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¡Santo Subito!

 

Rogelio Zelada

¡Santo, ya! El clamor popular trajo un especial tinte de luz a los solemnes ritos exequiales del gran Papa. El grito, escrito en grandes banderolas blancas, encendió con su entusiasmo el frío aire de la plaza, encerrada por la columnata de Bernini, para rebotar como un eco a todo lo largo de la Vía de la Conciliazione. Era como si el buen sentido de fe del pueblo creyente hubiera atravesado el tiempo para celebrar una misteriosa continuidad con las comunidades que, muchos siglos atrás, se congregaban para reconocer a viva voz el testimonio de sus mártires y de sus santos.

Para los primeros trescientos años de la Iglesia, reconocer la santidad de sus hijos asesinados a causa de la fe, era la justa manera de expresar y celebrar públicamente el triunfo de los mártires frente a las fuerzas del mal.

Como con la muerte de los cristianos el imperio romano pretendía borrar todo lo que ellos significaban y proclamaban, la Iglesia, con el culto a los mártires, afirmaba que estos seguían vivos y presentes, en intensa comunión de oración con la comunidad creyente.

De manera sencilla y espontánea, los cristianos transformaron los ritos funerarios romanos en una forma incipiente de honor a sus mártires. Reunidos en torno a la tumba, en el aniversario de su nacimiento para el cielo, cambiaron el banquete mortuorio por celebración de la Eucaristía y los elogios fúnebres por la proclamación de la Palabra y la reflexión homilética. De esta manera y poco a poco, la celebración litúrgica de la Cena del Señor, que originalmente sólo se celebraba en domingo, fue desplazándose al día de la semana en el que coincidía el aniversario del martirio. Esto significó la aparición de un verdadero calendario de celebraciones y la elaboración de actas y de una impresionante lista de mártires. La más antigua conservada es el Calendario filocaliano, un martirologio romano del año 354.

El libro de los Hechos describe el martirio de Esteban, diácono, en una especie de paralelo con la muerte del Señor Jesús. Su predicación y sus milagros suscitan los celos de escribas y dignatarios, que lo apedrean en las afueras de la ciudad, donde Esteban muere perdonando a sus enemigos. Para la conciencia de la comunidad primitiva estaba muy claro que el martirio era la más dramática y plena identificación con Cristo, la conformidad total del santo con el Evangelio hasta las últimas consecuencias.

Obispos del siglo II como San Policarpo de Esmirna, San Ignacio de Antioquía o San Calixto, Papa, muerto en el siglo III, van a unir su recuerdo litúrgico al de los apóstoles y alcanzarán un gran reconocimiento en un tiempo en que los santos eran o mártires o confesores. La iglesia reconocía como confesor al que, habiendo padecido los tormentos de la cárcel o las torturas, había sobrevivido milagrosamente.

Al terminar las persecuciones, la dura vida ascética de los padres del desierto ofreció un nuevo modelo de santidad a imitar heroicamente y sus tumbas, como la de los mártires, comenzaron a ser objeto de culto y peregrinación. Con exuberante entusiasmo, el culto a los santos se extendió por toda la cristiandad. Los pastores, que veían con buenos ojos el entusiasmo de los creyentes, que de manera popular reconocían y aclamaban la santidad de vírgenes, obispos, ascetas y ermitaños, no dejaron de velar con cuidado para purificar disciplinadamente algunos excesos. Ya en el siglo V, se exige verificar la reputación del santo, preguntando cuidadosamente a todos con los que convivió. Se busca analizar cuidadosamente las historias y ejemplos heroicos de su vida de virtud, y se recogen los milagros que Dios obra por su intercesión junto a su tumba o sus reliquias.

Para aceptar la santidad de una persona, lo primero era probar que el pueblo lo recordaba por su vida y obras; que era venerado por su ejemplo y, sobre todo, invocado por la comunidad, ya que es que es sólido elemento de la conciencia de la Iglesia el que los muertos, por el Bautismo, siguen unidos al cuerpo de la comunidad y continúan siendo parte activa de ella, por la que gustosos interceden desde la plenitud de la vida junto al Padre de los cielos.

Durante el Concilio de Letrán, en el año 993, el Obispo de Augsburgo solicitó del Papa Juan XV la canonización de su predecesor, el Obispo Ulrico. En el marco de la asamblea conciliar presidida por el Papa, con toda la solemnidad posible, San Ulrico fue puesto en el canon o lista de los santos reconocidos por la Iglesia. Así, de manera espontánea y novedosa, con la intención de dar mayor realce e importancia al rito litúrgico y honrar a un obispo, se trasladó a la potestad del Papa lo que durante un milenio se había reconocido como derecho de los obispos diocesanos.

Hoy en día, el proceso de canonización es una tarea precisa, larga y sofisticadamente complicada, confiada a auténticos especialistas en la materia, que revisan con todo cuidado cada detalle y palabra de la vida de los que son propuestos para la canonización.

Al declarar la santidad de uno de sus miembros, la Iglesia quiere presentar a la comunidad universal verdaderos modelos de vida cristiana, que vivieron su fe de manera extraordinaria. Modelos de una santidad que sólo se puede alcanzar con la apertura al don de la gracia y la entrega y disponibilidad a la acción del Espíritu.

La Iglesia, a través de la Congregación para las Causas de los Santos, maneja todo ese largo proceso en el que se revisa cuidadosamente la ortodoxia y la vida del que es propuesto para la canonización. Comprobado todo hasta el último detalle, es necesaria, además, la prueba de un milagro para la beatificación, o de otro para la canonización.

Con la acreditación de un milagro obtenido por la intercesión del siervo de Dios, cuya naturaleza sobrenatural es totalmente evidente e irrecusable, pone Dios su firma final en el proceso, y puede la Iglesia presentar un nuevo beato o un nuevo santo a la veneración de los fieles.

Cuando el pueblo reunido en la Plaza de San Pedro aclamaba a Juan Pablo II como santo, no hacía más que dar el primer paso que en la tradición de la Iglesia hace despegar todo proceso de canonización: el reconocimiento público y extendido de la fama de santidad y de las virtudes vividas de manera constante y evidente.

En definitiva, ser santo es demostrar con la vida que el Evangelio puede vivirse. Y Juan Pablo II demostró con creces que ser cristiano no es una utopía.