PRESENCIA DEL PAPA
 VOZ DEL ARZOBISPO
 ARQUIDIÓCESIS
 CALENDARIO
 MUNDO Y NACIÓN
 AMÉRICA LATINA
 EN LA FLORIDA
 CUBA Y LA DIÁSPORA
 INMIGRACIÓN
 ESPIRITUALIDAD
 ENSEÑAZAS DE
 LA IGLESIA
 REFLEXIONES
 BÍBLICAS
 LETRAS / CINE / ARTE
 EN COMUNIÓN
 QUIENES SOMOS
 ENLACES
 ARCHIVO
 BÚSQUEDA
 PORTADA

 

La única testigo de la Resurrección

P. Eduardo M. Barrios, S.J.

Este año la solemnidad principal, la Resurrección del Señor, cae el 27 de marzo. Tan importante es ese misterio glorioso, que San Pablo pudo escribir: “Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe carece de sentido, y siguen hundidos en sus pecados” (1Cor. 15,17).

Como el edificio cristiano descansa sobre los cimientos de la Pascua, interesa remontarse al instante mismo en que Jesucristo abandonó el sepulcro. Pero ningún discípulo presenció tan trascendental momento de la historia del Señor. Ahora bien, sí hubo una testigo.

¿Nos referimos a María Magdalena? Pues no. A ella se le apareció Jesús resucitado en primer lugar (Cfr. Jn. 20,10-18), pero ella no lo vio salir de la tumba.

Si no hubo testigo humano, ni hombre ni mujer, ¿a quién nos referimos al decir que sí hubo una testigo? Nos referimos a quien el Pregón Pascual, también conocido como Exultet, llama en latín, beata nox, es decir, “la noche feliz”: “¡Qué noche tan feliz! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos.” Se trata de un modo poético de indicar que no pudo haber testigo humano, porque la Resurrección, a pesar de ser un suceso histórico, es sobre todo un evento trascendente, es decir, fronterizo entre el tiempo y la eternidad.

 

1) Suceso histórico

La Resurrección ocurrió en un punto preciso del tiempo y del espacio, es decir, hace unos 21 siglos en las afueras de Jerusalén. El evento pertenece a la historia humana, pues afectó a un ser humano concreto, Jesús de Nazaret.

El primer signo histórico del extraordinario acontecimiento fue el sepulcro vacío (Cfr. Jn. 20,2). Ese signo le bastó a Juan para creer algo tan insólito: “Vio (el sepulcro vacío) y creyó” (Jn. 20, 8c).

Pero como la desaparición del cadáver suscitaría una interpretación maliciosa, su robo (cfr. Mt. 28, 13), se necesitaban signos más contundentes aún. Ésa es la función de las apariciones del Resucitado.

Los evangelios narran varias, subrayando que los apóstoles no esperaban nada por el estilo. Habían visto a Jesús bien desangrado y muerto, y se disponían a rehacer sus vidas por otros caminos, dejando al Maestro sepultado en el pasado.

Si los apóstoles se convirtieron en heraldos de la Resurrección de Jesús y en continuadores de su obra salvadora como columnas de la Iglesia, eso se debió a que Cristo vivo se les impuso con una presencia que disipaba toda duda.

Todas las apariciones sucedieron por iniciativa de Jesús, no como expectativa de hombres propensos a lo maravilloso. Los apóstoles más bien se resistían a creer lo que veían sus ojos. Por eso Jesús tuvo que apelar incluso al sentido del tacto: “Tóquenme y convénzanse de que un fantasma no tiene carne ni huesos como ven que yo tengo” (Lc. 24, 39). Y por si fuera poco, el Señor hizo algo innecesario a su condición gloriosa: pedir de comer: “Ellos le dieron un trozo de pescado asado. Él lo tomó y comió delante de ellos” (Lc. 24, 42-43).

 

2) Evento trascendente

“¡Qué noche tan feliz, en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino!”, sigue entonando el Exultet. Como la Resurrección no sólo tiene que ver con la tierra y lo humano, sino también con el cielo y lo divino, por eso debe llamarse “evento trascendente”.

La resurrección escatológica de Jesús, en cuanto nueva creación y paso a la gloria celestial, escapa al alcance de los limitados sentidos humanos.

Al resucitar, el cuerpo de Jesús conserva continuidad con su humanidad terrena, pero también hay discontinuidad, pues la gloria lo libera de los condicionamientos espaciotemporales. Por la Resurrección, Jesús se convierte en “hombre celeste” (1Cor 15, 49), y por tanto invisible a ojos terrestres.

Si algunos hombres terrenales pudieron ver al hombre celestial fue debido a una especial elección de Dios, que le concedió a Jesús “manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos elegidos de antemano por Dios, a nosotros que comimos y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos” (Hech. 10, 41-42).

Jesús es el primer ser humano en pasar íntegramente al mundo exclusivo de Dios. Por eso San Pablo lo llama “primicia” (1Cor. 15, 23a). Es el primero, pero no el último. Los discípulos peregrinamos en la tierra con la esperanza de participar también en la gloria de nuestro Señor. Nos ilumina un lucero. “Ese lucero que no conoce ocaso es Cristo resucitado, que al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos. Amén” (Final del Exultet).

Sacerdote jesuita
ebarriossj@aol.com