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La única testigo de la Resurrección
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P. Eduardo M. Barrios, S.J. |
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Este año la solemnidad principal, la Resurrección del Señor, cae
el 27 de marzo. Tan importante es ese misterio glorioso, que San
Pablo pudo escribir: “Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe
carece de sentido, y siguen hundidos en sus pecados” (1Cor.
15,17).
Como el edificio cristiano descansa sobre los cimientos de la
Pascua, interesa remontarse al instante mismo en que Jesucristo
abandonó el sepulcro. Pero ningún discípulo presenció tan
trascendental momento de la historia del Señor. Ahora bien, sí
hubo una testigo.
¿Nos
referimos a María Magdalena? Pues no. A ella se le apareció
Jesús resucitado en primer lugar (Cfr. Jn. 20,10-18), pero ella
no lo vio salir de la tumba.
Si
no hubo testigo humano, ni hombre ni mujer, ¿a quién nos
referimos al decir que sí hubo una testigo? Nos referimos a
quien el Pregón Pascual, también conocido como Exultet,
llama en latín, beata nox, es decir, “la noche feliz”:
“¡Qué noche tan feliz! Sólo ella conoció el momento en que
Cristo resucitó de entre los muertos.” Se trata de un modo
poético de indicar que no pudo haber testigo humano, porque la
Resurrección, a pesar de ser un suceso histórico, es sobre todo
un evento trascendente, es decir, fronterizo entre el tiempo y
la eternidad.
1)
Suceso histórico
La
Resurrección ocurrió en un punto preciso del tiempo y del
espacio, es decir, hace unos 21 siglos en las afueras de
Jerusalén. El evento pertenece a la historia humana, pues afectó
a un ser humano concreto, Jesús de Nazaret.
El
primer signo histórico del extraordinario acontecimiento fue el
sepulcro vacío (Cfr. Jn. 20,2). Ese signo le bastó a Juan para
creer algo tan insólito: “Vio (el sepulcro vacío) y creyó” (Jn.
20, 8c).
Pero como la desaparición del cadáver suscitaría una
interpretación maliciosa, su robo (cfr. Mt. 28, 13), se
necesitaban signos más contundentes aún. Ésa es la función de
las apariciones del Resucitado.
Los evangelios narran varias, subrayando que los apóstoles no
esperaban nada por el estilo. Habían visto a Jesús bien
desangrado y muerto, y se disponían a rehacer sus vidas por
otros caminos, dejando al Maestro sepultado en el pasado.
Si
los apóstoles se convirtieron en heraldos de la Resurrección de
Jesús y en continuadores de su obra salvadora como columnas de
la Iglesia, eso se debió a que Cristo vivo se les impuso con una
presencia que disipaba toda duda.
Todas las apariciones sucedieron por iniciativa de Jesús, no
como expectativa de hombres propensos a lo maravilloso. Los
apóstoles más bien se resistían a creer lo que veían sus ojos.
Por eso Jesús tuvo que apelar incluso al sentido del tacto:
“Tóquenme y convénzanse de que un fantasma no tiene carne ni
huesos como ven que yo tengo” (Lc. 24, 39). Y por si fuera poco,
el Señor hizo algo innecesario a su condición gloriosa: pedir de
comer: “Ellos le dieron un trozo de pescado asado. Él lo tomó y
comió delante de ellos” (Lc. 24, 42-43).
2)
Evento trascendente
“¡Qué noche tan feliz, en que se une el cielo con la tierra, lo
humano y lo divino!”, sigue entonando el Exultet. Como la
Resurrección no sólo tiene que ver con la tierra y lo humano,
sino también con el cielo y lo divino, por eso debe llamarse
“evento trascendente”.
La
resurrección escatológica de Jesús, en cuanto nueva creación y
paso a la gloria celestial, escapa al alcance de los limitados
sentidos humanos.
Al
resucitar, el cuerpo de Jesús conserva continuidad con su
humanidad terrena, pero también hay discontinuidad, pues la
gloria lo libera de los condicionamientos espaciotemporales. Por
la Resurrección, Jesús se convierte en “hombre celeste” (1Cor
15, 49), y por tanto invisible a ojos terrestres.
Si
algunos hombres terrenales pudieron ver al hombre celestial fue
debido a una especial elección de Dios, que le concedió a Jesús
“manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos elegidos
de antemano por Dios, a nosotros que comimos y bebimos con Él
después que resucitó de entre los muertos” (Hech. 10, 41-42).
Jesús es el primer ser humano en pasar íntegramente al mundo
exclusivo de Dios. Por eso San Pablo lo llama “primicia” (1Cor.
15, 23a). Es el primero, pero no el último. Los discípulos
peregrinamos en la tierra con la esperanza de participar también
en la gloria de nuestro Señor. Nos ilumina un lucero. “Ese
lucero que no conoce ocaso es Cristo resucitado, que al salir
del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano, y vive y
reina glorioso por los siglos de los siglos. Amén” (Final del
Exultet).
Sacerdote jesuita
ebarriossj@aol.com
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