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Benedicto XVI inicia su Pontificado

“No hacer mi voluntad”, sino la de Dios


Cientos de miles de personas se congregan en la Plaza de San Pedro, del Vaticano, para presenciar la Misa solemne oficiada por Benedicto XVI, el domingo 24 de abril. La Misa que dio inicio oficial al pontificado del nuevo Papa congregó en el Vaticano, aproximadamente, a medio millón de personas, entre fieles, peregrinos, sacerdotes y dignatarios. EFE / Pavel Kula

ACI / Redacción

En el marco de una espléndida mañana romana, el Papa Benedicto XVI inauguró solemnemente su pontificado en la Plaza de San Pedro, el domingo 24 de abril, señalando que no tiene más “programa de gobierno” que cumplir con el Plan de Dios.

“En este momento no necesito presentar un programa de gobierno”, dijo. “Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea Él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia”.

El Papa Benedicto XVI reflexionó sobre el sentido de los dos signos de su ministerio “petrino”: el palio de lana y el anillo del pescador.

 

El palio

Respecto del palio, el Pontífice destacó que es “una imagen del yugo de Cristo, que el Obispo de esta ciudad, el Siervo de los Siervos de Dios, toma sobre sus hombros”.

“El yugo de Dios”, explicó, “es la voluntad de Dios que nosotros acogemos. Y esta voluntad no es un peso exterior, que nos oprime y nos priva de la libertad”.

Por el contrario, “la voluntad de Dios, en vez de alejarnos de nuestra propia identidad, nos purifica, quizás a veces de manera dolorosa, y nos hace volver de este modo a nosotros mismos”.

Además, el Santo Padre explicó que la lana del palio “representa la oveja perdida, enferma o débil, que el pastor lleva a cuestas para conducirla a las aguas de la vida”.

“La humanidad, todos nosotros, es la oveja descarriada en el desierto que ya no puede encontrar la senda”. Pero el Hijo de Dios “la pone sobre sus hombros, carga con nuestra humanidad, nos lleva a nosotros mismos, pues Él es el buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas”, añadió el Papa.

El Pontífice explicó luego que “hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre”.

“Los desiertos exteriores “, señaló, “se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores”.

“El pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho Él mismo cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados. Precisamente así se revela Él como el verdadero pastor”, exclamó Benedicto XVI, arrancando largos y sentidos aplausos entre los centenares de miles de fieles que llenaban la Plaza San Pedro, la Plaza Pío XII y toda la Vía de la Conciliación.

 

La paciencia de Dios

En un emotivo pasaje de su extensa homilía, el Papa señaló: “¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor”; pero advirtió que “todas las ideologías del poder se justifican así”.

“Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos Su paciencia. Él, Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres”, explicó el Papa.

Luego pidió: “Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a Su rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente. Rogad por mí, para que no huya, por miedo, ante los lobos”.

 

El anillo

Al referirse luego al símbolo del anillo y la misión del Pescador de hombres, el Papa señaló que “los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera”.

Por eso, “en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida”, explicó.

“¡No debemos estar tristes!”, exclamó luego el Santo Padre. “Alegrémonos por Tu promesa, que no defrauda, y hagamos todo lo posible para recorrer el camino hacia la unidad que Tú has prometido”.

“¡Haz que seamos un solo pastor y una sola grey! ¡No permitas que se rompa tu red y ayúdanos a ser servidores de la unidad!”, señaló.

La Iglesia está viva y es joven

Tras recordar el cónclave, y luego de evocar con afecto y nostalgia la figura del Papa Juan Pablo II, el Santo Padre preguntó: “¿Cómo 115 obispos, procedentes de todas las culturas y países, podían encontrar a quien Dios quería otorgar la misión de atar y desatar? Una vez más, lo sabíamos; sabíamos que no estamos solos, que estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios”.

“Y ahora”, continuó, “en este momento, yo, débil siervo de Dios, he de asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana”.

“¿Cómo puedo hacerlo?”, se preguntó. “También en mí”, señaló a continuación, “se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra oración, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza”.

“En efecto”, agregó el Santo Padre, “a la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos. Todo nosotros somos la comunidad de los santos”.

“Sí, la Iglesia está viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos días”, dijo Benedicto XVI. “Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro. La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo”, subrayó.

“La Iglesia está viva: de este modo saludo con gran gozo y gratitud a todos vosotros que estáis aquí reunidos”, dijo el Pontífice, antes de saludar a obispos, sacerdotes, diáconos, agentes de pastoral, catequistas, religiosos y religiosas; y a los “fieles laicos, inmersos en el gran campo de la construcción del Reino de Dios que se expande en el mundo, en cualquier manifestación de la vida”.

El Pontífice extendió también su saludo a los cristianos no católicos; así como “a vosotros, hermanos del pueblo hebreo”.

“Pienso, en fin, casi como una onda que se expande, en todos los hombres de nuestro tiempo, creyentes y no creyentes”, agregó.

No tener miedo a Cristo, porque lo “da todo”

“En este momento”, dijo el Santo Padre al final de su homilía, “mi recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando el Papa Juan Pablo II inició su ministerio aquí, en la Plaza de San Pedro”; cuando pronunció el histórico “¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”.

Su Santidad Benedicto XVI señaló que Cristo “ciertamente les habría quitado algo” a los poderosos: “el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa”, explicó.

Luego, dirigiéndose a los jóvenes, preguntó: “¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad?”

“¡No!”, respondió. “Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana”.

“Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo”, dijo el Pontífice, arrancado largos aplausos de los centenares de miles de fieles presentes.

“Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”, concluyó.