PRESENCIA DEL PAPA
 VOZ DEL ARZOBISPO
 ARQUIDIÓCESIS
 CALENDARIO
 MUNDO Y NACIÓN
 AMÉRICA LATINA
 EN LA FLORIDA
 CUBA Y LA DIÁSPORA
 INMIGRACIÓN
 ESPIRITUALIDAD
 ENSEÑAZAS DE
 LA IGLESIA
 REFLEXIONES
 BÍBLICAS
 LETRAS / CINE / ARTE
 EN COMUNIÓN
 QUIENES SOMOS
 ENLACES
 ARCHIVO
 BÚSQUEDA
 PORTADA

 

Por la Cruz a la Esperanza

Mario J. Paredes

Conflictos bélicos, hambrunas, miserias de todo tipo, falta de oportunidades sociales para millones, inequidad y muy desigual distribución de las riquezas y las ganancias, terrorismo, abusos de todo tipo de los fuertes sobre los débiles, carrera armamentista en auge, sistema económico injusto que enriquece más a unos pocos y empobrece más a las inmensas mayorías del mundo… Mil formas de sufrimiento, de injusticias y muerte son frutos que sin esfuerzo ni más evidencias nos permiten afirmar que el árbol social está podrido.

Dos décadas atrás, caído el muro de Berlín, desterrada la amenaza del comunismo y de la guerra fría, lejos de regímenes totalitarios y dictatoriales, presagiábamos un clima de distensión y hasta llegamos a soñar con un mundo mejor, con bienestar y paz para todos. Pero no hubo tal. De repente, nos encontramos habitando un planeta en confrontación, plagado de violencia y aniquilamiento de “lo diferente”, con odios y divisiones y más lleno de conflictos, brechas y amenazas que aquellas que creíamos ya superadas y convertidas en vocabulario extraño al diccionario de los humanos.

Éste no es el camino si propendemos a la construcción de un mundo mejor por lo más humano, de una “civilización del amor”, de una cultura de la verdad y de la vida donde haya pan, justicia y paz para todos; donde todos tengamos espacio y donde sea posible la convivencia respetuosa, tolerante, fraterna y solidaria. Más aún, es imposible imaginar un futuro para la humanidad si, a partir de estas crisis, no descubrimos mejores posibilidades de ser hombres y mujeres felices y encaminamos nuestra vida y nuestra historia por senderos que le den sentido y significación a la tarea de existir y de ser personas en comunidad.

En medio de este sombrío panorama hemos de volver a la Luz. En medio de estas situaciones estructuralmente inhumanas nos aprestamos a celebrar –un año más - la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo en el llamado Triduo Pascual inserto en la que llamamos la Semana Santa o la Semana Mayor de la Liturgia de la Iglesia Católica.

“El misterio del hombre se esclarece en el misterio de Jesucristo”. Esta enorme verdad y síntesis de nuestra fe cristiana, expresada por los padres del Concilio Ecuménico Vaticano II (GS 22), resume la conmemoración litúrgica del Jueves, Viernes y Sábado Santo. Porque la Pasión de Cristo ilumina nuestros pequeños y grandes padecimientos; su Cruz ilumina nuestras pequeñas y grandes cruces y nuestro peregrinaje en medio de este “valle de lágrimas”, y su Resurrección nos revela y recuerda el sentido pleno de la vida del hombre y de la historia humana: que no estamos hechos para el dolor, para el caos, para el absurdo, para la nada, sino que la última palabra de Dios sobre el destino humano es victoria sobre la muerte y sobre todas las formas de muerte.

La Semana Santa es, entonces, un espacio-tiempo para reflexionar sobre el misterio y el sentido de la existencia del ser humano, de su vocación y misión mientras vive. A los creyentes en Cristo, la conmemoración de su Pasión y muerte en la Cruz nos remite a la sabiduría de Dios, que no siempre coincide con la lógica del mundo. Una criteriología divina según la cual el que entrega su vida en la búsqueda de la justicia y por amor a los demás la gana para siempre, mientras que quien engorda y cuida egoístamente su vida la pierde eternamente. Lógica de la Cruz ,que nos recuerda que no se alcanza la gloria sin la Pascua-paso por el sacrificio y la entrega hasta de la propia vida; pasión y cruz que son para el cristiano vocación y misión para participar en la vida y el destino de Jesús, compartiéndolos, en espera del Domingo de Resurrección, que siempre estará precedido del Viernes Santo.

La historia nos cuenta que las hazañas de mayor humanidad y justicia fueron logradas por quienes fueron capaces de darlo todo sin tasa ni medida. Que nuestra historia humana está cimentada en la gesta de indómitos profetas, que entendieron que si los opresores ganan aquí y ahora la partida, Dios reserva para los justos –como para su Hijo Jesucristo– la victoria final sobre el mal y la muerte.

Pasión y Muerte de Cristo mediante las que los cristianos, en medio de una posmodernidad henchida de hedonismo y esquiva a cualquier forma de dolor y sufrimiento, confesamos que el sacrificio, el dolor, el sufrimiento y la entrega de la propia vida como donación amorosa y libre, tienen un valor maestro y salvador.

Los hombres y mujeres de este tiempo hemos asistido a una demasía de crisis y revueltas que pretendían subvertir el orden, cambiarlo todo, renovarlo todo, empezar de nuevo. Nos correspondió con ello asistir a cordilleras de crueldad, de destrucción, de infamia, de barbarie, de injusticia, de dolor, de sangre, de lágrimas, de orfandades, junto a excesos de tiranía y atropellos contra los más elementales derechos del ser humano. Dos guerras mundiales, la guerra civil española, la revolución mexicana, el fenómeno del nazismo, la revolución bolchevique, el fascismo, la guerra en Vietnam, los regímenes marxistas, las dictaduras militares, terminaron siendo experimentos aún más desastrosos que aquellos estadios socio-históricos que pretendían superar, por violentos e indignos de la condición humana… Fueron errores que hoy parecen perpetuarse y que pueden ser leídos con el lente fatalista del no creyente o según otra lógica, la del creyente en Cristo que –en Viernes Santo– puede descubrir el valor y el compromiso de construir “un cielo nuevo y una tierra nueva”, en la esperanza de que nuestro destino último y definitivo no está en la mezquindad de nuestras pequeñas historias e histerias, sino cimentado en Aquél que es Alfa y Omega de la Historia.

Los cristianos, si queremos ser auténticos y comprometernos con el Evangelio de Cristo, hemos de traducir en nuestras vida, en nuestros hechos y palabras, en nuestras actitudes y comportamientos, sus enseñanzas como Señor de la Historia y Luz que ilumina la vida de todo hombre. Vida que en la lectura cristiana de la historia y de la condición humana es carrera ascendente que se va “cristificando”, “trinitizando”, divinizando, hasta que “Dios sea todo en todos”, en contra de todo fatalismo, de todo nihilismo existencialista, de todo relato de “no futuro”.

 

El día en que actuó el Señor

Ahora, después de la Pasión y la Muerte de Cristo en la Cruz, todo se aclara: Dios Padre no abandonó a su Hijo y no abandona a ninguno de los que como Él y en Él padecen y mueren injustamente. En la Resurrección de Cristo, Dios se pone de parte y al lado de los que –como Jesús– luchan por un mundo mejor y se encuentran con la cruz de todas las horas. Por ello, la Resurrección de Cristo, fundamento de nuestra fe cristiana, es un grito de protesta contra la injusticia del mundo y contra la visión puramente terrenal de la vida.

Con la Resurrección de Cristo quedan desenmascarados los que atentaron y atentan contra la instauración del Reinado de Dios en este mundo, y son vencidos para siempre los que ponen la ley por encima y en contra del mismo hombre.

La Resurrección, que tan alegres celebramos y proclamamos por estos días los católicos, aclara de una vez por todas el sentido que tiene la entrega de la propia vida por las causas mayores y más nobles en la tierra, como la consecución de la justicia y de un nuevo orden en el que sean posibles la paz, el pan, el espacio, la equidad, el respeto y la vida digna para todos.

¿Qué sentido tienen la vida y la muerte de tantos seres humanos anónimos, que lo dieron y lo dan todo por un mundo mejor en la reivindicación de los derechos fundamentales del hombre? O, ¿por qué morir si experimentamos anhelos de una vida que sea para siempre? La Resurrección de Cristo responde e ilumina éstas y otras de las más importantes interrogantes en la experiencia de vivir y de ser hombres.

Ahora, por la Resurrección, sabemos que la vida pasa por la muerte, pero que no es vencida por ella; que “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto”; que por la cima y la gloria bien valen la pena todos los sacrificios y renuncias; que el hombre no nace para morir, sino que muere para resucitar; que el ansia de felicidad no queda frustrada para siempre… Por todo lo cual, la Resurrección de Cristo se constituye en el acontecimiento y confesión de fe más significativo en la historia del hombre, pues por ella,es posible esperar, incluso “contra toda esperanza”, la plenitud y la vida eterna del ser humano, de toda la humanidad y de la creación entera.

En Pascua, hay atisbos de vida nueva; un rayo de luz se aproxima a todas las tinieblas del mundo para aclararlo todo, para renovarlo todo, para confirmarnos y reanimarnos en la tarea de la construcción de un mundo donde ahora es posible la alegre esperanza, porque, con la Resurrección, quedó reivindicado para siempre y confirmado en Dios el proyecto de Vida de Jesús, la utopía cristiana: un mundo en el que nos amemos como hermanos en el reconocimiento de que todos somos hijos muy amados del Padre de la gloria.

En Pascua, la Resurrección de Cristo es un hecho que se memora y conmemora, un acontecimiento que se recuerda pero se actualiza en nuestro hoy, aquí y ahora, especialmente, frente y en contra de todo lo que todavía hoy –entre nosotros– amenaza y atenta contra la vida, la justicia y la fraternidad.

¡Pascua de Resurrección! La fiesta primordial de los creyentes en Cristo, la madre de todas las solemnidades, por la que confesamos que en Cristo, por Él y con Él, el destino último y definitivo del hombre y de su historia está en Dios y no en la muerte. La Resurrección de Cristo y la espera de nuestra resurrección en Él alienta nuestro diario caminar, ilumina nuestro pasado, jalona nuestro presente y llena de esperanza nuestro futuro.

Y los que somos la Iglesia de Cristo, la comunidad de los creyentes en Él, hemos de comunicarlo al mundo. La Eucaristía –en este año de la Eucaristía– es el espacio-tiempo litúrgico privilegiado de los cristianos para confesar y vivir la Resurrección como experiencia de total comunión con Dios, en comunión –primero– con todos los hombres y mujeres de la tierra.

Pero todo esto nos exige vivir la pascua, es decir, el paso de una vida mediocre, egoísta y vieja a la vida nueva y abundante de “los hijos”, que Dios nos ofrece en la Resurrección de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

¡Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”!