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El Padre Villaronga vivió y murió
para acercar la familia a Cristo

Agustín A. Román
Obispo Auxiliar Emérito

El P. Ángel Villarronga

El 14 de abril llegaba a la Ermita de la Caridad una familia muy compungida y se acercaba al Padre Rector. Uno de ellos, un hombre trabajador y sincero, lloraba sin consuelo. Había sido quien, sin desearlo en modo alguno, había ocasionado el accidente automovilístico en que murió el P. Ángel Villaronga, y ahora se preparaba para encontrarse con su familia.

Dos días antes, el 12 de abril, nos había llegado en la noche la triste noticia de que el P. Ángel Villaronga había muerto en un accidente cuando conducía su automóvil en camino a la Casa Caná, en Hialeah. Se dirigía, como siempre, a predicar a los matrimonios del Movimiento Familiar Cristiano, institución que él había fundado en 1962 y que atendió cuidadosamente durante 43 años.

El P. Villaronga, fiel a la enseñanza de la Iglesia, estaba convencido de que la familia es una prioridad en el trabajo evangelizador, y por esto se gastaba en la atención a los matrimonios que buscaban la luz del Evangelio, que él les ofrecía ya en encuentros, misiones o conferencias, y en su atención personal a los que se le acercaban. Su lema era: “Un mundo mejor a través de una familia más feliz.” Él fue un ejemplo para todos nosotros en esta dedicación a la familia.

Este fraile franciscano era muy bien conocido en la Arquidiócesis de Miami, y en tantas otras partes donde proclamaba la Palabra de Dios. Durante la preparación del Sínodo de Miami, entre los años 1985 y1988, fue necesario realizar varias encuestas para conocer las diferentes opiniones, y recuerdo que el sacerdote más conocido entre todos nosotros era el P. Villaronga. Sus constantes programas a través de los medios de comunicación, especialmente en la radio, hicieron llegar el Evangelio a miles y miles de personas que buscaban a Dios y con él lo encontraban.

Este autentico franciscano predicaba la verdad del Evangelio con integridad y, al mismo tiempo, con el buen sabor de quien lo vive intensamente. En su familia, desde su nacimiento, había vivido la fe cristiana. Sus padres, siempre unidos a la Orden Franciscana, le pasaron el espíritu de Asís desde muy temprano y, muy temprano también, decidió seguir a Cristo hasta el sacerdocio en la misma familia de San Francisco. Estudió en Aránzazu, en las montañas del norte de España, y al ser ordenado sacerdote, el 17 de febrero de 1951, regresó a Cuba, donde ejerció su ministerio hasta la expulsión de los sacerdotes en 1961, año en que comenzó a ejercer su ministerio en esta Arquidiócesis de Miami.

Sólo Dios podrá contar los miles que se han convertido al oír su predicación. Muchos lo seguían en los retiros y misiones parroquiales y, entre tantos, los miembros de su familia, que lo acompañaron hasta su muerte. Al llegar al hospital ya había fallecido y tenía una mano cerrada. Al abrirla, encontraron que llevaba en ella un crucifijo, el mismo que pusieron en sus manos al exponer su cadáver en la parroquia de St. Michael. Ahora comprendemos aun mejor por qué había movido a tantos corazones con el sermón de la Pasión: meditaba en ella, como buen franciscano, en sus viajes. Hasta el viaje final.

Con el dolor de quien se separa de un ser querido, sus hermanos, sobrinos y familiares, al recibir el cadáver en la funeraria oraron juntos por su alma y también por quien había causado el fatal accidente. Y esa noche, cuando miles de fieles pasaban frente al cadáver del querido sacerdote y su familia recibía el pésame, llegó el Padre Rector de la Ermita, con este pobre hombre que, sin culpabilidad, se sentía culpable. Se acercaba apenado a la familia, que estaba reunida. Cuál no sería su sorpresa al producirse el “Encuentro de la Misericordia.”

Los hermanos, sobrinos y familiares del P. Villaronga se acercaron a él y lo abrazaron: le trataron con la caridad que se trata a un hermano. Lo consolaron y trataron de hacerle comprender que hay cosas que ocurren aunque uno no quisiera haberlas hecho. Todos se sorprendían de que quien pudiera haber sido censurado, fuera tratado con tanta caridad, ofreciéndosele el perdón.

Ahora este hombre, su esposa y su hijito se disponen a recibir el bautismo y a comenzar así su vida cristiana en la Iglesia. No conozco, entre las miles de familias que el P. Villaronga acercó a Cristo, cuál sería la primera. Sí estoy seguro que ésta fue la última. Murió para despertar a una familia que tal vez nunca hubiera encontrado a su Salvador.

El P. Villaronga vivió y murió para acercar las familias a Cristo en su Iglesia.