Creen ustedes en el sufrimiento?
La Semana Santa está llena de ambos. La institución de la
Eucaristía, el Jueves Santo, fue un milagro. El arresto, la
flagelación y la crucifixión de Jesús, el Viernes Santo, fueron
puro sufrimiento. La Resurrección, el Domingo de Pascua, fue un
milagro.
¿Acaso no es éste el ritmo de nuestras propias vidas? Los buenos
momentos se entremezclan con los malos. Las buenas noticias se
entremezclan con la tristeza. Milagros seguidos por sufrimientos;
sufrimientos seguidos por milagros.
Para decir la verdad, lo que nos gustaría sería una vida de
milagros nunca interrumpidos por el sufrimiento. Después de todo,
¿por qué sufrir?
Nuestra cultura, en efecto, parece pensar que no es necesario.
La mayor parte de los comerciales de televisión actuales, son
recordatorios no muy sutiles de que no tenemos que sufrir.
¿Sufre usted de alguna alergia? Tómese una píldora. ¿Sufre usted
de acidez? Tómese una píldora. ¿Sufre usted de asma? Tómese una
píldora. ¿Tiene el colesterol muy alto? Tómese una píldora.
Todavía no existe una píldora mágica para quienes padecen de
sobrepeso, pero siempre les queda la posibilidad de optar por la
liposucción o por una cirugía de desvío gástrico. Hasta existen
remedios para la vejez: tintes para el pelo, cremas contra las
arrugas, cirugía plástica o cosmética.
Nuestro rechazo del sufrimiento es tan grande, que actualmente
aprobamos el dar muerte a un niño no nacido para librarlo del
sufrimiento de nacer sin haber sido deseado.
Y cuando vemos a un anciano de 84 años abatido por el Parkinson,
casi incapaz de hablar y totalmente dependiente de quienes lo
asisten, nos preguntamos: ¿Por qué no se retira? ¿Por qué se
empeña en asomarse desde esa ventana para hacernos contemplar su
sufrimiento?
Estas imágenes de nuestra propia mortalidad nos perturban. No
queremos sufrir, e insistimos en creer que nunca moriremos.
Pero en esta cultura de placer y comodidad se entremeten, cada
año, la Pasión y la Muerte de Jesús. La Iglesia nos obliga a
detenernos y a reflexionar en el hecho de que ni siquiera el
Hijo de Dios pudo evadir el sufrimiento y la muerte, pues ambos
son tan propios de la vida como el acto de respirar.
Esto no significa que debamos buscar el sufrimiento. Esto no
significa que nuestro sufrimiento ordinario y cotidiano tenga un
sentido. Pero el sufrimiento viene acompañado, a veces, de
milagros, pues ¿cómo podría haber una Resurrección sin una
Crucifixión?
Ahí está el misterio de la Cruz: el bien puede surgir del mal.
Nuestra vida cotidiana está llena de tales recordatorios: una
madre llena de pesar da origen a la campaña de Mothers Against
Drunk Driving (Madres contra la Conducción en Estado de
Embriaguez); un hombre que se recupera del alcoholismo inicia
Alcoholics Anonymous (Alcohólicos Anónimos); un viudo funda una
organización para combatir el cáncer del seno en memoria de su
esposa; el tsunami de Asia levanta una ola de solidaridad con
las víctimas.
La Semana Santa es el recordatorio mayor de la redención eterna
ganada por el sufrimiento del Hijo de Dios.
Al conmemorar la más sagrada de las épocas del año, debemos
reflexionar sobre la forma en que vemos el sufrimiento, pues no
es el sufrimiento, en sí mismo, lo que nos redime, sino el amor
y la obediencia a la voluntad de Dios con que aceptamos el
sufrimiento. Éste es el ejemplo que Jesús nos dejó.
¿Estamos sumidos en el sufrimiento? ¿Estamos enojados con Dios y
con el mundo a causa de nuestro sufrimiento? ¿Nos ciega el
sufrimiento y nos impide ver los milagros que podrían sobrevenir?
La Semana Santa es un recordatorio de que el sufrimiento no es
lo único que existe, y de que Dios sí comprende. Dios comprende
nuestro sufrimiento, porque Su Hijo lo soportó. Dios comprende
la agonía humana de la muerte, porque Su Hijo murió en una cruz.
Dios no abandonó a Su Hijo. Dios no nos abandonará. La gloriosa
promesa de la resurrección nos está esperando. Sólo tenemos que
dejar que nuestra fe nos guíe a través de la cruz y del
sufrimiento.
- o O o -
Declaración
de Mons. John C. Favalora,
Arzobispo de Miami
19 de marzo de 2005
Miami, Florida
Mientras el mundo cristiano entra en su más solemne y sagrada
semana, llamo a todas las personas de buena voluntad a unirse en
oración por Terri Schiavo.
La desconexión del tubo mediante el que se la alimenta la
conducirá eventualmente, sin la menor duda, a morir de hambre.
Esto no está de acuerdo con la más reciente enseñanza papal
sobre la materia, y viola la práctica de la teología moral en
casos tan controversiales. En todos las situaciones en que
exista una ambigüedad científica de importancia, debemos seguir,
moralmente, el camino más seguro: en este caso, continuar
suministrándole alimentos y agua. El alimento y el agua sólo
pueden negarse si la muerte es inminente, o si se demuestra que
empeoran la situación de la persona.
Pido que todas las iglesias católicas de la Arquidiócesis de
Miami incluyan a Terri Schiavo en sus peticiones de intercesión
durante las Misas de las próximas semanas. Del mismo modo, pido
a todos que recen por lograr un cambio en los corazones de las
personas que están a cargo de Terri, y por que el Espírutu Santo
ilumine y guíe a todos nuestros funcionarios públicos. |