|
¿Promotor vocacional?
Desde hace años existen promotores vocacionales en los
institutos religiosos y también en las diócesis. Los primeros
tienen la misión de dar a conocer la vocación religiosa en una
modalidad específica, dado que hay variedad de carismas
religiosos. Realizan su tarea mediante anuncios en publicaciones
católicas; también ofreciendo retiros o conferencias a jóvenes,
y entrevistando a quienes muestren inquietud vocacional. En el
caso del clero diocesano, los “vendedores” hacen algo parecido,
promoviendo la vocación al sacerdocio ministerial.
La
existencia de promotores dedicados de lleno a campañas
vocacionales indica escasez de vocaciones; es señal de crisis.
En otros tiempos no existían, pues se suponía que todos los
consagrados (ellos y ellas) y todo el clero promovían
implícitamente las vocaciones siendo fieles al propio carisma.
En
general, la época de florecimiento vocacional coincide con los
comienzos de cada instituto. Los primeros miembros de toda orden
o congregación recién nacida vivían su consagración con tal
fervor, que actuaban como imanes hacia su estilo de vida
consagrada. Luego venían los altibajos en las vocaciones.
Actualmente hay pocas congregaciones con “altis” y muchas con “bajos”.
Algo ayudan los anuncios sobre seminarios y noviciados
religiosos. También ayuda divulgar la vida de los santos
fundadores e informar sobre los servicios concretos que cada
grupo presta en la Iglesia. Pero habría que preguntarse si esa
publicidad resulta determinante para que jóvenes concretos den
el paso al frente.
Lo
más probable es que lo decisivo sea ver encarnado el ideal
religioso y/o sacerdotal en personas de carne y hueso.
De
ahí que deba aspirarse a que el promotor vocacional sea un
agente pastoral que deje de ser necesario para atraer
vocaciones, aunque siempre haga falta alguien que acompañe a los
candidatos en su discernimiento vocacional.
Hoy
en día es fácil echarles la culpa de la sequía vocacional a los
jóvenes. Resulta cómodo decir: “La juventud de ahora no es como
la de antes”; o también: “Los jóvenes de hoy se resisten a
compromisos perpetuos”. Aunque haya algo de verdad en que los
tiempos cambian, en el fondo la naturaleza humana es la misma.
Si
los curas y las monjas quieren tener continuadores de la misión
recibida como don del Espíritu Santo, deben confiar menos en
campañas publicitarias y más en otros medios.
El
primer medio sea “orar al Señor de la mies que envíe obreros a
su mies” (Lc. 10,2). La gente capta cuándo un consagrado o
clérigo habla de memoria y cuándo habla por experiencia
espiritual propia. Ésta sólo se adquiere mediante la unión con
Dios en la oración y en el servicio apostólico.
Los
jóvenes quieren ser felices. Si ven a curas y monjas con caras
largas y grises, eso los aleja. Si en cambio captan alegría en
el estilo de vida, eso atrae.
Los
religiosos y eclesiásticos promueven vocaciones cuando se
muestran contentos en el cumplimiento fiel del celibato, de la
pobreza y de la obediencia, además de entusiastas en el trabajo
que llevan adelante, sea parroquia, colegio, radioemisora,
editoriales, etc. Hay muchos campos de trabajo apostólico en la
Iglesia, y entre los religiosos abundan las especialidades.
Verdaderamente que el Espíritu Santo ha suscitado gran riqueza
de vocaciones religiosas, además del sacerdocio ministerial.
Toca a los agraciados con un carisma concreto mostrar su validez
con el testimonio de una vida totalmente entregada a Dios y al
servicio fraterno. Esa sería la más eficaz promoción vocacional,
promoción que no se puede delegar en un solo miembro del gremio.
Vienen a la memoria las palabras que el llorado Juan Pablo II
dirigió a los sacerdotes con ocasión del pasado Jueves Santo:
“No faltarán ciertamente vocaciones si se eleva el tono de
nuestra vida sacerdotal, si fuéramos más santos, más alegres,
más apasionados en el ejercicio de nuestro ministerio. Un
sacerdote “conquistado por Cristo” (Cfr. Fil 3,12) conquista más
fácilmente a otros para que se decidan a compartir la misma
aventura”. (Marzo 13, 2005)
|