En el Año de la Eucaristía…
La paradoja de ser cristiano
P. Juan J. Sosa
Miami
Se
habla mucho de los temas que puedan ofrecer una visión global a
nuestras experiencias cotidianas. En ellos descubrimos una
fuente de identidad y un modo de conversar con aquellos que, en
común, comparten nuestras mismas experiencias. Surgen entre
nosotros, por lo tanto, diferentes temas que nos ponen en
contacto con nuestra vida existencial: temas de historia que nos
unen, o de la naturaleza, o temas sobre el arte o la música.
Ninguno de ellos, por muy interesante que sean, toca a fondo la
profundidad de nuestro ser. Solamente lo llega a hacer el tema
de la “fe”.
Este tema, como tal, ni es un tópico de conversación intelectual
que se utiliza en debates para satisfacer el raciocinio humano,
ni es un tema pragmático que sirva exclusivamente para medir por
estadísticas las opiniones de los que participan en encuestas.
Aunque tanto la reflexión como los métodos cuantitativos puedan
ayudar a comprender mejor la experiencia de fe de varios grupos
humanos, esta realidad que nace de Dios y se siembra en nuestros
corazones por la predicación de la Iglesia se convierte en sí en
una paradoja que solamente se puede experimentar desde “adentro”.
Es la paradoja de la Cruz, del amor, de la entrega sin
condiciones. Es la paradoja que el mismo Jesucristo plasma ante
nosotros y que nos invita a abrazar profundamente, para que
podamos evaluar nuestras vidas a diario y así convertir nuestros
corazones, sin reparos o excusas, a Su llamada a seguirle.
Muchos, quizás, no quieran entender esta realidad paradójica por
la que Dios se hizo uno de nosotros con el fin de entregar Su
vida para rescatar a la humanidad del odio, del mal y del
pecado. Muchos hay, sin embargo, que la buscan, porque no
encuentran sentido en su vida y porque no les sacia nada de lo
que la vida humana les ofrece en su actualidad. Otros, sin
embargo, anhelan tocar con sus manos a Dios, buscando la
seguridad del mañana en el ocultismo de la vida religiosa,
quizás por medios esotéricos o mágicos. Ante esta búsqueda
cotidiana de los que viven “por vivir” pero no saben “cómo”, nos
encontramos nosotros, los cristianos, dispuestos a dar una
respuesta y a mostrar un camino sencillo: el camino paradójico
de la sonrisa en medio del dolor, de la esperanza en medio de la
frustración, de la paz en medio de la violencia. Es el camino de
Jesús, Hijo de Dios y hermano de todos, el Hijo de María,
nuestra Madre.
Este Año de la Eucaristía nos invita a contemplar el misterio
eucarístico no desde lejos, sino desde cerca. La Iglesia nos
invita durante este año a mirar “a través” de la presencia
divina que yace escondida en el pan de vida y la copa de
salvación. ¿Qué descubrimos cuando nos reflejamos en Aquél a
Quien adoramos en las especies eucarísticas?
Primero, nos descubrimos a nosotros mismos en nuestra pobreza y
en nuestras limitaciones, pero también en nuestra capacidad de
amar y de crecer como Jesús mismo nos invita a crecer. En
segundo lugar, descubrimos un mundo hambriento por este “pan de
vida” que sacia a todos los que buscan la verdadera felicidad y
no la encuentran; descubrimos a una realidad redimida que clama
continuamente por que se predique la redención y no el fatalismo,
por que los que viven como Iglesia lo sean por medio del
servicio y así anuncien a diario la realidad del Misterio
Pascual que profesan y celebran. En tercer lugar –y posiblemente
sea éste el descubrimiento más importante– descubrimos el Amor
incondicional de Dios, que transforma con Sus gracias nuestra
realidad limitada y, con la Luz de Su Presencia, el mundo que
nos rodea. Cuando contemplamos la realidad Divina en las
especies eucarísticas, nuestro corazón se llena de confianza y
de esperanza, porque sabemos que Aquél que se entregó una vez
por nosotros vive entre nosotros para siempre, “hasta el final
de los tiempos”
En
este Año de la Eucaristía, y ante la paradoja de vivir como
cristianos, cuánto nos consuela visitar al Señor y sentir el
calor de Su presencia para que, fortalecidos por Su Amor
incondicional, podamos seguir viviendo nuestra fe a tiempo y a
destiempo. En este Año de la Eucaristía aceptemos el regalo de
la presencia permanente de Dios entre nosotros, y el desafío de
“ser eucaristía” para quienes viven vidas confusas o buscan la
salvación de muchas maneras. “Ser eucaristía” es vivir a
plenitud el misterio en que creemos para que, entregados con
confianza a Su voluntad, caminemos juntos por las sendas de la
paz, la justicia y la libertad verdadera.
Miembro de En Comunión
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