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La
paz es uno de los bienes más preciosos para las personas,
para los pueblos y para los Estados.
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En
este tiempo amenazado por la violencia, por el odio y por la
guerra, testimoniad que Él y sólo Él puede dar la verdadera
paz para el corazón del hombre, para las familias y para los
pueblos de la tierra. Esforzaos por buscar y promover la paz,
la justicia y la fraternidad. Y no olvidéis la palabra del
Evangelio: “Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios”. (Mt 5,9.)
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La
paz y la violencia germinan en el corazón del hombre, sobre
el cual sólo Dios tiene poder.
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La
violencia jamás resuelve los conflictos, ni siquiera
disminuye sus consecuencias dramáticas.
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¡Hombres
y mujeres del tercer milenio! Dejadme que os repita: ¡abrid
el corazón a Cristo crucificado y resucitado, que viene
ofreciendo la paz! Donde entra Cristo resucitado, con Él
entra la verdadera paz.
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Que
nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra,
aun siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz verdadera.
No hay verdadera paz si no viene acompañada de equidad,
verdad, justicia y solidaridad.
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La
verdadera reconciliación entre hombres enfrentados y
enemistados sólo es posible, si se dejan reconciliar al
mismo tiempo con Dios.
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No
hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón.
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El
diálogo, basado en sólidas leyes morales, facilita la
solución de los conflictos y favorece el respeto de la vida,
de toda vida humana. Por ello, el recurso a las armas para
dirimir las controversias representa siempre una derrota de
la razón y de la humanidad.
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Hay
que alentar con firme determinación el camino del diálogo y
de la mutua comprensión en el respeto de las diferencias, de
forma que la auténtica paz pueda lograrse y tenga lugar el
encuentro entre los pueblos en un contexto de solidario
acuerdo.
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La
auténtica religión no apoya el terrorismo y la violencia,
sino que busca promover de toda forma posible la unidad y la
paz de la familia humana.
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La
guerra es siempre una derrota de la humanidad.
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La
violencia y las armas no pueden resolver nunca los problemas
de los hombres.
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La
verdad y la solidaridad son dos elementos claves que
permiten a los profesionales de los medios de comunicación
convertirse en promotores de la paz.
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Los
invito a cada uno a comprometerse cada día en el seguimiento
de Cristo para rechazar la violencia, que es un camino sin
futuro, y para construir una paz duradera fundada en la
justicia y el respeto de las personas.
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El
derecho internacional, el diálogo leal, la solidaridad entre
los Estados, el ejercicio tan noble de la diplomacia, son
los medios dignos de los hombres y de las naciones para
superar sus contiendas.
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Es
un deber para los creyentes, cualquiera sea su religión,
proclamar que nunca podremos ser felices unos contra otros;
nunca el futuro de la humanidad podrá ser asegurado con el
terrorismo y la lógica de la guerra.
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Los
creyentes de todas las religiones, junto con los hombres de
buena voluntad, abandonando cualquier forma de intolerancia
y discriminación, están llamados a construir la paz.
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Nosotros
los cristianos, en particular, estamos llamados a ser
centinelas de la paz, en los lugares donde vivimos y
trabajamos; es decir, se nos pide que vigilemos para que las
conciencias no cedan a la tentación del egoísmo, de la
mentira y de la violencia.