El futuro de la Iglesia
Son muchas las voces que afirman que –dada la división que
existe dentro de la Iglesia, dado el secularismo generalizado
que domina el pensamiento de hoy, dada la falta de vocaciones y
dados los escándalos sexuales de las dos pasadas décadas– la
Iglesia está condenada a morir en los próximos veinte años.
Aunque no puedo pronosticar cómo resolverá la Iglesia cada una
de estas amenazas, tengo confianza en que –a pesar de todas
ellas– la Iglesia seguirá existiendo. Esta confianza se basa en
mi lectura de la historia.
Todos sabemos que la Iglesia tiene 2,000 años. Pero tal vez no
comprendemos qué gran milagro es éste. No existe nada comparable
en la historia del género humano. En efecto, existen religiones
aún más antiguas, pero no son instituciones. Ninguna institución,
en ningún lugar del mundo, se ha aproximado a la marca de los
2,000 años. En Estados Unidos, consideramos antigua a cualquier
institución que haya durado más de 75 años. El propio país
cuenta un poco más de 200 años. En la sociedad occidental, la
tercera más antigua institución es la Iglesia Luterana, que
tiene alrededor de 400 años. La siguiente institución más
antigua es la Universidad de Bolonia, que tiene 600 años de
existencia.* De aquí, hay que saltar a la Iglesia Católica
Romana, que tiene 2,000 años.
¿Cómo ha durado tanto esta institución? Hasta un examen
superficial de la historia demuestra algo: no ha sido porque la
Iglesia de Roma haya sido dirigida siempre por personas santas e
inteligentes. La historia del liderazgo de la Iglesia –especialmente
la del papado– es, tristemente, una historia de avaricia, mal
uso del poder y nepotismo. Mientras más se estudia la historia
de la Iglesia, la única explicación para sus 2,000 años de
existencia es la presencia del Espíritu Santo, prometido por
Jesús. Parece que, de algún modo, Dios ha preservado a esta
Iglesia a pesar de la debilidad de sus líderes.
Y, ¿cómo realiza esto el Espíritu Santo?
El Espíritu Santo ha impulsado a la Iglesia a reformarse
constantemente a sí misma cada vez que ha perdido el camino. La
historia de la Iglesia Católica Romana es la historia de una
institución que se ha reformado a sí misma, repetidamente, a lo
largo de la historia. La experiencia le ha enseñado a la Iglesia
que las época de crisis conducen, en ocasiones, a una nueva
vida. De la muerte surge la vida.
Aunque no puedo pronosticar cómo, mi conocimiento de la historia
y mi creencia en el Espíritu Santo, me convencen de que la
Iglesia sabrá reformarse y sobrevivir, incluso, a la presente
corrupción. De hecho, esta no es la primera vez que la Iglesia
se ha enfrentado a lo que parecía ser su muerte. Por ejemplo,
cuando los antiguos Estados Vaticanos pasaron al poder de
Italia, lo cual redujo el Vaticano, de un gran territorio, a un
diminuto enclave, algunos pensaron que con esto había llegado el
fin de la Iglesia. Y en efecto, fue el final de la Iglesia como
uno de los grandes poderes temporales, pero esto también obligó
a la Iglesia a renacer como un nuevo tipo de Iglesia –sin
territorios– y a comprender que no necesitaba ese tipo de poder
para llevar a cabo su misión. La mayoría estará de acuerdo en
que, desde entonces, el Papado ha sido más influyente que cuando
controlaba grandes extensiones de tierra.
Otro caso en que la predicción del final de la Iglesia resultó
fallida: muchas personas coincidieron con el argumento de Karl
Marx según el cual la religión era un opio para las personas que,
desesperadas por la miseria de su existencia material, vivían
con la esperanza de una vida mejor después de la muerte. Marx
predijo que, una vez que los pobres fueran liberados de su
pobreza, no tendrían necesidad de creencias religiosas y la
Iglesia desaparecería. De hecho, sus predicciones resultaron
equivocadas: en la actualidad, no hay grandes diferencias entre
el nivel de religiosidad de las personas pobres y el de las
personas acomodadas.
Hoy hay muchos factores en juego que podrían hacer pensar en el
fin de la Iglesia: está la división que existe entre los ultra
conservadores y los ultra progresistas dentro de la Iglesia, lo
cual crea una falta de unidad que no presagia un buen futuro.
También está el rampante secularismo del mundo, que no reconoce
importancia alguna a los valores o las realidades espirituales.
Por último, está el reciente escándalo de los abusos sexuales.
Tal como señala Peter Steinfels en su brillante libro A
People Adrift (“Un pueblo a la deriva”), o la Iglesia se
encuentra al borde de una decadencia irreversible o al de una
amplia transformación. Yo espero lo segundo.
Aunque no puedo anunciar la manera exacta en que la Iglesia se
enfrentará a estos desafíos o cuál será su conformación en el
futuro, tengo confianza en que la Iglesia del futuro se
caracterizará por lo siguiente: un creciente número de los
miembros de la Iglesia del futuro habrá descubierto la
experiencia del Espíritu Santo dentro de ellos mismos. La
Iglesia del futuro reasumirá la creencia en los sacramentos,
especialmente en la Eucaristía. Finalmente, la Iglesia del
futuro atesorará la inquebrantable tradición de las enseñanzas
ortodoxas, que ha llegado hasta nosotros a lo largo de 2,000
años.
a manera de conclusión permítaseme decir que la Iglesia ha
experimentado grandes cambios en los últimos 40 años, en un
esfuerzo por recuperar parte de su propia tradición y por
mantener, al mismo tiempo, el equilibrio esencial de sus
concepciones clave. Sin querer restar importancia a los serios
problemas que confrontará la Iglesia en las próximas décadas, mi
interpretación de la historia me lleva a la certeza de que la
Iglesia sobrevivirá gracias a la presencia del Espíritu Santo.
* La Universidad de Salamanca (España) tiene 787 años de
existencia. Fue fundada en 1218 por el rey Alfonso IX de León.
(N. de la R.)
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