|
IN MEMORIAM JOANNIS PAULI II
Mis hermanos y hermanas en Cristo:
“¡Regocíjense! ¡Aleluya! El Señor resucitó de entre los muertos,
Aleluya!”
El Pregón de nuestra fe: “¡Jesucristo resucitó, ha resucitado de
entre los muertos!” resuena dentro del corazón humano,
haciéndose eco del clamor del Espíritu que Jesús, el Cristo de
Dios, el cordero inmaculado, que una vez fue sacrificado por
nosotros para convertirse en nuestro Redentor, ha conquistado la
muerte—Él nos ha dado nuevas aguas de vida a través de su
sufrida pasión, muerte en la Cruz y Resurrección. La alegría de
la Pascua se ejemplifica en la vida y muerte de nuestro Santo
Padre, Juan Pablo II, ya que Cristo estaba verdaderamente
presente en el mundo en el hombre que calzaba las zapatillas del
pescador, San Pedro, en la persona de “il Papa Polaco” de
nuestros tiempos.
En los últimos días, he orado y reflexionado sobre la vida y los
días de agonía de este muy Santo hombre, Juan Pablo II. En su
sencilla, espontánea y carismática forma, Su Santidad, Juan
Pablo II, Magnum P.M., me ha enseñado a mirar y valorar
el corazón humano como Dios lo valora: ¡Un Corazón lleno de Amor!
¡Un Corazón lleno de Misericordia! El Corazón de Dios que está
dentro de las rendijas de nuestro propio corazón. Este Papa nos
ha enseñado que hemos sido verdaderamente creados a imagen y
semejanza de Dios, y como tales, nuestro valor como humanos está
mas allá de todas las riquezas de este mundo, solamente puede
medirse “fuera de este mundo.”¹ Por tanto, la humanidad está
llamada a vivir “como Cristo” si es que vamos a llamarnos
discípulos del Señor: “Si alguien desea seguirme, debe negarse a
sí mismo, cargar su cruz diariamente y seguirme”²
En su última “homilía” preparada para ser leída el domingo de la
Divina Misericordia, en la parte pertinente el Papa expresaba:
“A toda la humanidad que parece perdida y dominada por el poder
del mal, el egotismo y el miedo, nuestro Señor resucitado le da
su amor que perdona, reconcilia y reabre el alma humana a la
esperanza. El glorioso Aleluya Pascual resuena. La proclamación
del Evangelio de hoy por el Evangelista San Juan nos enseña cómo
el Cristo Resucitado se apareció a sus apóstoles y ‘les mostró
sus manos y pies’, los signos visibles de su dolorosa pasión que
marcó indeleblemente su cuerpo aún después de la Resurrección.”³
¿Cuál es su legado?, ¿Cual es la marca que este Santo Padre de
nuestros tiempos nos ha dejado? yo le pregunté a nadie en
particular mientras oraba. Quizás, puedo mejor resumirlo así:
Como el Señor Jesucristo cuyo Vicario en la tierra era, Juan
Pablo II nos enseñó que la humanidad logra su santidad en y a
través de su humanismo. Pues Dios amó tanto al mundo que en la
plenitud de los tiempos nos dio su único Hijo, nuestro Señor
Jesucristo, el hombre-Dios, el Redentor de todos nosotros. El
Santo Padre nos enseñó a ser como Cristo, y al enseñarnos a
todos que Jesús ordenó que se nos enseñara todo lo que El le
había enseñado a sus apóstoles, él portó a todos los pueblos del
mundo la Luz eterna, la Palabra Viva de Dios, esa que
encontramos al final del Evangelio de San Mateo: “enséñenles a
ellos todo lo que yo les he enseñado”. El Papa Viajero, como se
le ha llamado, llevó a todos los confines de la tierra la Buena
Nueva de nuestro Señor Jesucristo, y al hacerlo, realizó algo
extraordinario que ningún Papa había hecho desde San Pedro,
viajó por su mundo conocido trayendo el pregón de nuestra
salvación: ¡Jesucristo ha Resucitado! ¡Verdaderamente ha
resucitado!.
Mi vida sacerdotal ha sido indeleblemente marcada por el Señor
nuestro Dios el día de mi ordenación al sacerdocio ministerial,
pero también ha sido tocada de forma muy especial por la mano de
Dios a través de dos hombres santos: San Padre Pío y Juan Pablo
II. Gracias Señor por el regalo de su vida en nuestras vidas y
que la luz perpetua brille ahora sobre él mientras contempla la
gloria de nuestro Señor Resucitado.
En Jesús y María,
Padre Fernando Hería,
Párroco—San Brendan
_____________
¹ Mateo 10:28-31; 6:19-21
² Lucas 9:23
³ Reuters News Service, domingo 3 de abril de 2005
|