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Pascua: Encuentro y convicción

 

Aurelio Fernández

Cuenta la leyenda que hubo un cuarto Rey Mago que, afanosamente, trataba de encontrar a Jesús. Mas como era un hombre justo, no escatimaba esfuerzos ni recursos en atender a alguien que estaba en peligro o necesidad, aunque se lamentaba, pues, además de tiempo perdía parte de los regalos que llevaba para el Mesías.

Al cabo de los años, pobre, cansado y muy enfermo, tras toda una vida de servicio y peregrinar, encontró a Jesús crucificado en el Calvario. Decepcionado, se desplomó en su fracaso, pues el ideal de toda su vida, reunirse con el Señor, ya no podría alcanzarlo.

Sin embargo, en medio de su abatimiento, Cristo se le revela y le dice: “En verdad, cada vez que hiciste el bien a alguno de los míos, a mí me lo hiciste y. por eso. ciertamente a lo largo de tu vida nos hemos encontrado muchas veces”.

La Iglesia nos brinda una magnífica oportunidad durante el tiempo de Pascua para profundizar en el misterio que da sentido y derrotero a nuestra fe: la resurrección del Señor y sus apariciones a los discípulos con su cuerpo glorioso, vencedor sobre la muerte y el pecado, depositario indiscutible de todas las profecías.

Durante estos siete domingos que conforman el Tiempo de Pascua predomina un mismo espíritu, y la Liturgia nos brinda un apropiado marco para reflexionar sobre el gran compromiso que encierra vivir a la altura de nuestra condición de cristianos.

Los israelitas, al celebrar la Pascua judía, cantaban: “Este es el Día en que actuó el Señor”, cuando alababan al Dios liberador que los rescató del cautiverio en Egipto.

Pero, ¿proclama mi alma de igual manera las maravillas que El Señor ha hecho en mi? ¿Me afano acaso por conocer y escudriñar en las verdades de mi Fe? ¿Aprovecho las muchas ocasiones que ofrece la vida para ejercitar la caridad? ¿Me reconozco pecador y peregrino en camino de perfección, confiando plenamente en un Dios que me ama,aún a pesar de mí mismo?

El personaje de la narración que encabeza este artículo era ciertamente un hombre de Dios y, en muchos casos, sus acciones estaban impregnadas de ese amor incondicional que califica y distingue a los verdaderos constructores del Reino. Pero, al igual que Santo Tomás, cuyo acto de incredulidad nos narra el Evangelio del segundo domingo de Pascua, ambos carecían de sentido de “identidad”: esa convicción necesaria para que mi vida esté en completa sintonía con el Evangelio. Autenticidad que debe revestir mis palabras y obras, haciendo de mí un testigo consciente de la Verdad de la que debo ser portador.

¡Señor Jesús, que no desperdicie las innumerables oportunidades que se me presentan para gozarme al “encontrarte” en mis hermanos! ¡Que no necesite de pruebas para convencerme de tu existencia, sino más bien que sea yo una prueba palpable de tu realidad y de la validez de tu mensaje!

Que sea esta Pascua mi “paso”, mi quimera transformada en misión por la acción de Tu Espíritu. Que exulte mi alma y proclamen mis labios Tus portentos, y encuentre en Ti mi destino y mi confianza, para poder decir con el salmista:

“Señor, me enseñarás el sendero de la vida”.

 El autor es feligrés de St. Dominic