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Pasión y Resurrección de Jesucristo
 

No existe otro relato auténtico de la Pasión y la Resurrección de Jesucristo que el que ofrecen los cuatro Evangelios. San Marcos, San Mateo, San Lucas y San Juan narran la misma historia, cada uno desde su propia alma, pero los cuatro desde la misma fe, una fe que ha sido y es el fundamento del cristianismo a lo largo de dos milenios. En las páginas que siguen, ofrecemos a nuestros lectores una lectura donde las voces de los cuatro Evangelistas se entremezclan y se suceden unas a otras, ofreciéndonos el testimonio vivo de que Jesús ha resucitado para decirnos: “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

–La Redacción

 

Prendimiento de Jesús en Getsemaní

Cristo después de la flagelación contemplado por el alma cristiana, por Diego Rodrigues da Silva y Velázquez.

…Pasó Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto llamado Getsemaní, y dice a los discípulos: “Sentaos aquí, mientras voy allá a orar”. Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia.

Entonces les dice: “Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo”. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú”.

Viene entonces donde los discípulos y los encuentra dormidos; y dice a Pedro: “¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil”.

Y alejándose de nuevo, por segunda vez oró así: “Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad”.

Volvió otra vez y los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados. Los dejó y se fue a orar por tercera vez, repitiendo las mismas palabras.

Viene entonces donde los discípulos y les dice: “Ahora ya podéis dormir y descansar. Mirad, ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de pecadores. ¡Levantaos!, ¡vámonos! Mirad que el que me va a entregar está cerca”.

Ecce homo, por Michelangelo Merisi da Caravaggio.

Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Y al instante se acercó a Jesús y le dijo: “¡Salve, Rabbí!”, y le dio un beso.

Jesús le dijo: “¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!”

Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: “¿A quién buscáis?” Le contestaron: “A Jesús el Nazareno”. Díceles: “Yo soy”. Cuando les dijo: “Yo soy”, retrocedieron y cayeron en tierra.

Les preguntó de nuevo: “¿A quién buscáis?” Le contestaron: “A Jesús el Nazareno”. Respondió Jesús: “Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos”.

Así se cumpliría lo que había dicho: “De los que me has dado, no he perdido a ninguno”.

Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: “Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?”

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús y le ataron.

Un joven le seguía cubierto sólo de un lienzo; y le detienen. Pero él, dejando el lienzo, se escapó desnudo.

 

Jesús ante Anás

Lamentación, por
Andrea Solario.

Y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año.

Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo.

Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro.

La muchacha portera dice a Pedro: “¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?”

Dice él: “No lo soy”.

El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: “He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho”.

Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: “¿Así contestas al Sumo Sacerdote?” Jesús le respondió: “Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?”

Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás.

 

Jesús ante Caifás

La Piedad, por Miguel Ángel.

Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y se reúnen todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas.

También Pedro le siguió de lejos, hasta dentro del palacio del Sumo Sacerdote, y estaba sentado con los criados, calentándose al fuego.

Los sumos sacerdotes y el Sanedrín entero andaban buscando contra Jesús un testimonio para darle muerte; pero no lo encontraban. Pues muchos daban falso testimonio contra él, pero los testimonios no coincidían.

Algunos, levantándose, dieron contra él este falso testimonio: “Nosotros le oímos decir: Yo destruiré este Santuario hecho por hombres y en tres días edificaré otro no hecho por hombres”.

Y tampoco en este caso coincidía su testimonio.

Entonces, se levantó el Sumo Sacerdote y poniéndose en medio, preguntó a Jesús: “¿No respondes nada? ¿Qué es lo que éstos atestiguan contra ti?”

Pero él seguía callado y no respondía nada. El Sumo Sacerdote le preguntó de nuevo: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”

Y dijo Jesús: “Sí, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo”.

El Sumo Sacerdote se rasga las túnicas y dice: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?” Todos juzgaron que era reo de muerte.

 

Pedro niega a Jesús

Cristo en el Huerto de Getsemaní, por Heinrich Hofman. Riverside Church, Nueva York.

Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban.

Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: “¿No eres tú también de sus discípulos?” El lo negó diciendo: “No lo soy”.

Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: “¿No te vi yo en el huerto con él?”

Pedró volvió a negar, y al instante cantó un gallo. Y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: “Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces”. Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente.

Los hombres que le tenían preso se burlaban de él y le golpeaban; y cubriéndole con un velo le preguntaban: “¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado?”

Y le insultaban diciéndole otras muchas cosas.

 

Jesús es llevado ante Pilato

Prendimiento de Cristo,  por Dierick Bouts el Viejo. Pinacoteca de Munich.

De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua.

Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: “¿Qué acusación traéis contra este hombre?”

Comenzaron a acusarle diciendo: “Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo Rey”.

Pilato replicó: “Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley”. Los judíos replicaron: “Nosotros no podemos dar muerte a nadie”.

Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir.

Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: “¿Eres tú el Rey de los judíos?”

Respondió Jesús: “¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?”

Pilato respondió: “¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?”

Respondió Jesús: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí”.

Entonces Pilato le dijo: “¿Luego tú eres Rey?” Respondió Jesús: “Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.

Le dice Pilato: “¿Qué es la verdad?” Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: “Yo no encuentro ningún delito en él. Pero ellos insistían diciendo: “Solivianta al pueblo, enseñando por toda Judea, desde Galilea, donde comenzó, hasta aquí”.

Al oír esto, Pilato preguntó si aquel hombre era galileo. Y, al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que por aquellos días estaba también en Jerusalén.

 

Jesús ante Herodes

Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba presenciar alguna señal que él hiciera.

Le preguntó con mucha palabrería, pero él no respondió nada.

Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándole con insistencia. Pero Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido y le remitió a Pilato.

Aquel día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados.

 

Jesús es devuelto a Pilato

La Ascensión, por Henrik Krock. Iglesia de Helligaandshuset, Copenhague.

Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo y les dijo: “Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo, pero yo le he interrogado delante de vosotros y no he hallado en este hombre ninguno de los delitos de que le acusáis. Ni tampoco Herodes, porque nos lo ha remitido. Nada ha hecho, pues, que merezca la muerte. Así que le castigaré y le soltaré”.

Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Entonces los soldados del procurador llevaron consigo a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte. Le desnudaron y le echaron encima un manto de púrpura; y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: “¡Salve, Rey de los judíos!”; y después de escupirle, cogieron la caña y le golpeaban en la cabeza.

Volvió a salir Pilato y les dijo: “Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en él”.

Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: “Aquí tenéis al hombre”. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: ¡Crucifícalo, crucifícalo!” Les dice Pilato: “Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en él”.

Los judíos le replicaron: “Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios”.

Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: “¿De dónde eres tú?” Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?”

Respondió Jesús: “No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado”.

Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: “Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César”. Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá.

Mientras él estaba sentado en el tribunal, le mandó a decir su mujer: “No te metas con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa”.

La Crucificción, por Paolo Veronese.

Cada Fiesta, el procurador solía conceder al pueblo la libertad de un preso, el que quisieran. Tenían a la sazón un preso famoso, llamado Barrabás. Y cuando ellos estaban reunidos, les dijo Pilato: “¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?”.

Pero los sumos sacerdotes y los ancianos lograron persuadir a la gente que pidiese la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Y cuando el procurador les dijo: “¿A cuál de los dos queréis que os suelte?”, respondieron: “¡A Barrabás!”

Éste había sido encarcelado por un motín que hubo en la ciudad y por asesinato. Pilato les habló de nuevo, intentando librar a Jesús. Díceles Pilato: “Y ¿qué voy a hacer con Jesús, el llamado Cristo?” Y todos a una: “¡Sea crucificado!”

“Pero ¿qué mal ha hecho?”, preguntó Pilato. Mas ellos seguían gritando con más fuerza: “¡Sea crucificado!”

Entonces Pilato, viendo que nada adelantaba, sino que más bien se promovía tumulto, tomó agua y se lavó las manos delante de la gente, diciendo: “Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis”.

Y todo el pueblo respondió: “¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”

Entonces, les soltó a Barrabás; y a Jesús se lo entregó, para que fuera crucificado.

 

Desesperación y muerte de Judas

Entonces Judas, el que le entregó, viendo que había sido condenado, fue acosado por el remordimiento, y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: “Pequé entregando sangre inocente”. Ellos dijeron: “A nosotros, ¿qué? Tú verás”.

El tiró las monedas en el Santuario; después se retiró y fue y se ahorcó.

Los sumos sacerdotes recogieron las monedas y dijeron: “No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque son precio de sangre”.

Y después de deliberar, compraron con ellas el Campo del Alfarero como lugar de sepultura para los forasteros. Por esta razón ese campo se llamó “Campo de Sangre”, hasta hoy.

Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: “Y tomaron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue apreciado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el Campo del Alfarero, según lo que me ordenó el Señor”.

 

Jesús va hacia el Gólgota

Tomaron, pues, a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota.

Y obligaron a uno que pasaba, a Simón de Cirene, que volvía del campo, el padre de Alejandro y de Rufo, a que le ayudara a llevar su cruz.

Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él.

Jesús, volviéndose a ellas, dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron! Entonces se pondrán a decir a los montes: ¡Caed sobre nosotros! Y a las colinas: ¡Cubridnos! Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?”

 

Jesús es crucificado

Llevaban además otros dos malhechores para ejecutarlos con él.

Le conducen al lugar del Gólgota, que quiere decir: Calvario.

Le daban vino con mirra, pero él no lo tomó.

Era la hora tercia cuando le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.

Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: “Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos”. Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego.

Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: “No escribas: El Rey de los judíos, sino: “Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos”.

Pilato respondió: “Lo que he escrito, escrito está”.

Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: “No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca”. Para que se cumpliera la Escritura: “Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica”. Y esto es lo que hicieron los soldados.

Los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo:

“Tú que destruyes el Santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!”

Igualmente los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de él diciendo: “A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: Soy Hijo de Dios.”

Jesús decía: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

Uno de los malhechores colgados le insultaba: “¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!”

Pero el otro le respondió diciendo: “¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”.

Jesús le dijo: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.

Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

 

Muerte de Jesús

Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona.

A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?, – que quiere decir: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?”

Al oír esto algunos de los presentes decían: “Mira, llama a Elías”.

Entonces uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber, diciendo: “Dejad, vamos a ver si viene Elías a descolgarle”.

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: “Tengo sed”.

Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: “Todo está cumplido”.

Y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: “¡Padre, en tus manos pongo mi espíritu ¡” y, dicho esto, expiró.

Y el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo.

Al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.

Y todas las gentes que habían acudido a aquel espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvieron golpeándose el pecho.

 

Descendimiento y entierro de Jesús

Había allí muchas mujeres mirando desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle. Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado –porque aquel sábado era muy solemne– rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran.

Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él.

Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua.

El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No se le quebrará hueso alguno. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo.

Fue también Nicodemo –aquel que anteriormente había ido a verle de noche– con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar.

En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.

Y regresando, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron según el precepto.

 

Ponen guardia al sepulcro de Jesús

Al otro día, el siguiente a la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato y le dijeron: “Señor, recordamos que ese impostor dijo cuando aún vivía: ‘A los tres días resucitaré’. Manda, pues, que quede asegurado el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: ‘Resucitó de entre los muertos’, y la última impostura sea peor que la primera”.

Pilato les dijo: “Tenéis una guardia. Id, aseguradlo como sabéis”.

Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia.

 

Resurrección de Jesús

De pronto se produjo un gran terremoto, pues el Ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve.

Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos.

Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al sepulcro.

Se decían unas otras: “¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?”

Y levantando los ojos ven que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande.

El Angel se dirigió a las mujeres y les dijo: “Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. Ya os lo he dicho”.

Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos.

En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “¡Dios os guarde!” Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron.

Entonces les dice Jesús: “No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.

Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado.

Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: “Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos’. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones”.

Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.

Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron.

Jesús se acercó a ellos y les habló así: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Fuentes: Evangelio según San Mateo, capítulos 26 a 28; Evangelio según San Marcos, capítulos 14 a 16; Evangelio según San Lucas, capítulos 22 a 24, y Evangelio según San Juan, capítulos 18 a 20.


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