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Nuestras remesas: ¿Al César o a Dios?
He
hablado y escrito en anteriores ocasiones sobre la enorme y
creciente importancia que cobra cada día el fenómeno de las
remesas enviadas por la comunidad hispana a sus lugares de
origen. En algunos países destinatarios las remesas –como lo han
estudiado y analizado entidades como el Banco Interamericano de
Desarrollo o el Banco Mundial– han venido a convertirse en el
segundo y hasta el primer renglón de la economía nacional.
Los números actualizados nos dicen que son más de 40 mil
millones de dólares los remitidos desde Estados Unidos a
diferentes rincones de América Latina, lo cual revela el
fenómeno bicultural según el cual los hispanos residentes en
esta nación cooperan con las economías de sus naciones de origen,
pero –al mismo tiempo– contribuyen de manera muy significativa
al progreso económico y social de los Estados Unidos de
Norteamérica. Contribución ésta en y a los Estados Unidos que se
da no sólo en cuanto a producción material y económica se
refiere, sino –también y sobre todo– en cuanto a un
enriquecimiento cultural que va forjando un nuevo perfil de lo
que es y será –en el futuro próximo– la sociedad norteamericana.
Conocemos de primera mano el enorme sacrificio que en cuotas de
trabajo, renuncias y nostalgias supone el giro de remesas por
parte de los destinatarios a sus familiares y amigos. Este
sacrificio se agranda si se tiene en cuenta que las
organizaciones que prestan su intermediación financiera para el
envío de los dineros abusan tremendamente, tanto de la
generosidad y pobreza de quien remite en los Estados Unidos,
como de la necesidad de quienes lo requieren y reciben en
nuestras naciones latinoamericanas, imponiendo altas tasas de
sobrecostos a dichas remesas.
Es deplorable la falta de líderes visionarios que, surgidos de
las mismas entrañas de nuestra comunidad hispana residente en
los Estados Unidos, sepan captar la importancia de cada momento
histórico, “los signos de los tiempos”, las coyunturas que en
ellos se dan y los temas y problemas importantes –para la
propia Comunidad Hispana– que en ellos acontecen, para
encauzarlos, por ejemplo, en la dirección de mejorar las
relaciones entre nuestra comunidad hispana y los estamentos
deliberativos de la sociedad norteamericana, así como las
relaciones entre los Estados Unidos y América Latina. Un manejo
mejor liderado, justo, conciente y razonable de temas como el de
las remesas, traería, sin duda alguna, una mayor cooperación y
una mejor calidad de vida para multitudes de pobres remitentes o
destinatarios de las remesas.
Porque este tema de las remesas implica un cambio rotundo en el
paisaje social de la nación que remite y de las naciones que
reciben, pues la llamada “globalización” ha de ser globalización
equitativa de beneficios para todos (hombres y pueblos), en vez
de globalización y mayor generalización de la miseria hacia la
que transitan penosa e injustamente las enormes mayorías pobres
del mundo.
El tema de las remesas en particular, y el migratorio en
general, requieren liderazgo, análisis y soluciones prontas y
eficaces por parte de quienes rigen los destinos de nuestros
pueblos. El fenómeno migratorio, con todo lo que ello implica de
renuncias, sacrificios, pérdida de lazos e identidades, fuga de
cerebros y capitales, etcétera, es y seguirá siendo tema de
enorme importancia. No afrontarlo como es debido supone estar
dando la espalda a millones de personas que hoy lo padecen de
manera directa (emigrantes) o indirecta (familiares y pueblos)
que son abandonados, no siempre por razones económicas.
Si a los gobiernos de América Latina les ha faltado
independencia y coraje para dialogar sobre este específico tema
con los Estados Unidos de Norteamérica, a los líderes de esta
nación que nos acoge les ha faltado justicia para legalizar la
situación de millones de emigrantes hispanos que, con trabajo y
sudor, contribuyen a la grandeza y poderío de este país y que,
sin embargo, continúan en la penumbra y el limbo de la
ilegalidad que propicia injusticia, permite opresión,
explotación y toda clase de abusos que ofenden la dignidad de la
persona humana y sus más elementales derechos, de los cuales se
ufanan como pioneros y defensores los legisladores de los
Estados Unidos de Norteamérica. ¡Al César lo que es el del
César y a Dios lo que es de Dios!
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