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Dios, la cruz y el sufrimiento
Dios y la persona humana
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La libertad de buscar y decir la verdad es un elemento
esencial de la comunicación humana, no sólo en relación con
los hechos y la información, sino también y especialmente
sobre la naturaleza y destino de la persona humana, respecto
a la sociedad y el bien común, respecto a nuestra relación
con Dios.
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La persona humana tiene una necesidad que es aún más
profunda, un hambre que es mayor que aquella que el pan
puede saciar –es el hambre que posee el corazón humano de la
inmensidad de Dios.
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La caridad procede de Dios, y todo el que ama es nacido de
Dios y a Dios conoce… porque Dios es amor (1 Jn 4:7–9).
Solamente lo que es construido sobre Dios, sobre el amor, es
durable.
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Dios, creador de todas las cosas y Señor del cosmos, está
unido con cada hombre y mujer por una relación de amor.
Incluso cuando Dios parece guardar silencio ante la opresión,
la injusticia o el sufrimiento, sigue amando al ser humano y
sale en su ayuda si es invocado.
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Dios se deja conquistar por el humilde y rechaza la
arrogancia del orgulloso.
Confianza en Dios
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Los verdaderos discípulos de Cristo tienen conciencia de su
propia debilidad. Por esto ponen toda su confianza en la
gracia de Dios, que acogen con corazón indiviso, convencidos
de que sin Él no pueden hacer nada (cfr Jn 15,5). Lo que les
caracteriza y distingue del resto de los hombres no son los
talentos o las disposiciones naturales. Es su firme
determinación de caminar tras las huellas de Jesús.
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Dios no es un ser indiferente o lejano, por lo que no
estamos abandonados a nosotros mismos.
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En las inevitables pruebas y dificultades de la existencia,
como en los momentos de alegría y entusiasmo, confiarse al
Señor infunde paz en el ánimo, induce a reconocer el primado
de la iniciativa divina y abre el espíritu a la humildad y a
la verdad.
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En el corazón de Cristo encuentra paz quien está angustiado
por las penas de la existencia; encuentra alivio quien se ve
afligido por el sufrimiento y la enfermedad; siente alegría
quien se ve oprimido por la incertidumbre y la angustia,
porque el corazón de Cristo es abismo de consuelo y de amor
para quien recurre a Él con confianza.
La Cruz
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La cruz ha venido a ser para nosotros la Cátedra suprema de
la verdad de Dios y del hombre. Todos debemos ser alumnos de
esta Cátedra en curso o fuera de curso. Entonces
comprenderemos que la cruz es también cuna del hombre nuevo.
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Donde surge la cruz, se ve la señal de que ha llegado la
Buena Noticia de la salvación del hombre mediante el amor.
Donde se levanta la cruz, está la señal de que se ha
iniciado la evangelización.
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La cruz se transforma también en símbolo de esperanza. De
instrumento de castigo, se convierte en imagen de vida nueva,
de un mundo nuevo.
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La cruz, en la que se muere para vivir; para vivir en Dios y
con Dios, para vivir en la verdad, en la libertad y en el
amor, para vivir eternamente.
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El misterio de la Cruz y de la Resurrección nos asegura, sin
embargo, que el odio, la violencia, la sangre, la muerte, no
tienen la última palabra en las vivencias humanas. La
victoria definitiva es de Cristo y tenemos que volver a
empezar desde Él, si queremos construir para todos un futuro
de paz, justicia y solidaridad auténticas.
El sufrimiento
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Las palabras de la oración de Cristo en Getsemaní prueban la
verdad del sufrimiento.
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Getsemaní es el lugar en el que precisamente este
sufrimiento, expresado en toda la verdad por el profeta
sobre el mal padecido en el mismo, se ha revelado casi
espiritualmente ante los ojos de Cristo.
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El sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de
Cristo.
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La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que
brotan ríos de agua viva.
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En la cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención
mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento
humano ha quedado redimido.
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Pido para vosotros la gracia de la luz y de la fuerza
espiritual en el sufrimiento, para que no perdáis el valor,
sino que descubráis individualmente el sentido del
sufrimiento y podáis, con la oración y el sacrificio,
aliviar a los demás.
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