España, aparta de ti este cáliz
La frase que encabeza este artículo es casi del poeta
peruano César Vallejo. La escribió ante el holocausto de la
Guerra Civil Española. Hace ya muchas décadas que no corre la
sangre por las tierras de España, pero ahora el país de cuya
cultura somos herederos, se enfrenta a una nueva y angustiosa
prueba: la de verse convertido –según resulta cada vez más
evidente– en uno de los laboratorios mundiales para ensayar la
embestida “final” contra los valores del cristianismo.
Desde la toma de posesión del nuevo gobierno, y al amparo de la
incuestionable libertad de expresión, en España se ha visto
levantarse una verdadera ola de “reclamaciones” que, bajo la
atractiva cobertura de garantizar los derechos de quienes han
sido tradicionalmente discriminados, no es sino la “punta de un
iceberg” formidable, según lo denunció recientemente el obispo
de Segorbe-Castellón y Presidente de la Comisión Episcopal de la
Familia, Mons. Juan Antonio Reig Pla, al asegurar que el
proyecto de ley que equipara las uniones entre personas
homosexuales y el matrimonio, “seguido de una fuerte campaña
mediática plagada de engaños, no es más que la punta del iceberg
de un plan demoledor concebido desde el laicismo militante y el
feminismo radical”, y cuyo verdadero objetivo es minar y
finalmente destruir la civilización cristiana a través de la
manipulación del lenguaje, la imposición de la “ideología de
género” y de una concepción anárquica de la libertad.
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Vista
aérea de la Plaza de Cibeles y la calle de Alcalá, de Madrid,
donde tuvo lugar, el 18 de junio, la manifestación convocada por
el Foro de la Familia contra la equiparación de las uniones
entre personas homosexuales y el matrimonio. EFE/J.C. Hidalgo |
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Poniendo al descubierto las raíces ideológicas del plan, el
obispo señaló que “este programa completo, junto a la distorsión
de la sexualidad como dimensión de la persona, pretende la
imposición de la ‘ideología de género’, en la que se concitan
reductos del pensamiento marxista y neoliberal radical para
conseguir una sociedad sin clases… de sexos”.
Mons. Reig Pla precisó que lo que se trata de imponer es el
“concepto marxista de sociedad sin clases, en este caso sin
sexos definidos… Se trata de un concepto anárquico de libertad…
Para ello se toma como pretexto la inclinación homosexual y la
exaltación de la mujer, destruyendo el estorbo de la naturaleza
humana”.
El objetivo último de todo esto, afirmó, “es destruir la
civilización cristiana, ya que en ella se ha gestado la
‘antropología adecuada’. Para ello se manipula el lenguaje
hablando de ‘nuevos derechos’ inexistentes, se cambia la
identidad de la persona (unidad cuerpo-espíritu); se borran las
huellas de la diferencia sexual (varón-mujer) encaminada a la
reciprocidad mutua y el don de sí; se destruye la institución
matrimonial (comunidad de vida y amor orientada a la procreación)
y se dinamita la familia con las consiguientes relaciones
familiares: paternidad-maternidad-filiación”.
Madrid, “Capital Mundial de la Familia”
Por su parte, el obispo de Málaga, Mons. Antonio Dorado Soto,
declaró recientemente que, aunque en la España actual “no se
aplica a los católicos la tortura física”, sí se los somete a
torturas psicológicas, “que no son menos dolorosas y graves”.
“Estas actitudes intransigentes”, advirtió el obispo, “están
creando un clima de tensión que puede hacer un gran daño a la
convivencia pacífica, a la libertad de pensamiento” y religiosa.
“Los católicos tenemos derecho al respeto debido a nuestras
creencias y a nuestros símbolos, también por las personas que no
se consideran creyentes. ¡Sólo exigimos respeto y tolerancia!”,
afirmó.
“Es necesario que no ocultemos, por miedo, la fe en Jesucristo,
ni callemos cuando se presente la ocasión de dar testimonio de
ella”, proclamó.
Ante la grave amenaza que la legalización del “matrimonio” entre
personas del mismo sexo representa para las bases de la sociedad
cristiana, el 18 de junio tuvo lugar en Madrid una gran
manifestación, convocada por el Foro Español de la Familia (FEF).
Quince federaciones internacionales con presencia en 60 países,
y más de mil ONG de 27 naciones del mundo, respaldaron la
manifestación, que convirtió a Madrid en la “Capital Mundial de
la Familia”. El apoyo de estas organizaciones superó “con creces
todas las expectativas de la Red Europea del Instituto de
Política Familiar” (IPF), según un comunicado de dicha
institución. Del millar de asociaciones que apoyaron la
manifestación, 400 eran europeas, 650 americanas y 25 de Oceanía.
De los 27 países representados, 16 eran europeos, nueve
americanos, uno de África y otro de Oceanía.
Según señaló la representante de la Red Europea, “Madrid se ha
convertido en la capital mundial de la familia”, pues 30
millones de ellas “se han adherido a través de asociaciones
presentes en los cinco continentes” y han manifestado su rechazo
al proyecto de ley, “mediante el envío de cartas y el anuncio de
concentraciones en las embajadas españolas”.
El 18 de junio, más de un millón de personas procedentes de más
de 40 ciudades de España se reunieron desde temprano en la Plaza
de Cibeles, de Madrid, y desde allí marcharon hasta la Puerta
del Sol, exigiendo al gobierno de dicho país que se abstenga de
aprobar la equiparación legal de las uniones homosexuales con el
matrimonio, así como la adopción de menores por parejas del
mismo sexo. Según reportó la agencia informativa ACI,
“integrantes de cientos de asociaciones familiares, educativas,
de derechos humanos, partidos políticos de diversas tendencias,
ciudadanos comunes, así como miles de feligreses de diferentes
diócesis y miembros de movimientos eclesiales acompañados por
una veintena de obispos” –entre los que se encontraban los
arzobispos de Madrid y de Toledo, Cardenal Antonio María Rouco y
Mons. Antonio Cañizares, respectivamente–, participaron en la
manifestación, bajo el lema La familia SÍ importa.
Al concluir la marcha –que transcurrió “con normalidad y sin
incidentes”, según informó la Dirección General de Policía–, la
periodista locutora de la Cadena COPE, Cristina López
Schlichting, dio lectura a un manifiesto en el que se recordó al
gobierno del país que la familia es la institución más
prestigiosa entre los españoles, así como la más solidaria y
eficaz, y se exigió al Ejecutivo la protección del matrimonio y
los hijos, el respeto a los derechos de la infancia, la garantía
de libertad educativa y el respeto a toda vida humana.
El “terrorismo verbal” de la propaganda
El 22 de junio, después de un intenso debate, el pleno del
Senado español vetó el proyecto de ley para equiparar las
uniones homosexuales al matrimonio y permitir la adopción de
menores por parejas del mismo sexo. La propuesta de veto fue
aprobada por 131 votos contra 119. Ahora, el proyecto de ley a
favor del matrimonio entre homosexuales será devuelto al
Congreso de los Diputados –donde el partido de gobierno dispone
de un respaldo mayoritario, para ser sometido a votación el
próximo 30 de junio.
“Aprobar esta ley sin consenso sería una nueva muestra de la
falta de voluntad del Ejecutivo de escuchar a numerosos sectores
y de imponer sus proyectos sin ningún diálogo con la sociedad.
Exigimos a Zapatero la retirada inmediata del proyecto de Ley
del Parlamento”, declaró Ignacio Arsuaga, presidente de la
plataforma que realizo la manifestación del 18 de junio en
Madrid.
Con el fin de contrarrestar los efectos de esta marcha, los
partidarios de redefinir la familia y el matrimonio sobre bases
que desconocen que ambos se fundamentan en la pareja natural
humana –hombre y mujer–, han convocado al “Día del orgullo
gay”, programado para el 2 de julio en Madrid, donde aspiran
a reunir a 1.8 millones de personas. Ante la magnitud de esta
cifra, es preciso tener en cuenta el inmenso mecanismo de
propaganda que se está moviendo tras la aparente defensa de los
derechos humanos de los homosexuales, con su apelación a
fórmulas muy bien establecidas para manipular el pensamiento de
los individuos y de la sociedad. Y el blanco principal de este
aparato de propaganda es la Iglesia Católica, la institución
universal más efectiva en la defensa del matrimonio y la familia.
Para los voceros de este mecanismo de propaganda, la
participación de entre 15 y 20 obispos en la manifestación del
18 de junio en Madrid representa “la vuelta del
nacionalcatolicismo y de la extrema derecha”, declaró la
presidenta de la Federación Estatal de Lesbianas y Gays de
España, Beatriz Gimeno, quien calificó la concentración de acto
“ruin” cuyo “único fin es ir contra los homosexuales” y sus
derechos. “Es la manifestación de la intolerancia”, sentenció
Gimeno. La asistencia del arzobispo de Madrid y de otros obispos
a la concentración “es una imagen sacada de hace 30 años”,
afirmó.
Una aviesa pero muy efectiva demagogia se ha alzado ante la
conciencia de los españoles, y de los ciudadanos de otros muchos
países del mundo: el “terrorismo verbal”. Se trata de un viejo y
eficaz procedimiento para manipular la conciencia social:
aplicar a lo que se desea destruir “etiquetas” previamente
establecidas y aceptadas como negativas. Se hizo en la Rusia
soviética y en la Alemania nazi –por sólo citar los dos ejemplos
más notorios en el mundo occidental– como procedimiento
expeditivo para condenar el pensamiento de quienes no se
plegaban al modelo oficial. Y se está haciendo ahora en las
“democracias” hasta el punto de cuestionar la obra de la
naturaleza y tratar de revertirla en nombre de los legítimos
derechos de las minorías. En nombre de estos derechos, se está
tratando de chantajear a la sociedad occidental y cristiana para
que se avergüence de sus legítimos valores y se despoje de ellos,
a cambio de una “libertad” que hoy exige redefinir el matrimonio
como “la unión legal de dos personas independientemente de su
sexo”, y que más tarde podría proponer fórmulas aún más “abarcadoras”,
como lo sería “la unión legal de dos o más personas
independientemente de su sexo”.
El proyecto de redefinir el matrimonio, realmente, no se propone
defender las “preferencias” de quienes viven su sexualidad de
manera contraria a la natural, sino imponer a toda la sociedad
el desquiciamiento de sus instituciones básicas –el matrimonio y
la familia–, para convertírselas en dos ruinas que un día habría
que mirar con nostalgia si hoy no se defienden con firmeza.
La sexualidad humana es demasiado fuerte –en todas sus
manifestaciones– para que las estructuras legales puedan
reprimirla. Las más encarnizadas y horrendas persecuciones no lo
han logrado nunca, ni lo lograrán jamás. El sufrimiento de los
perseguidos de todas las épocas es un clamor que aún se escucha
en el mundo. Pero es una horrenda falacia utilizar ese
sufrimiento para lograr la “magia” del consenso democrático en
favor de una monstruosidad como nunca antes se había visto en el
planeta: la abolición de leyes tan naturales como las que se
fundamentan, primero que todo, en la antropología; leyes que
nunca se había considerado necesario estipular en ningún texto,
simplemente porque son tan consustanciales al género humano como
el instinto de conservación que éste comparte con todo lo que
vive.
Lo que está sucediendo en España no es un hecho aislado. Al
contrario, es una manifestación muy visible de un proceso que ya
se ha puesto en marcha en muchos países del mundo, entre ellos
el nuestro.
Como señaló el obispo de Málaga, Mons. Antonio Dorado Soto: “Es
necesario que no ocultemos, por miedo, la fe en Jesucristo, ni
callemos cuando se presente la ocasión de dar testimonio de ella”.
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