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A los jóvenes
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¡La Iglesia os mira con confianza, y espera que seáis el
pueblo de las bienaventuranzas!
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Gracias a todos los jóvenes de habla hispana. No teman
responder generosamente al llamado del Señor. Dejen que su
fe brille en el mundo, que sus acciones muestren su
compromiso con el mensaje salvífico del Evangelio!
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¡Vivid comprometidos, en la oración, en la atenta escucha y
en el compartir gozosos estas ocasiones de formación
permanente, manifestando vuestra fe ardiente y devota!
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También vosotros, queridos jóvenes, os enfrentáis al
sufrimiento: la soledad, los fracasos y las desilusiones en
vuestra vida personal; las dificultades para adaptarse al
mundo de los adultos y a la vida profesional; las
separaciones y los lutos en vuestras familias; la violencia
de las guerras y la muerte de los inocentes. Pero sabed que
en los momentos difíciles, que no faltan en la vida de cada
uno, no estáis solos: como a Juan al pie de la Cruz, Jesús
os entrega también a vosotros su Madre, para que os conforte
con su ternura.
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Queridos jóvenes: sólo Jesús conoce vuestro corazón,
vuestros deseos más profundos. Sólo Él, que os ha amado
hasta la muerte (cfr Jn 13,1), es capaz de colmar vuestras
aspiraciones.
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Ahora más que nunca es urgente que seáis los centinelas de
la mañana, los vigías que anuncian la luz del alba y la
nueva primavera del Evangelio, de la que ya se ven los
brotes.
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