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El futuro de la Iglesia

 

Hno. Richard DeMaria

Son muchas las voces que afirman que –dada la división que existe dentro de la Iglesia, dado el secularismo generalizado que domina el pensamiento de hoy, dada la falta de vocaciones y dados los escándalos sexuales de las dos pasadas décadas– la Iglesia está condenada a morir en los próximos veinte años.

Aunque no puedo pronosticar cómo resolverá la Iglesia cada una de estas amenazas, tengo confianza en que –a pesar de todas ellas– la Iglesia seguirá existiendo. Esta confianza se basa en mi lectura de la historia.

Todos sabemos que la Iglesia tiene 2,000 años. Pero tal vez no comprendemos qué gran milagro es éste. No existe nada comparable en la historia del género humano. En efecto, existen religiones aún más antiguas, pero no son instituciones. Ninguna institución, en ningún lugar del mundo, se ha aproximado a la marca de los 2,000 años. En Estados Unidos, consideramos antigua a cualquier institución que haya durado más de 75 años. El propio país cuenta un poco más de 200 años. En la sociedad occidental, la tercera más antigua institución es la Iglesia Luterana, que tiene alrededor de 400 años. La siguiente institución más antigua es la Universidad de Bolonia, que tiene 600 años de existencia.* De aquí, hay que saltar a la Iglesia Católica Romana, que tiene 2,000 años.

¿Cómo ha durado tanto esta institución? Hasta un examen superficial de la historia demuestra algo: no ha sido porque la Iglesia de Roma haya sido dirigida siempre por personas santas e inteligentes. La historia del liderazgo de la Iglesia –especialmente la del papado– es, tristemente, una historia de avaricia, mal uso del poder y nepotismo. Mientras más se estudia la historia de la Iglesia, la única explicación para sus 2,000 años de existencia es la presencia del Espíritu Santo, prometido por Jesús. Parece que, de algún modo, Dios ha preservado a esta Iglesia a pesar de la debilidad de sus líderes.

Y, ¿cómo realiza esto el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo ha impulsado a la Iglesia a reformarse constantemente a sí misma cada vez que ha perdido el camino. La historia de la Iglesia Católica Romana es la historia de una institución que se ha reformado a sí misma, repetidamente, a lo largo de la historia. La experiencia le ha enseñado a la Iglesia que las época de crisis conducen, en ocasiones, a una nueva vida. De la muerte surge la vida.

Aunque no puedo pronosticar cómo, mi conocimiento de la historia y mi creencia en el Espíritu Santo, me convencen de que la Iglesia sabrá reformarse y sobrevivir, incluso, a la presente corrupción. De hecho, esta no es la primera vez que la Iglesia se ha enfrentado a lo que parecía ser su muerte. Por ejemplo, cuando los antiguos Estados Vaticanos pasaron al poder de Italia, lo cual redujo el Vaticano, de un gran territorio, a un diminuto enclave, algunos pensaron que con esto había llegado el fin de la Iglesia. Y en efecto, fue el final de la Iglesia como uno de los grandes poderes temporales, pero esto también obligó a la Iglesia a renacer como un nuevo tipo de Iglesia –sin territorios– y a comprender que no necesitaba ese tipo de poder para llevar a cabo su misión. La mayoría estará de acuerdo en que, desde entonces, el Papado ha sido más influyente que cuando controlaba grandes extensiones de tierra.

Otro caso en que la predicción del final de la Iglesia resultó fallida: muchas personas coincidieron con el argumento de Karl Marx según el cual la religión era un opio para las personas que, desesperadas por la miseria de su existencia material, vivían con la esperanza de una vida mejor después de la muerte. Marx predijo que, una vez que los pobres fueran liberados de su pobreza, no tendrían necesidad de creencias religiosas y la Iglesia desaparecería. De hecho, sus predicciones resultaron equivocadas: en la actualidad, no hay grandes diferencias entre el nivel de religiosidad de las personas pobres y el de las personas acomodadas.

Hoy hay muchos factores en juego que podrían hacer pensar en el fin de la Iglesia: está la división que existe entre los ultra conservadores y los ultra progresistas dentro de la Iglesia, lo cual crea una falta de unidad que no presagia un buen futuro. También está el rampante secularismo del mundo, que no reconoce importancia alguna a los valores o las realidades espirituales. Por último, está el reciente escándalo de los abusos sexuales. Tal como señala Peter Steinfels en su brillante libro A People Adrift (“Un pueblo a la deriva”), o la Iglesia se encuentra al borde de una decadencia irreversible o al de una amplia transformación. Yo espero lo segundo.

Aunque no puedo anunciar la manera exacta en que la Iglesia se enfrentará a estos desafíos o cuál será su conformación en el futuro, tengo confianza en que la Iglesia del futuro se caracterizará por lo siguiente: un creciente número de los miembros de la Iglesia del futuro habrá descubierto la experiencia del Espíritu Santo dentro de ellos mismos. La Iglesia del futuro reasumirá la creencia en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía. Finalmente, la Iglesia del futuro atesorará la inquebrantable tradición de las enseñanzas ortodoxas, que ha llegado hasta nosotros a lo largo de 2,000 años.

a manera de conclusión permítaseme decir que la Iglesia ha experimentado grandes cambios en los últimos 40 años, en un esfuerzo por recuperar parte de su propia tradición y por mantener, al mismo tiempo, el equilibrio esencial de sus concepciones clave. Sin querer restar importancia a los serios problemas que confrontará la Iglesia en las próximas décadas, mi interpretación de la historia me lleva a la certeza de que la Iglesia sobrevivirá gracias a la presencia del Espíritu Santo.

 

* La Universidad de Salamanca (España) tiene 787 años de existencia. Fue fundada en 1218 por el rey Alfonso IX de León. (N. de la R.)