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Esteban Salas, de la oscuridad a la gloria

Jesús Vega
Especial para La Voz Católica

Siempre que se transita por la historia de la música barroca latinoamericana, surge enseguida un nombre que es sinónimo de eternidad. El cubano Esteban Salas y Castro (1725-1803) es, sin duda alguna, uno de los compositores de mayor relevancia del continente americano. Pero, como ha ocurrido en múltiples ocasiones, su obra ha permanecido inédita casi en su totalidad desde su muerte en la ciudad de Santiago de Cuba, a inicios del siglo XIX, y sólo a partir de los años noventa se han comenzado a realizar grabaciones de su amplísimo repertorio por varias agrupaciones vocales cubanas.

Aunque, después de su fallecimiento, su recuerdo nunca se perdió del todo, pues su nombre aparece en una breve cita del Semanario Cubano de Santiago de Cuba en 1856, su obra permaneció en la oscuridad más absoluta hasta que el escritor y musicólogo Alejo Carpentier dio a conocer su biografía en 1945, y le dedicó un extenso capítulo de su libro La música en Cuba (1946).

La vida de Salas en La Habana está velada por el misterio y la carencia de datos, pues hasta se desconoce su fecha de nacimiento; pero se asume que en esa ciudad fue perfeccionando sus conocimientos musicales a través de numerosas fuentes, desempeñándose como cantor en la Parroquial Mayor, que hacía oficio de Catedral, donde además fue violinista y organista. También cursó estudios de Filosofía y Derecho Canónico con vistas a su ordenación sacerdotal, la que, sin embargo, no tuvo lugar hasta 1790, en uno de los episodios más poéticos y conmovedores de su vida.

En 1764 fue enviado a Santiago de Cuba, entonces capital de la isla, para fortalecer la capilla musical de la Catedral, una tarea que fue objetivo central de su vida. De esta etapa emerge toda su obra conocida (la sección “habanera” se perdió, presumiblemente durante los incendios de la invasión inglesa de 1762), que se conserva aún en manuscritos originales y copias que conformaron el repertorio litúrgico habitual en la iglesia mayor santiaguera.

Salas, austero y dedicado, se aplicó enteramente a componer para las más variadas festividades eclesiásticas (Navidad, Semana Santa, Letanías de los Santos), así como misas, oficios comunes o de difuntos, y, sobre todo, para las celebraciones de la Virgen, especialmente la del Carmen, de la que era muy devoto. Todas estas piezas recibían la denominación genérica de “villancicos”, “cantadas”, “devociones” o “pasionarios”. Pero, independientemente del nombre que puedan haber recibido, conforman un cuerpo creativo en el que predomina, por una parte, el respeto a la tradición barroca del contrapunto y la polifonía; mientras que, por la otra, se aprecia una gran capacidad de innovación, de creación de un estilo inconfundible por su elegancia y frescura, sin igual entre sus contemporáneos o sus escasos discípulos (entre los que figuraron Hierrezuelo y París, en Santiago de Cuba); una cualidad que lo ubica entre los enigmas de la música americana de cualquier circunstancia histórica, pues Salas fue un gran conocedor de la técnica del violín, que empleó con el virtuosismo de Corelli. Además, dominaba la fuga y el contrapunto con una fidelidad impensable en el trópico.

Su arte musical refleja influencias españolas (Juan del Vado, J. Bautista Comes); italianas (Durante, Pórpora, Paisiello, Righini, Pergolesi), y, sorprendentemente, de Geminiani; e incluso el conjunto de músicos que logró reunir con sus sacrificios (flautas, oboes, trompas y violas) llegó a interpretar obras de Haydn, Pleyel y Gossec.

En 1789, llegó a Santiago el Obispo Antonio Feliú y Centeno. Mientras el Cabildo le daba el recibimiento usual a personas de su rango, el prelado advirtió cómo Esteban Salas, ya un anciano de venerable cabellera blanca (tenía 65 años), permanecía modestamente en medio de los monaguillos. Sin perder un momento, fue hacia él, lo abrazó, y le pidió cariñosamente que solicitara su ordenación. Esta vez, el músico, quien no se consideraba digno del sacerdocio, rompió con sus principios de humildad, recibiendo la tonsura en noviembre de ese mismo año. En marzo de 1790 ya era presbítero, para alegría de sus discípulos.

Pero la dicha de entrar al servicio del Señor no lo eximió de la penuria, en lo que tal vez fue la prueba suma de su vida. La Hacienda Real le impuso un embargo, al no poder devolver un adelanto para los músicos de su capilla. La metrópolis nunca escuchó sus ruegos de mejoría para su iglesia, pero sí fue capaz de desposeer a un pobre clérigo anciano de lo más necesario para su subsistencia. Cuando una Real Cédula le dio la indulgencia en 1801, eximiéndolo de la deuda, ya Salas “era un espectro de sí mismo”, como acota Carpentier en su biografía, y murió dos años más tarde, después de desempeñar su cargo durante treinta y nueve años.

Sin embargo, la iglesia cubana hizo que a los ciento noventa años de su fallecimiento, renaciera de nuevo. En la noche del 14 de julio de 1993, y en presencia del Arzobispo de Santiago de Cuba, Mons. Pedro Meurice Estíu, su cadáver fue reinhumado y colocado en su sepultura definitiva en la catedral de la ciudad oriental. Allí se interpretaron por primera vez sus villancicos y cantadas, con la misma intensidad que debieron haber logrado en tiempos del humilde pero genial músico y religioso. Se iniciaba, finalmente, el merecido tránsito, de la oscuridad a la gloria definitiva, del presbítero Esteban Salas y Castro, un maestro del barroco cubano, latinoamericano y universal.