¡Santo Subito!
¡Santo,
ya! El clamor popular trajo un especial tinte de luz a los
solemnes ritos exequiales del gran Papa. El grito, escrito en
grandes banderolas blancas, encendió con su entusiasmo el frío
aire de la plaza, encerrada por la columnata de Bernini, para
rebotar como un eco a todo lo largo de la Vía de la
Conciliazione. Era como si el buen sentido de fe del pueblo
creyente hubiera atravesado el tiempo para celebrar una
misteriosa continuidad con las comunidades que, muchos siglos
atrás, se congregaban para reconocer a viva voz el testimonio de
sus mártires y de sus santos.
Para
los primeros trescientos años de la Iglesia, reconocer la
santidad de sus hijos asesinados a causa de la fe, era la justa
manera de expresar y celebrar públicamente el triunfo de los
mártires frente a las fuerzas del mal.
Como con la muerte de los cristianos el imperio romano pretendía
borrar todo lo que ellos significaban y proclamaban, la Iglesia,
con el culto a los mártires, afirmaba que estos seguían vivos y
presentes, en intensa comunión de oración con la comunidad
creyente.
De
manera sencilla y espontánea, los cristianos transformaron los
ritos funerarios romanos en una forma incipiente de honor a sus
mártires. Reunidos en torno a la tumba, en el aniversario de su
nacimiento para el cielo, cambiaron el banquete mortuorio por
celebración de la Eucaristía y los elogios fúnebres por la
proclamación de la Palabra y la reflexión homilética. De esta
manera y poco a poco, la celebración litúrgica de la Cena del
Señor, que originalmente sólo se celebraba en domingo, fue
desplazándose al día de la semana en el que coincidía el
aniversario del martirio. Esto significó la aparición de un
verdadero calendario de celebraciones y la elaboración de actas
y de una impresionante lista de mártires. La más antigua
conservada es el Calendario filocaliano, un martirologio
romano del año 354.
El
libro de los Hechos describe el martirio de Esteban, diácono, en
una especie de paralelo con la muerte del Señor Jesús. Su
predicación y sus milagros suscitan los celos de escribas y
dignatarios, que lo apedrean en las afueras de la ciudad, donde
Esteban muere perdonando a sus enemigos. Para la conciencia de
la comunidad primitiva estaba muy claro que el martirio era la
más dramática y plena identificación con Cristo, la conformidad
total del santo con el Evangelio hasta las últimas
consecuencias.
Obispos
del siglo II como San Policarpo de Esmirna, San Ignacio de
Antioquía o San Calixto, Papa, muerto en el siglo III, van a
unir su recuerdo litúrgico al de los apóstoles y alcanzarán un
gran reconocimiento en un tiempo en que los santos eran o
mártires o confesores. La iglesia reconocía como confesor al
que, habiendo padecido los tormentos de la cárcel o las
torturas, había sobrevivido milagrosamente.
Al
terminar las persecuciones, la dura vida ascética de los padres
del desierto ofreció un nuevo modelo de santidad a imitar
heroicamente y sus tumbas, como la de los mártires, comenzaron a
ser objeto de culto y peregrinación. Con exuberante entusiasmo,
el culto a los santos se extendió por toda la cristiandad. Los
pastores, que veían con buenos ojos el entusiasmo de los
creyentes, que de manera popular reconocían y aclamaban la
santidad de vírgenes, obispos, ascetas y ermitaños, no dejaron
de velar con cuidado para purificar disciplinadamente algunos
excesos. Ya en el siglo V, se exige verificar la reputación del
santo, preguntando cuidadosamente a todos con los que convivió.
Se busca analizar cuidadosamente las historias y ejemplos
heroicos de su vida de virtud, y se recogen los milagros que
Dios obra por su intercesión junto a su tumba o sus reliquias.
Para
aceptar la santidad de una persona, lo primero era probar que el
pueblo lo recordaba por su vida y obras; que era venerado por su
ejemplo y, sobre todo, invocado por la comunidad, ya que es que
es sólido elemento de la conciencia de la Iglesia el que los
muertos, por el Bautismo, siguen unidos al cuerpo de la
comunidad y continúan siendo parte activa de ella, por la que
gustosos interceden desde la plenitud de la vida junto al Padre
de los cielos.
Durante
el Concilio de Letrán, en el año 993, el Obispo de Augsburgo
solicitó del Papa Juan XV la canonización de su predecesor, el
Obispo Ulrico. En el marco de la asamblea conciliar presidida
por el Papa, con toda la solemnidad posible, San Ulrico fue
puesto en el canon o lista de los santos reconocidos por la
Iglesia. Así, de manera espontánea y novedosa, con la intención
de dar mayor realce e importancia al rito litúrgico y honrar a
un obispo, se trasladó a la potestad del Papa lo que durante un
milenio se había reconocido como derecho de los obispos
diocesanos.
Hoy en
día, el proceso de canonización es una tarea precisa, larga y
sofisticadamente complicada, confiada a auténticos especialistas
en la materia, que revisan con todo cuidado cada detalle y
palabra de la vida de los que son propuestos para la
canonización.
Al
declarar la santidad de uno de sus miembros, la Iglesia quiere
presentar a la comunidad universal verdaderos modelos de vida
cristiana, que vivieron su fe de manera extraordinaria. Modelos
de una santidad que sólo se puede alcanzar con la apertura al
don de la gracia y la entrega y disponibilidad a la acción del
Espíritu.
La
Iglesia, a través de la Congregación para las Causas de los
Santos, maneja todo ese largo proceso en el que se revisa
cuidadosamente la ortodoxia y la vida del que es propuesto para
la canonización. Comprobado todo hasta el último detalle, es
necesaria, además, la prueba de un milagro para la beatificación,
o de otro para la canonización.
Con la
acreditación de un milagro obtenido por la intercesión del
siervo de Dios, cuya naturaleza sobrenatural es totalmente
evidente e irrecusable, pone Dios su firma final en el proceso,
y puede la Iglesia presentar un nuevo beato o un nuevo santo a
la veneración de los fieles.
Cuando
el pueblo reunido en la Plaza de San Pedro aclamaba a Juan Pablo
II como santo, no hacía más que dar el primer paso que en la
tradición de la Iglesia hace despegar todo proceso de
canonización: el reconocimiento público y extendido de la fama
de santidad y de las virtudes vividas de manera constante y
evidente.
En
definitiva, ser santo es demostrar con la vida que el Evangelio
puede vivirse. Y Juan Pablo II demostró con creces que ser
cristiano no es una utopía.
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