Los Hijos de la
Luz
Visiblemente cansado, el Maestro de Justicia desciende con
lentitud desde el alto acantilado de las cuevas. En su rostro,
velado por la inquietud, reverbera el intenso calor del desierto
que, a esa hora de la tarde, trae la seca y cortante corriente
de aire que sube desde Jericó. Toda la mañana la ha pasado en un
intenso ir y venir desde la gran sala de la comunidad hasta las
once cuevas del acantilado superior, para transportar uno a uno
los delicados rollos de piel y de cobre que contienen los textos
más venerados por la Hermandad de los Hijos de la Luz. Sin
descansar apenas, los hermanos han subido a hombros gran
cantidad de altas y estrechas vasijas de barro en las que
cuidadosamente han acomodado todos los valiosos códices de su
biblioteca. Envueltos en frescos paños de lino, los escribas han
colocado junto a la Torá los escritos de los Profetas y los
salmos. Finalmente, y con pericia de artesanos, han tapiado cada
una de las entradas a las cuevas, confiando en que la oscura
sequedad de las grutas sea capaz de preservar las pesadas
ánforas destinadas a guardar, como un venerable tesoro, las
Reglas de la Comunidad, las colecciones de bendiciones, las
plegarias litúrgicas, los himnos y todos los textos considerados
de importancia para la comunidad esenia de Khirbet Qumrán.
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La
región desértica de Qumrán, donde tuvo su asiento una de las
principales comunidades esenias, y donde se ha descubierto un
importante número de documentos de esta secta judía anterior al
cristianismo. Foto: Cortesía de Rogelio Zelada |
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Más de dos mil años permanecerían ocultos estos manuscritos,
hasta que en 1947, un beduino de Ta’amireh, mientras buscaba una
cabra que había perdido, descubrió accidentalmente la primera
gruta.
La gran cantidad de manuscritos hallados y la posibilidad de
encontrar otras cuevas con depósitos similares disparó el
interés de historiadores, arqueólogos y biblistas del mundo
entero. La fama de los “textos del Mar Muerto” dio pie desde
entonces a toda clase de conjeturas y fantasías. Sin embargo,
los más de 600 fragmentos hallados, procedentes de 173
manuscritos de la Biblia hebrea, fueron valiosísima ayuda para
los especialistas en la Sagrada Escritura. El estudio de tantos
y tan antiguos manuscritos hizo posible demostrar la ausencia de
cambios sustanciales en la transmisión de los textos del Antiguo
Testamento. Y más aún, entre ellos se descubrió una variante de
la Biblia hebrea, diferente del texto masorético que los rabinos
adoptaron en el sínodo de Yammia, en el año 80 de nuestra era, y
que posiblemente fuera el texto base para la traducción griega
de los Setenta.
En la antigüedad se había tenido noticias de la existencia de
los esenios gracias a historiadores como Plinio el Viejo, Flavio
Josefo y Filón de Alejandría. Filón los menciona como una de las
tres sectas con las que experimentó en su juventud: “la de los
fariseos, la de los saduceos y la de los esenios”. Flavio Josefo,
que en sus crónicas calcula en cuatro mil el número de miembros
de la secta, identifica a ésta como “escuela filosófica”,
con “fama de exigir una vida especialmente piadosa”.
El movimiento esenio, con toda probabilidad, tuvo sus orígenes
en círculos formados por descendientes de los judíos que
regresaron de la deportación babilónica. Fieles observantes de
la Ley de Moisés, no sólo quisieron vivir apartados del resto de
los judíos, sino que además rechazaron todo trato con ellos. El
nombre de “esenio” parece proceder del arameo hassaya,
que quiere decir “piadoso”.
Retirados al desierto para preparar la venida escatológica de
Dios, el grupo inicial estaba organizado por doce laicos y tres
sacerdotes, en representación simbólica de las doce tribus de
Israel y los tres clanes que formaban la tribu de Leví. Según la
Gran Regla de la Comunidad, tenían como fin “practicar la
verdad, la justicia, el derecho, la equidad, el amor de
benevolencia y la modestia de conducta cada uno con su prójimo”,
siempre en oposición a todas las instituciones religiosas de
Jerusalén: el templo, los sacrificios expiatorios, la
interpretación de la Ley y el calendario cultual, que había sido
entonces substituido por el calendario religioso de los
seleúcidas.
Esta nueva comunidad constituida en el desierto será para ellos
la “morada suprema de santidad”, el verdadero templo vivo del
fin de los tiempos, cuyo culto consiste principalmente en “amar
cada uno a su hermano como a sí mismo, robustecer la mano del
pobre, del indigente y del extranjero; buscar el bienestar de su
hermano, no pecar contra su propia carne, abstenerse de la
lujuria… no guardar rencor…”
Organizados a la manera de un gran monasterio, los esenios
duermen en celdas o habitaciones edificadas alrededor de la gran
sala o casa central, en la que los actos de la vida comunitaria
se desarrollan en medio de una gran tranquilidad y donde nada es
de nadie y todo es de todos. Las comidas sobrias y austeras
están regidas por reglas de pureza que exigen una ropa distinta
para trabajar, y vestiduras blancas para ir a la mesa “como en
un lugar sagrado”. Y puesto que los ritos de purificación ocupan
un lugar significativo dentro de su vida litúrgica, una gran
parte del espacio se destina a cisternas y piscinas en las que
la abundancia de agua les garantiza el poder vivir en un
constante estado de pureza ritual.
Tras diferentes etapas y procesos asociados a la historia de
Israel, los orígenes de Qumrán parecen remontarse al siglo II
antes de Cristo, como evolución y desarrollo de un movimiento
anterior protagonizado por los asideos.
Cuando Jonatán fue designado sumo sacerdote, en el año 152 A.C.,
su nombramiento fue considerado ilegal por los judíos más
observantes de la Ley. Hasta entonces y durante siete años, pero
sin tener oficialmente el título, había ocupado este cargo un
descendiente de Sadoc, del linaje sacerdotal de los oníadas,
quien era entonces el más antiguo miembro del alto clero. Éste,
a pesar de su prestigio y dignidad, fue obligado a entregar el
poder religioso en manos de Jonatán. (1 Mac 10, 15-21). El sumo
sacerdote destituido marchó a Qumrán, donde su fuerte
personalidad y su alta autoridad moral y espiritual lo llevarían
a ser el gran organizador del grupo y en definitiva el verdadero
fundador de una comunidad que le dará el título de “Maestro de
Justicia”, y que reconocerá en él una especial claridad para
penetrar a profundidad en el sentido de los textos de los
profetas.
De manera similar a los fariseos, la fe de los esenios evidencia
una fuerte esperanza en la resurrección de los muertos al final
de los tiempos, aunque en ellos es más fuerte la certeza de una
inmortalidad dichosa en la que, al morir, serían felizmente
agregados a los ángeles.
Para entrar en esta “alianza de gracia” se obliga a pasar un
“noviciado” de varios años para poder ser aceptado en el grupo.
Poco a poco y según el desarrollo espiritual del candidato, se
le permitirá asistir a ciertos actos comunitarios y sentarse en
las comidas junto a miembros aventajados del movimiento esenio.
La práctica del celibato, obligatoria durante siglos entre los
esenios, empezará, ya en tiempos de Cristo, a coexistir con la
presencia de grupos de casados y con niños. En ese momento, lo
que en el siglo II había nacido como un foco de renovación
espiritual para Israel, comienza a impregnarse del espíritu
antirromano de los zelotes. Tal vez fue esto lo que los llevó a
desaparecer cuando, en junio de año 68 de la era cristiana, en
su marcha hacia Jerusalén, los ejércitos romanos asesinaron
brutalmente a todo lo que quedó de la comunidad de Qumrán.
Los puntos de contacto entre la literatura de Qumrán y los
escritos del Nuevo Testamento constituyen un tema que hoy día
los especialistas han estudiado hasta la saciedad. Las analogías
encontradas entre ambos cuerpos textuales parecen provenir de un
fondo religioso común, al alcance de los autores del Nuevo
Testamento, y también de la probable entrada a la Iglesia
primitiva de judíos procedentes de la espiritualidad esenia.
De los textos de Qumrán brota la imagen de un grupo de seres
humanos en búsqueda de una auténtica experiencia de Dios.
Personas capaces de vivir en un intenso ascetismo, con una firme
voluntad de conversión, convencidos de que sólo Dios puede
purificar y cambiar el corazón humano.
Sin embargo, esta corriente religiosa, que pudo ser el gran
movimiento renovador de su tiempo –y tal vez con la buena
intención de buscar la perfecta fidelidad a la alianza–, se
aisló del resto de su pueblo y se puso al margen de la sociedad
y del mundo religioso de Jerusalén, cuando ordenó a sus miembros,
“los hijos de la luz”, odiar a quienes consideraban “los hijos
de las tinieblas”, es decir a todo el resto de Israel.
Al parecer, el último acto de la comunidad esenia de Qumrán fue
preservar su biblioteca ante el peligro que suponía el
arrollador avance de los ejércitos de Vespasiano, tal vez
pensando regresar algún día a reconstruir su “suprema morada de
santidad”.
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