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Tu presencia en la Eucaristía ha comenzado con el sacrificio
de la última cena y continúa como comunión y donación de
todo lo que eres.
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Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva
Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria
celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días,
llenándolos de confiada esperanza.
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Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el
Sacrificio eucarístico es fuente y cima de toda la vida
cristiana.
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La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien
espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra
Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio
del Espíritu Santo.
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Estoy agradecido al Señor Jesús, que me permitió repetir en
aquel mismo lugar, obedeciendo su mandato, “haced esto en
conmemoración mía” (Lc 22, 19), las palabras pronunciadas
por Él hace dos mil años.
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Del misterio pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso
la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del
misterio pascual, está en el centro de la vida eclesial.
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La “fracción del pan” evoca la Eucaristía. Después de dos
mil años seguimos reproduciendo aquella imagen primigenia de
la Iglesia. Y, mientras lo hacemos en la celebración
eucarística, los ojos del alma se dirigen al Triduo pascual:
a lo que ocurrió la tarde del Jueves Santo, durante la
Última Cena y después de ella.
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Cuando se celebra la Eucaristía ante la tumba de Jesús, en
Jerusalén, se retorna de modo casi tangible a su “hora”, la
hora de la cruz y de la glorificación. A aquel lugar y a
aquella hora vuelve espiritualmente todo presbítero que
celebra la Santa Misa, junto con la comunidad cristiana que
participa en ella.
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Contemplar el rostro de Cristo, y contemplarlo con María, es
el “programa” que he indicado a la Iglesia en el alba del
tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas
de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización.
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Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera
que Él se manifieste, en sus multiformes presencias, pero
sobre todo en el sacramento vivo de su cuerpo y de su
sangre.
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La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y
por Él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y, al
mismo tiempo, “misterio de luz”. Cada vez que la Iglesia la
celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la
experiencia de los dos discípulos de Emaús: Entonces se les
abrieron los ojos y le reconocieron. (Lc 24, 31.)
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Verdaderamente la Eucaristía es mysterium fidei, misterio
que supera nuestro pensamiento y puede ser acogido sólo en
la fe.
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La Eucaristía es verdadero banquete, en el cual Cristo se
ofrece como alimento.
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La Eucaristía es tensión hacia la meta, pregustar el gozo
pleno prometido por Cristo.
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La Eucaristía, “es, en cierto sentido, anticipación del
Paraíso y prenda de la gloria futura” […] Quien se alimenta
de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá
para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como
primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su
totalidad.
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La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo que
se abre sobre la tierra.
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Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra
en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre
nuestro camino.
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La Eucaristía es la fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de
toda la evangelización, puesto que su objetivo es la
comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y
con el Espíritu Santo.
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La Eucaristía es un tesoro inestimable; no sólo su
celebración, sino también estar ante ella fuera de la Misa,
nos da la posibilidad de llegar al manantial mismo de la
gracia.
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Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de
tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro
abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser
apoyo y guía en una actitud como ésta.