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Nuestras remesas: ¿Al César o a Dios?

Mario Paredes

He hablado y escrito en anteriores ocasiones sobre la enorme y creciente importancia que cobra cada día el fenómeno de las remesas enviadas por la comunidad hispana a sus lugares de origen. En algunos países destinatarios las remesas –como lo han estudiado y analizado entidades como el Banco Interamericano de Desarrollo o el Banco Mundial– han venido a convertirse en el segundo y hasta el primer renglón de la economía nacional.

Los números actualizados nos dicen que son más de 40 mil millones de dólares los remitidos desde Estados Unidos a diferentes rincones de América Latina, lo cual revela el fenómeno bicultural según el cual los hispanos residentes en esta nación cooperan con las economías de sus naciones de origen, pero –al mismo tiempo– contribuyen de manera muy significativa al progreso económico y social de los Estados Unidos de Norteamérica. Contribución ésta en y a los Estados Unidos que se da no sólo en cuanto a producción material y económica se refiere, sino –también y sobre todo– en cuanto a un enriquecimiento cultural que va forjando un nuevo perfil de lo que es y será –en el futuro próximo– la sociedad norteamericana.

Conocemos de primera mano el enorme sacrificio que en cuotas de trabajo, renuncias y nostalgias supone el giro de remesas por parte de los destinatarios a sus familiares y amigos. Este sacrificio se agranda si se tiene en cuenta que las organizaciones que prestan su intermediación financiera para el envío de los dineros abusan tremendamente, tanto de la generosidad y pobreza de quien remite en los Estados Unidos, como de la necesidad de quienes lo requieren y reciben en nuestras naciones latinoamericanas, imponiendo altas tasas de sobrecostos a dichas remesas.

Es deplorable la falta de líderes visionarios que, surgidos de las mismas entrañas de nuestra comunidad hispana residente en los Estados Unidos, sepan captar la importancia de cada momento histórico, “los signos de los tiempos”, las coyunturas que en ellos se dan y los temas y problemas importantes  –para la propia Comunidad Hispana– que en ellos acontecen, para encauzarlos, por ejemplo, en la dirección de mejorar las relaciones entre nuestra comunidad hispana y los estamentos deliberativos de la sociedad norteamericana, así como las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina. Un manejo mejor liderado, justo, conciente y razonable de temas como el de las remesas, traería, sin duda alguna, una mayor cooperación y una mejor calidad de vida para multitudes de pobres remitentes o destinatarios de las remesas.

Porque este tema de las remesas implica un cambio rotundo en el paisaje social de la nación que remite y de las naciones que reciben, pues la llamada “globalización” ha de ser globalización equitativa de beneficios para todos (hombres y pueblos), en vez de globalización y mayor generalización de la miseria hacia la que transitan penosa e injustamente las enormes mayorías pobres del mundo.

El tema de las remesas en particular, y el migratorio en general, requieren liderazgo, análisis y soluciones prontas y eficaces por parte de quienes rigen los destinos de nuestros pueblos. El fenómeno migratorio, con todo lo que ello implica de renuncias, sacrificios, pérdida de lazos e identidades, fuga de cerebros y capitales, etcétera, es y seguirá siendo tema de enorme importancia. No afrontarlo como es debido supone estar dando la espalda a millones de personas que hoy lo padecen de manera directa (emigrantes) o indirecta (familiares y pueblos) que son abandonados, no siempre por razones económicas.

Si a los gobiernos de América Latina les ha faltado independencia y coraje para dialogar sobre este específico tema con los Estados Unidos de Norteamérica, a los líderes de esta nación que nos acoge les ha faltado justicia para legalizar la situación de millones de emigrantes hispanos que, con trabajo y sudor, contribuyen a la grandeza y poderío de este país y que, sin embargo, continúan en la penumbra y el limbo de la ilegalidad que propicia injusticia, permite opresión, explotación y toda clase de abusos que ofenden la dignidad de la persona humana y sus más elementales derechos, de los cuales se ufanan como pioneros y defensores los legisladores de los Estados Unidos de Norteamérica. ¡Al César lo que es el del César y a Dios lo que es de Dios!