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Por la Cruz a la Esperanza
Conflictos bélicos, hambrunas, miserias de todo tipo, falta de
oportunidades sociales para millones, inequidad y muy desigual
distribución de las riquezas y las ganancias, terrorismo, abusos
de todo tipo de los fuertes sobre los débiles, carrera
armamentista en auge, sistema económico injusto que enriquece
más a unos pocos y empobrece más a las inmensas mayorías del
mundo… Mil formas de sufrimiento, de injusticias y muerte son
frutos que sin esfuerzo ni más evidencias nos permiten afirmar
que el árbol social está podrido.
Dos
décadas atrás, caído el muro de Berlín, desterrada la amenaza
del comunismo y de la guerra fría, lejos de regímenes
totalitarios y dictatoriales, presagiábamos un clima de
distensión y hasta llegamos a soñar con un mundo mejor, con
bienestar y paz para todos. Pero no hubo tal. De repente, nos
encontramos habitando un planeta en confrontación, plagado de
violencia y aniquilamiento de “lo diferente”, con odios y
divisiones y más lleno de conflictos, brechas y amenazas que
aquellas que creíamos ya superadas y convertidas en vocabulario
extraño al diccionario de los humanos.
Éste no es el camino si propendemos a la construcción de un
mundo mejor por lo más humano, de una “civilización del amor”,
de una cultura de la verdad y de la vida donde haya pan,
justicia y paz para todos; donde todos tengamos espacio y donde
sea posible la convivencia respetuosa, tolerante, fraterna y
solidaria. Más aún, es imposible imaginar un futuro para la
humanidad si, a partir de estas crisis, no descubrimos mejores
posibilidades de ser hombres y mujeres felices y encaminamos
nuestra vida y nuestra historia por senderos que le den sentido
y significación a la tarea de existir y de ser personas en
comunidad.
En
medio de este sombrío panorama hemos de volver a la Luz. En
medio de estas situaciones estructuralmente inhumanas nos
aprestamos a celebrar –un año más - la Pasión, Muerte y
Resurrección de Cristo en el llamado Triduo Pascual inserto en
la que llamamos la Semana Santa o la Semana Mayor de la Liturgia
de la Iglesia Católica.
“El misterio del hombre se esclarece en el misterio de
Jesucristo”. Esta enorme verdad y síntesis de nuestra fe
cristiana, expresada por los padres del Concilio Ecuménico
Vaticano II (GS 22), resume la conmemoración litúrgica del
Jueves, Viernes y Sábado Santo. Porque la Pasión de Cristo
ilumina nuestros pequeños y grandes padecimientos; su Cruz
ilumina nuestras pequeñas y grandes cruces y nuestro peregrinaje
en medio de este “valle de lágrimas”, y su Resurrección nos
revela y recuerda el sentido pleno de la vida del hombre y de la
historia humana: que no estamos hechos para el dolor, para el
caos, para el absurdo, para la nada, sino que la última palabra
de Dios sobre el destino humano es victoria sobre la muerte y
sobre todas las formas de muerte.
La
Semana Santa es, entonces, un espacio-tiempo para reflexionar
sobre el misterio y el sentido de la existencia del ser humano,
de su vocación y misión mientras vive. A los creyentes en
Cristo, la conmemoración de su Pasión y muerte en la Cruz nos
remite a la sabiduría de Dios, que no siempre coincide con la
lógica del mundo. Una criteriología divina según la cual el que
entrega su vida en la búsqueda de la justicia y por amor a los
demás la gana para siempre, mientras que quien engorda y cuida
egoístamente su vida la pierde eternamente. Lógica de la Cruz
,que nos recuerda que no se alcanza la gloria sin la Pascua-paso
por el sacrificio y la entrega hasta de la propia vida; pasión y
cruz que son para el cristiano vocación y misión para participar
en la vida y el destino de Jesús, compartiéndolos, en espera del
Domingo de Resurrección, que siempre estará precedido del
Viernes Santo.
La historia nos cuenta que las hazañas de mayor humanidad y
justicia fueron logradas por quienes fueron capaces de darlo
todo sin tasa ni medida. Que nuestra historia humana está
cimentada en la gesta de indómitos profetas, que entendieron que
si los opresores ganan aquí y ahora la partida, Dios reserva
para los justos –como para su Hijo Jesucristo– la victoria final
sobre el mal y la muerte.
Pasión y Muerte de Cristo mediante las que los cristianos, en
medio de una posmodernidad henchida de hedonismo y esquiva a
cualquier forma de dolor y sufrimiento, confesamos que el
sacrificio, el dolor, el sufrimiento y la entrega de la propia
vida como donación amorosa y libre, tienen un valor maestro y
salvador.
Los
hombres y mujeres de este tiempo hemos asistido a una demasía de
crisis y revueltas que pretendían subvertir el orden, cambiarlo
todo, renovarlo todo, empezar de nuevo. Nos correspondió con
ello asistir a cordilleras de crueldad, de destrucción, de
infamia, de barbarie, de injusticia, de dolor, de sangre, de
lágrimas, de orfandades, junto a excesos de tiranía y atropellos
contra los más elementales derechos del ser humano. Dos guerras
mundiales, la guerra civil española, la revolución mexicana, el
fenómeno del nazismo, la revolución bolchevique, el fascismo, la
guerra en Vietnam, los regímenes marxistas, las dictaduras
militares, terminaron siendo experimentos aún más desastrosos
que aquellos estadios socio-históricos que pretendían superar,
por violentos e indignos de la condición humana… Fueron errores
que hoy parecen perpetuarse y que pueden ser leídos con el lente
fatalista del no creyente o según otra lógica, la del creyente
en Cristo que –en Viernes Santo– puede descubrir el valor y el
compromiso de construir “un cielo nuevo y una tierra nueva”, en
la esperanza de que nuestro destino último y definitivo no está
en la mezquindad de nuestras pequeñas historias e histerias,
sino cimentado en Aquél que es Alfa y Omega de la Historia.
Los cristianos, si queremos ser auténticos y comprometernos con
el Evangelio de Cristo, hemos de traducir en nuestras vida, en
nuestros hechos y palabras, en nuestras actitudes y
comportamientos, sus enseñanzas como Señor de la Historia y Luz
que ilumina la vida de todo hombre. Vida que en la lectura
cristiana de la historia y de la condición humana es carrera
ascendente que se va “cristificando”, “trinitizando”,
divinizando, hasta que “Dios sea todo en todos”, en contra de
todo fatalismo, de todo nihilismo existencialista, de todo
relato de “no futuro”.
El día en que actuó el Señor
Ahora, después de la Pasión y la Muerte de Cristo en la Cruz,
todo se aclara: Dios Padre no abandonó a su Hijo y no abandona a
ninguno de los que como Él y en Él padecen y mueren
injustamente. En la Resurrección de Cristo, Dios se pone de
parte y al lado de los que –como Jesús– luchan por un mundo
mejor y se encuentran con la cruz de todas las horas. Por ello,
la Resurrección de Cristo, fundamento de nuestra fe cristiana,
es un grito de protesta contra la injusticia del mundo y contra
la visión puramente terrenal de la vida.
Con la Resurrección de Cristo quedan desenmascarados los que
atentaron y atentan contra la instauración del Reinado de Dios
en este mundo, y son vencidos para siempre los que ponen la ley
por encima y en contra del mismo hombre.
La
Resurrección, que tan alegres celebramos y proclamamos por estos
días los católicos, aclara de una vez por todas el sentido que
tiene la entrega de la propia vida por las causas mayores y más
nobles en la tierra, como la consecución de la justicia y de un
nuevo orden en el que sean posibles la paz, el pan, el espacio,
la equidad, el respeto y la vida digna para todos.
¿Qué sentido tienen la vida y la muerte de tantos seres humanos
anónimos, que lo dieron y lo dan todo por un mundo mejor en la
reivindicación de los derechos fundamentales del hombre? O, ¿por
qué morir si experimentamos anhelos de una vida que sea para
siempre? La Resurrección de Cristo responde e ilumina éstas y
otras de las más importantes interrogantes en la experiencia de
vivir y de ser hombres.
Ahora, por la Resurrección, sabemos que la vida pasa por la
muerte, pero que no es vencida por ella; que “si el grano de
trigo no cae en tierra y muere, no da fruto”; que por la cima y
la gloria bien valen la pena todos los sacrificios y renuncias;
que el hombre no nace para morir, sino que muere para resucitar;
que el ansia de felicidad no queda frustrada para siempre… Por
todo lo cual, la Resurrección de Cristo se constituye en el
acontecimiento y confesión de fe más significativo en la
historia del hombre, pues por ella,es posible esperar, incluso
“contra toda esperanza”, la plenitud y la vida eterna del ser
humano, de toda la humanidad y de la creación entera.
En Pascua, hay atisbos de vida nueva; un rayo de luz se aproxima
a todas las tinieblas del mundo para aclararlo todo, para
renovarlo todo, para confirmarnos y reanimarnos en la tarea de
la construcción de un mundo donde ahora es posible la alegre
esperanza, porque, con la Resurrección, quedó reivindicado para
siempre y confirmado en Dios el proyecto de Vida de Jesús, la
utopía cristiana: un mundo en el que nos amemos como hermanos en
el reconocimiento de que todos somos hijos muy amados del Padre
de la gloria.
En Pascua, la Resurrección de Cristo es un hecho que se memora y
conmemora, un acontecimiento que se recuerda pero se actualiza
en nuestro hoy, aquí y ahora, especialmente, frente y en contra
de todo lo que todavía hoy –entre nosotros– amenaza y atenta
contra la vida, la justicia y la fraternidad.
¡Pascua de Resurrección! La fiesta primordial de los creyentes
en Cristo, la madre de todas las solemnidades, por la que
confesamos que en Cristo, por Él y con Él, el destino último y
definitivo del hombre y de su historia está en Dios y no en la
muerte. La Resurrección de Cristo y la espera de nuestra
resurrección en Él alienta nuestro diario caminar, ilumina
nuestro pasado, jalona nuestro presente y llena de esperanza
nuestro futuro.
Y los que somos la Iglesia de Cristo, la comunidad de los
creyentes en Él, hemos de comunicarlo al mundo. La Eucaristía
–en este año de la Eucaristía– es el espacio-tiempo litúrgico
privilegiado de los cristianos para confesar y vivir la
Resurrección como experiencia de total comunión con Dios, en
comunión –primero– con todos los hombres y mujeres de la tierra.
Pero todo esto nos exige vivir la pascua, es decir, el
paso de una vida mediocre, egoísta y vieja a la vida nueva y
abundante de “los hijos”, que Dios nos ofrece en la Resurrección
de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.
“¡Éste
es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro
gozo”!
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