SU SANTIDAD EL PAPA
 VOZ DEL ARZOBISPO
 ARQUIDIÓCESIS
 CALENDARIO
 MUNDO Y NACIÓN
 AMÉRICA LATINA
 EN LA FLORIDA
 CUBA Y LA DIÁSPORA
 INMIGRACIÓN
 ESPIRITUALIDAD
 ENSEÑAZAS DE
 LA IGLESIA
 REFLEXIONES
 BÍBLICAS
 LETRAS / CINE / ARTE
 EN COMUNIÓN
 QUIENES SOMOS
 ENLACES
 ARCHIVO
 BÚSQUEDA
 PORTADA
 
 

 

Reencuentro con Cristo

Ángeles Martínez Sánchez
Especial para La Voz Católica

–Cuando me muera quiero que me pongas una vela en la Iglesia del Pino, ¿lo harás?

–Tranquila, te prometo que será lo primero que haré al conocer la noticia.

Cumplí mi promesa a las dos semanas de haber sido pronunciada. Una hermosa tarde de abril, entré en la Iglesia del Pino, oré ante la Virgen y deposité una vela en su memoria.

Conocí a Irene en el Albergue de San Juan de Dios, situado en el centro histórico de Barcelona. Los turistas que se dirigen a las Ramblas ignoran que allí se ofrecen servicios de alojamiento y comida a vagabundos y transeúntes. En el año 1992, los Provinciales de la Orden, conjuntamente con los Departamentos de Justicia y Sanidad del Gobierno de la Generalitat de Cataluña, pusieron en marcha una Unidad de Curas Paliativas para enfermos terminales de SIDA en situación de prisión o marginación social.

Irene era paciente de la Unidad de Curas Paliativas. Toxicómana en su juventud; presa en la cárcel de mujeres de Wad Ras; enferma de sida en situación de excarcelación por muerte próxima; madre de un niño tutelado por el Departamento de Justicia, era una mujer bella y alegre.

El P. Rafael me había advirtido de las duras pruebas a las que son sometidos los voluntarios. No se equivocó. El primer día, Irene intuyó mi nerviosismo mal disimulado. Inquisitiva y altanera, me pidió que la acompañara a su habitación; tenía que arreglarse para salir a pasear. Mientras se vestía, no pude evitar observar sus cicatrices, su extrema delgadez, la ínfima textura de su piel.

En la mesita de noche había una fotografía. Le pregunté quién era y su semblante se iluminó. El niño de los ojos tristes era su hijo.

Él estableció entre ambas un invisible cordón umbilical que marcó el inicio de una intensa relación. Las Ramblas barcelonesas, las angostas calles del casco histórico, el café con leche y los pastelitos, fueron testigos de confidencias dulces y amargas.

Nuestros encuentros tenían un riguroso calendario: las tardes de los lunes y miércoles, de cinco a nueve de la noche. Disponíamos de cuatro horas con un estricto programa: vestirse, pasear, cenar. Inconscientemente, establecimos un acuerdo tácito para desterrar la monotonía de las actividades cotidianas. Aceptamos la inexorable sentencia de una muerte próxima, convirtiendo a la Parca en la tercera persona de un trío singular.

Al mes de conocernos, el P. Rafael me invitó a la Misa que se celebraba en el comedor del albergue. Los enfermos, sentados; en pie, los médicos, las enfermeras y los voluntarios. Asistí a un austero oficio religioso desprovisto de altar y de cálices. Él Padre nos explicó la historia de San Juan de Dios, fundador de la Orden. Nos contagió su alegría, nos bendijo suavemente.

Irene estaba radiante. Las huellas de la terrible enfermedad apenas eran perceptibles. Al estrechar nuestras manos en el acto de darnos la paz, la sentí más viva que nunca.

Aquella tarde, abdiqué de mi agnosticismo. A partir de aquel momento recuperé en mí la fe en el Dios que está al lado de los que sufren. Me reencontré con la doctrina del Cristo defensor de los más necesitados. Dejé de ser una voluntaria para convertirme en miembro activo de una comunidad religiosa: la de la orden de San Juan de Dios, que practica el amor y el cuidado de los parias del siglo XXI: delincuentes, enfermos de SIDA, vagabundos, drogadictos.

Irene permaneció siete meses ingresada en el albergue: cuatro de ellos los vivimos juntas. Fue, es, y será mi amiga mientras yo viva.

 mailto:angieeo@hotmail.com

Ejerce la investigación histórica y trabaja como técnica en proyectos de formación para personas con graves problemas sociales.