Pascua:
Encuentro y convicción
Cuenta la leyenda que hubo un cuarto Rey Mago que, afanosamente,
trataba de encontrar a Jesús. Mas como era un hombre justo, no
escatimaba esfuerzos ni recursos en atender a alguien que estaba
en peligro o necesidad, aunque se lamentaba, pues, además de
tiempo perdía parte de los regalos que llevaba para el Mesías.
Al cabo de los años, pobre, cansado y muy enfermo, tras toda una
vida de servicio y peregrinar, encontró a Jesús crucificado en
el Calvario. Decepcionado, se desplomó en su fracaso, pues el
ideal de toda su vida, reunirse con el Señor, ya no podría
alcanzarlo.
Sin embargo, en medio de su abatimiento, Cristo se le revela y
le dice: “En verdad, cada vez que hiciste el bien a alguno de
los míos, a mí me lo hiciste y. por eso. ciertamente a lo largo
de tu vida nos hemos encontrado muchas veces”.
La Iglesia nos brinda una magnífica oportunidad durante el
tiempo de Pascua para profundizar en el misterio que da sentido
y derrotero a nuestra fe: la resurrección del Señor y sus
apariciones a los discípulos con su cuerpo glorioso, vencedor
sobre la muerte y el pecado, depositario indiscutible de todas
las profecías.
Durante estos siete domingos que conforman el Tiempo de Pascua
predomina un mismo espíritu, y la Liturgia nos brinda un
apropiado marco para reflexionar sobre el gran compromiso que
encierra vivir a la altura de nuestra condición de cristianos.
Los israelitas, al celebrar la Pascua judía, cantaban: “Este es
el Día en que actuó el Señor”, cuando alababan al Dios liberador
que los rescató del cautiverio en Egipto.
Pero, ¿proclama mi alma de igual manera las maravillas que El
Señor ha hecho en mi? ¿Me afano acaso por conocer y escudriñar
en las verdades de mi Fe? ¿Aprovecho las muchas ocasiones que
ofrece la vida para ejercitar la caridad? ¿Me reconozco pecador
y peregrino en camino de perfección, confiando plenamente en un
Dios que me ama,aún a pesar de mí mismo?
El personaje de la narración que encabeza este artículo era
ciertamente un hombre de Dios y, en muchos casos, sus acciones
estaban impregnadas de ese amor incondicional que califica y
distingue a los verdaderos constructores del Reino. Pero, al
igual que Santo Tomás, cuyo acto de incredulidad nos narra el
Evangelio del segundo domingo de Pascua, ambos carecían de
sentido de “identidad”: esa convicción necesaria para que mi
vida esté en completa sintonía con el Evangelio. Autenticidad
que debe revestir mis palabras y obras, haciendo de mí un
testigo consciente de la Verdad de la que debo ser portador.
¡Señor Jesús, que no desperdicie las innumerables oportunidades
que se me presentan para gozarme al “encontrarte” en mis
hermanos! ¡Que no necesite de pruebas para convencerme de tu
existencia, sino más bien que sea yo una prueba palpable de tu
realidad y de la validez de tu mensaje!
Que sea esta Pascua mi “paso”, mi quimera transformada en misión
por la acción de Tu Espíritu. Que exulte mi alma y proclamen mis
labios Tus portentos, y encuentre en Ti mi destino y mi
confianza, para poder decir con el salmista:
“Señor, me enseñarás el sendero de la vida”.
El
autor es feligrés de St. Dominic
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