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Nuestro
primer obispo:
Don Luis Peñalver y Cárdenas
La
recia goleta cruje, descargando con gracia su pesado vientre
sobre un inquieto mar de noviembre. La vista de la costa
tranquiliza al capitán, que a gritos ordena recoger las velas y
entrar a remo en el puerto del Mariel. Esta vez no ha podido
atracar en San Cristóbal de la Habana, su ruta habitual. La
naves de un corsario inglés, avistadas más al norte, le han
hecho cambiar el rumbo para proteger al ilustre tripulante que
lleva bajo su responsabilidad: Don Luis María Peñalver y
Cárdenas, Primer Obispo de la Luisiana y las Dos Floridas.
El
Obispo Peñalver volvía a su Habana, la ciudad donde había nacido
en el seno de una de las más acaudaladas e importantes familias
criollas de Cuba. Don Diego Peñalver, su padre, era el Tesorero
Oficial Real de las Cajas Reales y Ministro de la Contaduría
Mayor de Cuentas, y su hermano Ignacio, armado Caballero de la
Orden de Santiago, pronto recibiría de los Borbones el título de
Marqués de los Arcos. Todos los Peñalver constituían un
importantísimo clan familiar, cuyos miembros tenían relaciones,
influencia y peso en casi todos los sectores de la sociedad
colonial de la Isla.
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División eclesiástica que muestra los territorios ocupados por
las diócesis de la Luisiana y la Florida. |
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La
abundante lluvia del trópico refresca la ciudad como si quisiera
darle la bienvenida al prelado, que regresa a su tierra, para
consagrar en la Catedral de San Cristóbal a otro obispo que
también hará historia: Don José Díaz de Espada y Landa.
Rumbo a
la catedral, que él mismo había ayudado a construir, la calesa
se ha detenido ante la puerta del Colegio de San José,
clausurado desde que Carlos III expulsara a la Compañía de Jesús
de todos los territorios de España. Años atrás, la precipitada
salida de los jesuitas había obligado a Peñalver a completar por
sí mismo los estudios secundarios. Recordó con cariño a sus
maestros, los primeros que detectaron en él una clara vocación
al sacerdocio y lo animaron en su amor por los estudios.
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Retrato al óleo del habanero Don Luis Peñalver y Cárdenas,
primer Obispo de la Luisiana y la Florida. El cuadro fue pintado
por José Francisco Xavier de Salazar y Mendoza, por encargo de
la Diócesis de la Luisiana. |
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A los
22 años ya había recibido el doctorado en Sagrada Teología de la
Pontificia Universidad de San Jerónimo de la Habana, para ser
ordenado sacerdote al año siguiente por el Obispo
Echavarría,quien le encomienda enseguida importantes funciones
eclesiásticas.
Su
carácter afable y su gran preocupación por los pobres le ganarán
el aprecio de su obispo y de todos los estamentos eclesiásticos
y civiles. En pocos años será nombrado Provisor y Vicario
General de la Diócesis, Director de la Casa de Recogidas y
Gobernador de la Diócesis.
El
obispo Trespalacios, sucesor de Echavarría, pone bajo su
dirección los trabajos de edificación de la Catedral habanera, y
el gobernador Don Luis de las Casas hará del Padre Peñalver el
mejor consultor y colaborador en todos sus proyectos de
mejoramiento social.
Rico de
cuna, al Padre Peñalver y Cárdenas le gusta socorrer con
sencillez y eficacia las necesidades de los pobres. Sus
contemporáneos lo llamarán el “ángel tutelar de La Habana”,
porque día a día lo ven emplear generosamente su caudal en favor
de los necesitados. Por eso, cuando el ciclón “de Barreto” deja
un gran número de damnificados en la ciudad, él es el primero en
acudir con ayuda efectiva. Fue él el más importante
contribuyente en la edificación de la Casa de Beneficencia para
niños abandonados, y uno de los principales fundadores de la
Sociedad Patriótica de Amigos del País.
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Firma del Arzobispo Peñalver |
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A
fines del siglo XVIII, la Diócesis de la Habana (que
colindaba al norte nada menos que con la diócesis de Quebec),
incluía la Luisiana, las Carolinas y la Florida, territorios que
desde 1763 pertenecieran a Santiago de Cuba. Para atender mejor
tan vasto territorio, el 25 de abril de 1793 se erigió la
diócesis de Novae Aureliae o San Luis de la Luisiana, en Nueva
Orleáns, y para ocupar esa nueva sede episcopal fue nombrado el
habanero Luis Peñalver y Cárdenas, que se convertía así en el
primer obispo de todo lo que hoy llamamos los Estados Unidos de
América.
A los
dos meses de llegar a Nueva Orleáns el Obispo Peñalver emprende
su primera visita pastoral. Durante los tres años y nueve meses
que estuvo al frente de la diócesis, reconstruye los templos,
auxilia a los desamparados e impulsa la obra del Hospital de
Caridad.
Para
atender a la educación de la juventud apoya la fundación del
colegio y el trabajo de las Madres Ursulinas, y aunque es su
mejor promotor, también las amonesta fuertemente, porque éstas,
de cultura y lengua francesa, se niegan a recibir a jóvenes
hispanas en su noviciado.
El
Obispo Peñalver da a todos el testimonio de una vida de piedad e
intenso trabajo pastoral. Lucha contra la indiferencia religiosa
y la laxitud moral que impera en la Luisiana, y condena la
extendida práctica del concubinato entre los esclavos.
Su
trato sencillo y afable hace que las autoridades civiles y
religiosas se fijen en él y lo promuevan a la sede arzobispal de
Guatemala, una diócesis enorme y pobremente atendida, a la que
llegó en 1802.
En la
nueva arquidiócesis comenzó por hacer funcionar con eficacia las
pocas escuelas que encontró y, para que las niñas no se quedaran
sin educación, fundó otras dos más para atenderlas. Mejoró el
Seminario Mayor con nuevas cátedras de enseñanza y reconstruyó
el edificio del beaterio de Santa Rosa, para que las jóvenes
tuvieran allí un sitio apto para su enseñanza. Su labor también
se extendió al campo social con la construcción de caminos y el
mejoramiento de las comunicaciones marítimas.
Amplio
conocedor de la economía, organizó el más completo sistema de
estadísticas conocido hasta entonces en Guatemala, e ideó una
eficaz forma para la comunicación entre los párrocos de su
diócesis. Supo rodearse de los hombres más brillantes y
capacitados de su entorno, y con algunos de ellos fomentó en la
población el uso de la vacuna de Eduardo Jenner.
Su
primera visita pastoral a su diócesis quedó sin completar,
porque una grave afección en los ojos lo obligó a regresar a la
ciudad. Su visión se reducía tan rápidamente que, en abril de
1805, envió su solicitud de dimisión a Roma y la corte real. Una
vez aceptada su renuncia, se retiró a La Habana, donde pasó sus
últimos años completamente ciego, pero bendecido por su
generosidad para con los pobres, a los que socorrió
abundantemente con la fortuna de su familia.
Obras
educativas y de asistencia social recibieron la herencia del
Padre Obispo, que murió llorado por todos el 17 de julio de
1810. Junto con un pueblo desbordado de dolor y gratitud,
participaron en sus honras fúnebres todas las instituciones
civiles y religiosas de La Habana. Honras que también fueron
celebradas con toda solemnidad en la Luisiana y Guatemala, donde
fueron decretados nueve días de luto.
Don Luis Peñalver y Cárdenas, un cubano habanero, el primer
Obispo de la Luisiana y la Florida, fue hombre adelantado a su
tiempo y abierto a toda buena idea que fuera de beneficio para
su pueblo. Un modelo de pastor a la manera de Cristo, un hombre
que, siendo rico de cuna y de cultura, supo emplearlas siempre
en beneficio de los más pobres y abandonados. Por su vida y por
su obra, posiblemente sea él uno de los más puros y hermosos
íconos del legado de la presencia hispana en los Estados Unidos.
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