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¿Promotor vocacional?

Eduardo M. Barrios, S.J.

Desde hace años existen promotores vocacionales en los institutos religiosos y también en las diócesis. Los primeros tienen la misión de dar a conocer la vocación religiosa en una modalidad específica, dado que hay variedad de carismas religiosos. Realizan su tarea mediante anuncios en publicaciones católicas; también ofreciendo retiros o conferencias a jóvenes, y entrevistando a quienes muestren inquietud vocacional. En el caso del clero diocesano, los “vendedores” hacen algo parecido, promoviendo la vocación al sacerdocio ministerial.

La existencia de promotores dedicados de lleno a campañas vocacionales indica escasez de vocaciones; es señal de crisis. En otros tiempos no existían, pues se suponía que todos los consagrados (ellos y ellas) y todo el clero promovían implícitamente las vocaciones siendo fieles al propio carisma.

En general, la época de florecimiento vocacional coincide con los comienzos de cada instituto. Los primeros miembros de toda orden o congregación recién nacida vivían su consagración con tal fervor, que actuaban como imanes hacia su estilo de vida consagrada. Luego venían los altibajos en las vocaciones. Actualmente hay pocas congregaciones con “altis” y muchas con “bajos”.

Algo ayudan los anuncios sobre seminarios y noviciados religiosos. También ayuda divulgar la vida de los santos fundadores e informar sobre los servicios concretos que cada grupo presta en la Iglesia. Pero habría que preguntarse si esa publicidad resulta determinante para que jóvenes concretos den el paso al frente.

Lo más probable es que lo decisivo sea ver encarnado el ideal religioso y/o sacerdotal en personas de carne y hueso.

De ahí que deba aspirarse a que el promotor vocacional sea un agente pastoral que deje de ser necesario para atraer vocaciones, aunque siempre haga falta alguien que acompañe a los candidatos en su discernimiento vocacional.

Hoy en día es fácil echarles la culpa de la sequía vocacional a los jóvenes. Resulta cómodo decir: “La juventud de ahora no es como la de antes”; o también: “Los jóvenes de hoy se resisten a compromisos perpetuos”. Aunque haya algo de verdad en que los tiempos cambian, en el fondo la naturaleza humana es la misma.

Si los curas y las monjas quieren tener continuadores de la misión recibida como don del Espíritu Santo, deben confiar menos en campañas publicitarias y más en otros medios.

El primer medio sea “orar al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” (Lc. 10,2). La gente capta cuándo un consagrado o clérigo habla de memoria y cuándo habla por experiencia espiritual propia. Ésta sólo se adquiere mediante la unión con Dios en la oración y en el servicio apostólico.

Los jóvenes quieren ser felices. Si ven a curas y monjas con caras largas y grises, eso los aleja. Si en cambio captan alegría en el estilo de vida, eso atrae.

Los religiosos y eclesiásticos promueven vocaciones cuando se muestran contentos en el cumplimiento fiel del celibato, de la pobreza y de la obediencia, además de entusiastas en el trabajo que llevan adelante, sea parroquia, colegio, radioemisora, editoriales, etc. Hay muchos campos de trabajo apostólico en la Iglesia, y entre los religiosos abundan las especialidades.

Verdaderamente que el Espíritu Santo ha suscitado gran riqueza de vocaciones religiosas, además del sacerdocio ministerial. Toca a los agraciados con un carisma concreto mostrar su validez con el testimonio de una vida totalmente entregada a Dios y al servicio fraterno. Esa sería la más eficaz promoción vocacional, promoción que no se puede delegar en un solo miembro del gremio. Vienen a la memoria las palabras que el llorado Juan Pablo II dirigió a los sacerdotes con ocasión del pasado Jueves Santo: “No faltarán ciertamente vocaciones si se eleva el tono de nuestra vida sacerdotal, si fuéramos más santos, más alegres, más apasionados en el ejercicio de nuestro ministerio. Un sacerdote “conquistado por Cristo” (Cfr. Fil 3,12) conquista más fácilmente a otros para que se decidan a compartir la misma aventura”. (Marzo 13, 2005)

 

El autor es un sacerdote jesuita. mailto:ebarriossj@aol.com