Ser madre: Heredad de María Santísima
Sara Mateo y Alberto Barrios
Especial para La Voz Católica
No todos somos madres, pero, todos somos hijos; no hay persona
alguna que no haya nacido de una madre. Del mismo modo, no
existe hijo ni madre, sin un padre. Toda persona humana es hijo
o hija de una madre y un padre; este trío relacional es esencial
a la vida del hombre. Así pues, en la historia personal se es
siempre, ante todo, hijo y, con la madurez, se llega a vivir la
maternidad o la paternidad. Esta vivencia produce una liberación
tremenda para amar. Los padres viven grandes sacrificios desde
que engendran a sus hijos hasta que los conducen a su
crecimiento y maduración. El amor materno-paterno es la
manifestación más concreta del amor de Dios para cada persona.
Por eso todos somos, básicamente, hijos del Padre, de quien
procede el don de ser padre y madre.
Partiendo de esta base, detengámonos en ese atributo maravilloso
que sólo es vivido por la mujer: la maternidad. Ser madre es un
privilegio único. La maternidad se asienta básicamente en la
femineidad, esa particular forma de expresión de la sexualidad
humana que lleva en sí la virtud de ser recipiente de
vida; la capacidad de donar su cuerpo para una nueva vida; el
poder de aceptar ser fecundada y entregarse para hacer nacer y
crecer al nuevo ser, incluyendo la experiencia inefable de
sentir el latido de vida dentro de sí: la entrega total a la
humanidad de un nuevo potencial de amor.
Ese pequeño regalo brota de las entrañas maternas a través del
alumbramiento. Un acto misterioso y divino que, en ocasiones, la
madre no vive en toda su intensidad, incluso espiritual, ya sea
por falta de madurez, de preparación, o por desconocimiento. A
veces, inmersa en los dolores, en el cansancio y los temores, no
repara en que, en ese instante tan trascendente, ella está
participando directamente del más preciado don divino, como
herencia legada por María Santísima.
Pero consideremos que, si grande es alumbrar la vida en el
nacimiento, esta misión de dar a luz a un nuevo ser es una
responsabilidad para toda la vida. Es ofrecerle al hijo el
conocimiento de vivir, de qué hacer con esa vida; es seguir paso
a paso ese crecimiento, ofreciéndole al hijo alimento material,
psicológico y espiritual, integrados para lograr una persona de
bien. Y ésta es la manera más real y concreta en que toda mujer
puede luchar por el bien de la humanidad: vertiendo toda su
creatividad amorosa en esa personita que hace crecer. Es por eso
que todo se detiene en la vida de la mujer, cuando esta es
llamada a la maternidad.
Un crecimiento personal en el Amor
A veces pensamos que la maternidad termina cuando los hijos
nacen, o cuando crecen; pero el ser madre es la nobleza suprema
de la mujer; es proyectar la vida hacia fuera de sí, desde lo
hondo. Es por eso que la maternidad conlleva un crecimiento
personal en el Amor donado por el Padre.
Es preciso ser consciente y asumir que la maternidad nace de un
vínculo trascendente entre María, Madre de Jesús, y todos los
hombres y mujeres del mundo. Ella es Madre de madres, es Ella la
llena de todo bien, de la armonía suprema. Su dichosa
respuesta: “Hágase en mi según tu palabra…”, nos hace mirar
hacia Ella cuando sentimos que no podemos con nuestro papel de
madre, cuando nos percatamos de nuestros errores, cuando nos
cansamos de la lucha y pensamos que no podemos… Ella es la guía;
Ella es testimonio de maternidad.
Recordemos cuántos secretos lleva María en el silencio de su
corazón. A veces no somos capaces de guardar silencio: debemos
tener en cuenta que en la esencia del respeto, está la
discreción. Sigamos a María Madre en el silencio necesario;
aprendamos a no comentar, con familiares y amigos, lo privado de
nuestros hijos; estos silencios reforzarán en ellos la confianza
en la vida, ofreciéndoles seguridad y apoyo; seamos discretos
con su privacidad. Cuántas veces pensamos que lo que hacemos es
bueno para ellos y, queriendo hacer un bien, hacemos el mal que
no queremos… (Cf. Romanos 7, 17-20).
Demos gracias a las madres de todo el mundo, mujeres que han
enriquecido a la humanidad, que han vertido su dolor,
sufrimientos y alegrías en esta bellísima misión. Hagamos
homenaje a esas personas especiales, privilegiadas y
sacrificadas, responsabilizadas, en gran medida, en detener el
mal, haciendo crecer la luz del bien en el mundo.
Y, en todo momento, encomendemos nuestras relaciones con los
hijos a María Madre: Ella es la Madre por excelencia.
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