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Hospital: “Emergencia”

 

P. Eduardo Barrios, S.J.

No quiera el amable lector sufrir una lesión por accidente en la calle. Podrían sucederle experiencias desagradables como las que se narran a continuación.

El pasado 26 de marzo, Sábado Santo, un miamense sufrió dislocación del hombro en un supermercado. Como eso ya le había sucedido antes, pidió ayuda explicando cómo debían reajustarle el hueso dislocado. Pero nadie se atrevió a tocarlo, como suele suceder en este país, pues la gente teme las demandas (sues).

Llamaron al Rescue. Vinieron a los pocos minutos, sólo para hacer preguntas, tomar nota y acabar diciendo que no podían hacer nada, porque eran bomberos, no paramédicos. ¿Para qué vinieron, pues?

Entonces, los del Rescue llamaron una ambulancia, que demoró más que el vehículo anterior, mientras el lesionado forzaba la respiración para no desvanecerse en sus sudores fríos. El dolor se hacía cada vez más intenso; una “Verónica” compasiva le acercó una botellita de agua.

Los de la ambulancia actuaron con santa calma, haciéndole las preguntas de rigor al malhadado, el cual apenas podía articular palabras.

Decidieron ir al hospital más cercano, situado en un punto de la Bird Road del cual el adolorido no quiere acordarse. Pero sí recuerda bien el letrero a la entrada, Emergency, porque luego descubrió que el servicio médico no hacía mucho honor al nombre de emergencia.

El iluso paciente pensó que, como tenía un hueso fuera de sitio, los profesionales de la salud actuarían de inmediato. Nada de eso. Lo dejaron en una camilla en medio de un pasillo atestado de más “encamillados”. El recién llegado emitía quejidos involuntarios, pues el dolor iba in crescendo, pero nadie advertía su presencia. Optó por aumentar voluntariamente los decibeles de sus quejidos, pero nada conmovía a los uniformados que pasaban de largo. Parecían vacunados contra el dolor… ajeno.

No tuvieron prisa, excepto para preguntar sobre el Social Security, tarjeta de seguro y tarjeta de crédito. Para esos detalles mostraron admirable diligencia.

Aunque el (im)paciente dijo que su caso era sencillo y explicó cómo había que reencajarle el hueso, respondieron que primero tomarían placas. La profesionalidad dejó que desear. Al ver que el descoyuntado llevaba al cuello una cadena de plata con una medalla de la Virgen y el Corazón de Jesús, le dijeron que la sujetase entre los labios (!) Pero como, a pesar de ese original recurso, la cadena salía en los rayos X, tuvieron que repetir las placas, con lo que se perdía tiempo, mientras el díscolo hueso seguía pujando por atravesar músculos y piel. Y el enfermero encargado de poner suero e inyecciones tampoco brillaba en el arte de las agujas.

La suerte del desdichado cambió de giro cuando apareció el insigne cirujano Dr. Iván Barrios, ortopeda de justa y merecida fama. Él tomó las decisiones pertinentes y actuó con pericia y celeridad. Dado que el paciente, transido de dolor, apenas podía desencogerse, lo anestesiaron para permitirle al galeno enderezar el entuerto.

Pero así como en “Emergencia” mostraron poca prisa en atenderlo, no ahorraron prisa en despacharlo. Lo levantaron de la camilla demasiado pronto. Con eso se desencadenaron efectos secundarios de la anestesia, a saber, náuseas y vómitos.

Sería injusto calificar de desastrosa la situación de ese hospital. De hecho, resolvieron el problema óseo. Pero sí hubo deficiencias, sobre todo en cuanto a prontitud, comunicación con el paciente y compasión humana. Sería deseable que el personal de emergencia en los hospitales se esforzase por tratar a los pacientes como personas, y no como simples “casos” o “estadísticas”.

 

El autor es un sacerdote jesuita
ebarriossj@aol.com