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Dos realidades, una sola Iglesia

Lourdes Del Río

Llegué a Estados Unidos el 30 de abril de 1980, dejando atrás una época muy difícil pero a la vez muy enriquecedora, que marcó para siempre mi vida positivamente.

Como católica comprometida viviendo en un país comunista, sufrí lo mismo que todos los que trataban de ser fieles al Evangelio, pero también tuve el gozo de ser parte de una iglesia muy especial, activa, generosa, y creativa. Todavía hoy me parece admirable todo el trabajo que se hacía en aquellos años, a pesar de tantas limitaciones y de un medio tan hostil.

Con la escasez de sacerdotes y religiosas, los laicos tuvimos que asumir un papel muy activo. Contábamos con la experiencia de la Acción Católica, aunque muchos de sus miembros ya habían tenido que salir, y así se fundó el Apostolado Seglar Organizado.

En ocasiones, la fidelidad del laico en Cuba fue heroica; no fueron pocos los que tuvieron que renunciar a estudios superiores (recordemos la famosa “depuración universitaria”); otros fueron expulsados de sus trabajos y algunos hasta encarcelados.

Pese al hostigamiento, la catequesis se mantenía abierta; funcionaban diferentes grupos parroquiales, se estudiaban los documentos del concilio, se comenzaron los encuentros diocesanos de jóvenes, celebrábamos las fiestas patronales con mucho entusiasmo, se compartía cuanto material formativo entraba, se realizaban reuniones ínter-diocesanas y algún laico participaba en reuniones del CELAM.

Muchos templos, visitados por sacerdotes una o dos veces al año, eran atendidos semanalmente por los laicos (surgieron en ese entonces los Ministros de la Palabra y la Eucaristía)

Como éramos pocos, nos conocíamos muy bien –como en la Iglesia primitiva– y, además, las relaciones con sacerdotes y obispos eran muy estrechas.

Al llegar a Estados Unidos el impacto fue tremendo; las iglesias estaban llenas, aunque hubiera varias Misas el domingo; notaba que la mayoría de las personas no se conocía; entraban y salían de Misa sin saludarse; me parecía todo muy frío. Pasaba el tiempo y pensaba que nunca encontraría una comunidad (recorrí varias antes de integrarme a una) Durante un buen tiempo, lo único que hacía era ir a Misa, luego comencé a trabajar de catequista y poco a poco fui entendiendo la realidad de la Iglesia aquí, hasta llegar a formar parte activa de ella. Participar en un Cursillo de Cristiandad contribuyó mucho a que yo descubriera que también aquí había una Iglesia comprometida.

Desde el año 1994 (crisis de Guantánamo) trabajo para la Conferencia de Obispos, en el programa de reasentamiento de cubanos y haitianos, servicio que ha prestado la Iglesia en Estados Unidos por muchos años; me considero muy dichosa al tener esta oportunidad tan extraordinaria de servir a los recién llegados y también a otros no tan recién llegados, pero que también necesitan apoyo y orientación.

Cada día me siento más orgullosa de ser católica

Trabaja para el programa de refugiados de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos