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Juan Pablo II, el pobre

P. Eduardo M. Barrios, S.J.

Al Papa que despedimos el viernes 8 de abril con el sepelio más concurrido de la historia, lo han calificado de Magno (Grande) y de Santo. Los líderes mundiales no le han escatimado elogios.

Se ha olvidado llamarlo también “pobre”, en base a lo que dice su testamento: “No dejo tras de mí ninguna propiedad de la que sea necesario tomar disposiciones. Por lo que se refiere a las cosas de uso cotidiano que me servían, pido que se distribuyan como se considere oportuno”.

Es cierto que el difunto llegó a sacerdote en una Polonia comunista donde no era fácil hacerse de propiedades. Pero tampoco imposible. Él recibía sueldo como profesor universitario. También le llegaban honorarios por derechos de autor, ya que publicaba libros. Como conferencista exitoso tampoco le faltaban estipendios. Y luego, como obispo auxiliar primero y arzobispo de Cracovia después, tenía derecho a remuneraciones. Si acabó sus días sin dinero, fue porque todo lo pasaba a la institución, la Iglesia.

En cuanto miembro del clero diocesano, le estaba permitido hacerse de ahorros para la vejez, pero él “se descuidó” en eso. Optó por la más radical pobreza evangélica. Por tal se entiende pobreza voluntaria por el Reino de los Cielos.

No toda pobreza hace virtuosa a las personas. La inmensa mayoría de los pobres se pasan la vida suspirando por llegar a ricos mientras ojean u hojean números viejos de la revista ¡Hola!, especializada en ricos y famosos.

La pobreza evangélica brota de la identificación con Cristo, pobre que no tenía “donde reclinar la cabeza” (Lc. 9,58). El agraciado con esa virtud relativiza los bienes materiales por haber absolutizado a Dios y los bienes espirituales de su Reino. Ese pobre es un rico de otro orden.

El párrafo citado del testamento podría tener un efecto muy beneficioso para todo el Pueblo de Dios. Con esas palabras el Papa les predica a clérigos y religiosos que vivan desprendidos de las riquezas materiales.

No es secreto que hombres de Iglesia han escandalizado a la grey con sus debilidades en materia de moral sexual, pues los medios de comunicación han dado amplia cobertura a esos escándalos. Pero no trasciende tanto otro escándalo, el de clérigos y religiosos apegados al dinero y adictos a un estilo de vida nada pobre. Ellos podrían beneficiarse del buen ejemplo del Papa difunto.

¿Y qué decir de los laicos católicos? Pues también entre los laicos hay faltas graves, aunque eso no interese mucho a la prensa. Hay católicos adúlteros, por supuesto, y también los hay avariciosos. Los laicos deben tener presente que la pobreza evangélica es virtud para todo cristiano. No le es lícito a ningún laico programar su vida en función de las riquezas. El cristiano deja de ser discípulo de Cristo desde el momento en que hace del ganar dinero el programa central de su vida. No estamos sugiriendo que los laicos vivan sin nada debajo de un puente. Sólo decimos que deben mantener su libertad interior respecto a los bienes materiales, y dedicar sus mejores energías e intereses a causas más elevadas que el simple acopio de dinero.

En su testamento, el Papa Juan Pablo II hace referencia a “las cosas de uso cotidiano que me servían”. El Papa se servía de cosas materiales como ropa, ajuar de aseo, material de escritorio, etc., pero él no servía a esas cosas. Su corazón estaba centrado más arriba. Esas palabras iluminan la relación que debemos tener con los bienes materiales: Están al servicio nuestro y no al revés.

¡Gracias, Juan Pablo II, por habernos enriquecido con tu pobreza evangélica!

 El autor es un sacerdote jesuita ebarriossj@aol.com