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Hildegard von Bingen: letra y música del Espíritu Santo

Jesús Vega
Especial para La Voz Católica

Como casi la totalidad de la música sacra compuesta antes del año 1300 es anónima, aquellas obras que han sobrevivido hasta nuestros tiempos atribuidas a una persona real, llaman nuestra atención. Y precisamente en el siglo XII, conocido también como “Alto Renacimiento”, se destaca una figura excepcional: Hildegard von Bingen (1098-1179), quien demostró su genialidad en muchos campos del saber, y fue realmente una mujer renacentista. Escritora y artista, compositora, dramaturga y poeta, teóloga y científica, visionaria y profeta que se atrevió a criticar a líderes sociales, inspiró e inspira aún a miles de personas, a cientos de años de su paso por la Tierra.

Décima hija de una prominente familia de la zona del Rin, en Alemania, en el año 1098, sus padres la dedicaron a la Iglesia a la edad de ocho años, encargando de su cuidado a una mujer de la nobleza llamada Jutta, quien llevó a Hildegard con ella al monasterio benedictino de Disibodenberg. A diferencia de otras niñas “asignadas” al internado religioso por razones familiares, la joven, una vez hechos los votos, jamás volvió atrás en su profesión de fe.

Una razón posible radica en las visiones proféticas que experimentaba desde los cinco años, pero no fue hasta los cuarenta y tres, nueve años después de sustituir a Jutta como abadesa del convento, que accedió al llamado cada vez más potente de escribir aquellas visiones, conjuntamente con sus propias interpretaciones teológicas de las mismas.

Al igual que ocurre con un escritor maduro que de repente encuentra un agente, la publicidad y la fama, Hildegard se transformó en “celebridad” espiritual cuando su primera colección de visiones recibió el apoyo del Papa Eugenio III. Hildegard escribió sus visiones en una serie de libros dictados a su escriba y confidente, el monje Volmar: Scivias; Liber Vite Meritorum y De operatione dei.

La abadesa germana también produjo una colección enciclopédica de tratados de medicina y del mundo natural, además de numerosos cantos litúrgicos, cuya composición inició aproximadamente en el año 1140, y que eventualmente se recopilaron bajo el título Symphonia armonie celestium revelationum (“Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales”). Aparte de algunos fragmentos aislados, la Symphonia ha sobrevivido al paso de los siglos en dos manuscritos. El primero de éstos, conocido como Dendermonde, o sólo con la letra D, fue copiado alrededor de 1175, conjuntamente con Liber Vite Meritorum, y enviado como regalo a los monjes de un monasterio belga. Lamentablemente, como suele suceder en el devenir de estos valiosos documentos, han desaparecido varias hojas de la porción musical.

El segundo manuscrito, titulado Riesenkodex (Manuscrito Gigante), o R, fue preparado en la década posterior a la muerte de su autora, en el año 1179; contiene todas las obras visionarias de von Bingen y culmina con la Symphonia y el Ordo Virtutum (“La Obra de las Virtudes”).

Lo sorprendente de esta colección de cantos sacros es que Hildegard von Bingen no tenía experiencia musical o de composición alguna, e incluso jamás hizo alarde de ninguna de estas habilidades. “Compuse y ejecuté el canto llano en alabanza a Dios y a los Santos, a pesar de no haber estudiado jamás notación musical ni interpretación vocal”, dice en sus anotaciones autobiográficas. No obstante, sí señaló en repetidas ocasiones que recibía las revelaciones de esas partituras en su totalidad, tanto la letra como la música, de la misma manera en la cual experimentaba sus visiones celestes. En términos actuales, las “canalizaba” y, posteriormente, alguien versado en notación musical las escribía como corresponde.

Los expertos en historia de la música afirman que el estilo, la intensidad y la armonía alcanzada por estos cantos “canalizados” por la abadesa, no tienen comparación con ninguna creación de su época. Sus letras son cadenas rapsódicas de imágenes que hacen eco de los Salmos y El Cantar de los Cantares. En cuanto a sus melodías, aunque responden a una fórmula, gozan de libertad plena y se adaptan perfectamente a las letras correspondientes, mientras que la gama vocal y la extensión de las piezas superan ampliamente los cantos litúrgicos convencionales que Hildegard y sus hermanas de convento cantaban diariamente como parte de sus ritos.

Al morir, el 17 de septiembre del año 1179, Hildegard von Bingen dejaba tras de sí una relevante herencia espiritual que condujo a su inclusión en el Martirologio Romano. Y, sin duda alguna, dentro de su extraordinaria y diversa creación, siempre ocupará un sitio predominante ese repertorio de 76 piezas de canto llano litúrgico, y el Ordo Virtutum, que se avienen perfectamente a la amplitud de su obra literaria y teológica, gracias a la cual muchos la comparan con Dante Alighieri y William Blake. Sin embargo, yo preferiría ver en ella el soplo de la fuente mayor de las revelaciones, el Espíritu Santo, que le infundió el fuego de la creación, las visiones de lo invisible y el amor a la humanidad como vital creación divina.