|
Hospital: “Emergencia”
No
quiera el amable lector sufrir una lesión por accidente en la
calle. Podrían sucederle experiencias desagradables como las que
se narran a continuación.
El
pasado 26 de marzo, Sábado Santo, un miamense sufrió dislocación
del hombro en un supermercado. Como eso ya le había sucedido
antes, pidió ayuda explicando cómo debían reajustarle el hueso
dislocado. Pero nadie se atrevió a tocarlo, como suele suceder
en este país, pues la gente teme las demandas (sues).
Llamaron al Rescue. Vinieron a los pocos minutos, sólo
para hacer preguntas, tomar nota y acabar diciendo que no podían
hacer nada, porque eran bomberos, no paramédicos. ¿Para qué
vinieron, pues?
Entonces, los del Rescue llamaron una ambulancia, que
demoró más que el vehículo anterior, mientras el lesionado
forzaba la respiración para no desvanecerse en sus sudores fríos.
El dolor se hacía cada vez más intenso; una “Verónica” compasiva
le acercó una botellita de agua.
Los
de la ambulancia actuaron con santa calma, haciéndole las
preguntas de rigor al malhadado, el cual apenas podía articular
palabras.
Decidieron ir al hospital más cercano, situado en un punto de la
Bird Road del cual el adolorido no quiere acordarse. Pero sí
recuerda bien el letrero a la entrada, Emergency, porque
luego descubrió que el servicio médico no hacía mucho honor al
nombre de emergencia.
El
iluso paciente pensó que, como tenía un hueso fuera de sitio,
los profesionales de la salud actuarían de inmediato. Nada de
eso. Lo dejaron en una camilla en medio de un pasillo atestado
de más “encamillados”. El recién llegado emitía quejidos
involuntarios, pues el dolor iba in crescendo, pero nadie
advertía su presencia. Optó por aumentar voluntariamente los
decibeles de sus quejidos, pero nada conmovía a los uniformados
que pasaban de largo. Parecían vacunados contra el dolor… ajeno.
No
tuvieron prisa, excepto para preguntar sobre el Social
Security, tarjeta de seguro y tarjeta de crédito. Para esos
detalles mostraron admirable diligencia.
Aunque el (im)paciente dijo que su caso era sencillo y explicó
cómo había que reencajarle el hueso, respondieron que primero
tomarían placas. La profesionalidad dejó que desear. Al ver que
el descoyuntado llevaba al cuello una cadena de plata con una
medalla de la Virgen y el Corazón de Jesús, le dijeron que la
sujetase entre los labios (!) Pero como, a pesar de ese original
recurso, la cadena salía en los rayos X, tuvieron que repetir
las placas, con lo que se perdía tiempo, mientras el díscolo
hueso seguía pujando por atravesar músculos y piel. Y el
enfermero encargado de poner suero e inyecciones tampoco
brillaba en el arte de las agujas.
La
suerte del desdichado cambió de giro cuando apareció el insigne
cirujano Dr. Iván Barrios, ortopeda de justa y merecida fama. Él
tomó las decisiones pertinentes y actuó con pericia y celeridad.
Dado que el paciente, transido de dolor, apenas podía
desencogerse, lo anestesiaron para permitirle al galeno
enderezar el entuerto.
Pero así como en “Emergencia” mostraron poca prisa en atenderlo,
no ahorraron prisa en despacharlo. Lo levantaron de la camilla
demasiado pronto. Con eso se desencadenaron efectos secundarios
de la anestesia, a saber, náuseas y vómitos.
Sería injusto calificar de desastrosa la situación de ese
hospital. De hecho, resolvieron el problema óseo. Pero sí hubo
deficiencias, sobre todo en cuanto a prontitud, comunicación con
el paciente y compasión humana. Sería deseable que el personal
de emergencia en los hospitales se esforzase por tratar a los
pacientes como personas, y no como simples “casos” o “estadísticas”.
|