Regocijo en la familia católica: ¡Tenemos Papa!
Mis queridos amigos:
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Arzobispo John C. Favalora |
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La Iglesia en la tierra es una familia espiritual. El cabeza de
familia, el padre, es el Papa, el Obispo de Roma. La madre
espiritual es siempre María, la madre de Cristo.
Hace 26 años recibimos un nuevo padre espiritual. Su nombre era
Juan Pablo II. Cuando se convirtió en nuestro padre espiritual,
era un hombre joven y vigoroso. Al asumir la condición de Papa,
su papel fue el de alimentar a sus hijas e hijos espirituales;
garantizar su seguridad; darles enseñanza; guiarlos; dirigirlos
y, cuando fuera necesario, corregirlos.
Todos podemos recordar aquellos días en que Juan Pablo II se
convirtió en nuestro padre. Y pudimos verlo a lo largo de los
años. Lo vimos en aquella época maravillosa en que comenzó a
visitar a sus hijos en todo el mundo. Fue a cada rincón de la
tierra, para que todos pudieran comprender y apreciar que era el
padre. Pudimos disfrutar al ver el entusiasmo con que era
recibido por todos sus hijos e hijas espirituales, incluso por
aquellos que no eran miembros específicos de la familia.
También recordamos los momentos tristes: cuando se atentó contra
su vida. Y a lo largo de 26 años seguimos viviendo con nuestro
padre, y viéndolo envejecer; viendo cómo lo debilitaba la
enfermedad; cómo llegaba a sus últimas semanas, y días, y horas.
Y toda la familia estaba allí. La familia oraba por él mientras
él se preparaba para encontrarse con el Señor. Toda la familia
estaba allí, junto a su lecho, cuando dejó de respirar.
Y toda la familia vino, de todas partes del mundo, para estar
junto a él cuando en el momento de encomendarlo al Padre. Y
cuando fue enviado hacia el Señor, había miembros de toda la
familia, venidos de todos los rincones del mundo, para decirle
adiós en su Misa de Resurrección.
No hay familia que haya podido vivir una experiencia mejor que
la nuestra cuando lo recibimos como nuestro nuevo padre, y
cuando lo encomendamos al Señor. La familia –su familia
espiritual– lo atendió con todo amor, del mismo modo que él nos
atendió a nosotros durante tres décadas. Lo amamos como él nos
amó. Y le ofrecimos una hermosa despedida.
La familia espiritual podía sentirse plenamente orgullosa.
Pero, después del entierro, vino el vacío. Como sucede en cada
familia, el dolor por la pérdida del padre se había apoderado de
todos. Simbólicamente, este dolor se expresaba durante la
Eucaristía, al no haber un Papa por el cual rezar; un Papa por
el cual interceder. Esta sensación de orfandad se hizo evidente
para muchísimas personas, tal como sucede en la familia natural
cuando el padre o la madre muere.
A todos los miembros de esta familia espiritual se nos ha
enseñado cómo vivir los buenos y en los malos tiempos. Y con qué
profunda dignidad debemos pasar, de enfrentar la muerte, a
celebrar la nueva Pascua de vida en la que creemos siempre. Y
hemos visto el hermoso y reverente ritual con que esta familia
espiritual se ha dado a sí misma un nuevo padre.
Vimos cómo se preparaba la elección del nuevo Papa con toda
dignidad y nobleza, no como un circo para los medios
informativos; vimos cómo los responsables de darnos un nuevo
Papa bajo la inspiración del Espíritu Santo, lo hacían
sumiéndose en la oración y la reflexión.
Pudimos ver cómo funciona este proceso, y vimos que funciona
bien. Que funciona sin distinción, confiada y confidencialmente.
Y funcionó con mucha eficacia.
Entonces surgió el humo blanco, repicaron las campanas y
escuchamos el mensaje gozoso: ¡Habemus Papam! Una vez más
–y son ya 265 veces– tenemos un Papa, y el Papa alimentará a la
familia; protegerá a la familia; guiará a la familia y la
dirigirá; visitará a la familia, y corregirá a la familia: todas
las cosas que el Papa ha hecho por la familia durante 2,000 años.
Ustedes y yo debemos estar muy orgullosos de ser católicos, y de
pertenecer a la familia católica. En las pasadas semanas, le
hemos enseñado mucho al mundo sobre la vida, sobre la muerte y
sobre el renacer a la nueva vida; y lo hicimos con gran respeto
y devoción.
Hoy, todos damos gracias a Dios porque tenemos un nuevo padre:
Benedicto XVI. ¡Que viva y reine con nosotros por muchos años!
Ad multos gloriososques annos. Vivat. Vivat. Vivat.
- o O o -
DECLARACIONES DE
MONSEÑOR JOHN C. FAVALORA
ARZOBISPO DE MIAMI
Con un mundo en vela, esperando en oración durante semanas y
meses, Juan Pablo II ha completado su misión divina en la tierra.
Su muerte representa una pérdida para todos los hombres y
mujeres de la tierra. Su gran amor por la vida y su fervor
pastoral sin límites dejan un vacío a la vez que un recuerdo
verdadero a través de la historia.
El mundo ha perdido una voz tal y como la de Juan Bautista
clamando en el desierto. Clamó a favor de la vida en medio de la
creciente cultura de la muerte; clamó por la justicia en medio
de mucha injusticia; defendió los derechos humanos de todo
individuo como provenientes de Dios y no del Estado; clamó a
todas las naciones por el respeto a los derechos religiosos de
todos los hombres sin importar su fe. Mediante sus visitas
pastorales -incluyendo su visita a Miami en el año 1987 —el
Pontífice demostró que todos somos hijos de Dios y que debemos
aprender a vivir en paz y no en guerra.
La Iglesia Católica ha perdido a un Santo Padre no sólo de
nombre. Ha sido verdaderamente un padre que con esmero cuidó a
sus hijos espirituales. Por medio de sus muchos escritos y sobre
todo por su ejemplo personal, les dio luz y guía para vivir de
acuerdo con el Evangelio. Nos enseñó a vivir y nos enseñó a
morir. ¿Qué más puede hacer un buen padre?
Como padre guió al mundo cristiano al cruzar el nuevo milenio
con oraciones y súplicas por un perdón genuino, una paz
verdadera y una ferviente renovación espiritual. Los jóvenes
católicos, por millones, se congregaron junto a él durante los
Encuentros Juveniles en Roma y a través del mundo, entonando en
un sinnúmero de idiomas "Juan Pablo Segundo, te quiere todo el
mundo." El pobre, el enfermo, el minusválido y el anciano
encontraron siempre en él a un padre compasivo y a un digno
colaborador de la Madre Teresa de Calcuta a quien declaró Beata.
Los ortodoxos y otros cristianos encontraron en él a un padre
que, confiado, les extendió la mano a fin de subsanar las
divisiones dentro de la gran familia cristiana mientras que los
judíos, los musulmanes y todos los otros creyentes
experimentaron en él un profundo amor fraternal.
Juan Pablo II fue un gigante entre los hombres que en verdad
puede ser llamado "Grande" entre sus predecesores. Su fructífero
papado seguirá enriqueciendo a la Iglesia en el futuro.
Encomendamos a nuestro Santo Padre a su amado Señor a quien
diariamente contempló y a quien se dedicó con todo su ser. No me
cabe duda de que María, su entrañable madre, lo llevará a su
amado Hijo.
Durante este período de luto, las parroquias de la Arquidiócesis
de Miami se unen a los católicos de todo el mundo orando en la
Santa Misa por el fallecido Pontífice. Damos gracias a Dios
Todopoderoso por el regalo que el Santo Padre significó para la
Iglesia y para el mundo durante los pasados 26 años y rogamos a
Dios que le conceda el descanso eterno prometido al siervo bueno
y fiel. La Oficina Arquidiocesana de Liturgia ayudará a las
parroquias en los preparativos de los eventos litúrgicos
relacionados con la muerte y elección de un Papa.
Oramos también por el Colegio Cardenalicio, confiados en que el
Espíritu Santo guiará a sus miembros en su gran responsabilidad
de escoger a un digno sucesor de Juan Pablo II.
Miami, Florida
2 de abril del 2005 |