Las indulgencias ayudan a alcanzar la santificación
En el Año de la Eucaristía
Mis queridos amigos:
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Arzobispo John C. Favalora |
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En diciembre de 2004, el Papa Juan Pablo II aprobó dos
indulgencias plenarias para el Año de la Eucaristía. La noticia,
probablemente, pasó inadvertida en medio de toda la información
sobre el tsunami en Asia, y es por ello que deseo llamarles la
atención a ustedes sobre esto, antes de que el Año de la
Eucaristía termine en octubre próximo.
Las indulgencias se basan en nuestra enseñanza acerca del pecado.
El pecado grave o serio rompe nuestra relación con Dios, y nos
impide alcanzar la vida eterna. La confesión es el medio por el
cual se alcanza el perdón inmediato del castigo “eterno” por el
pecado mortal, siempre que estemos sinceramente arrepentidos.
Pero todo pecado, no importa cuán venial sea, nos separa de Dios.
Nuestra propensión humana al mal debe ser purificada antes de
que podamos llegar ante Dios, que es plenamente santo por toda
la eternidad. Ese proceso de purificación tiene lugar tanto aquí,
mientras estamos viviendo en la tierra, como después de la
muerte, en el purgatorio. (Ver la información adjunta.)
Las indulgencias nos ofrecen medios para purificar nuestras
almas y acercarnos al Señor. Normalmente, requieren de la
oración, la confesión, la asistencia a Misa, la recepción de la
sagrada Comunión y oraciones por las intenciones del Santo
Padre.
Pero no debemos ver las indulgencias como “tratos” mediante los
cuales, si realizamos determinadas acciones, se nos garantiza
recibir a cambio algo de las manos de Dios. Tal como sucede con
la confesión, las indulgencias requieren de “la disposición
apropiada”. Esto significa que nuestra meta debe ser acercarnos
más a Dios, cambiar nuestra manera pecaminosa de vivir por otra
que imite más de cerca la santidad de Dios.
Las indulgencias pueden obtenerse todo el año en la Iglesia.
Algunas están vinculadas al acto de visitar ciertas basílicas de
Roma, o a peregrinaciones a lugares sagrados en el mundo. Este
año, las indulgencias adicionales tienen que ver con la
Eucaristía. Su propósito es estimular a la gente a acrecentar su
comprensión y su apreciación del gran regalo que Jesús nos dejó
en la Última Cena.
Este año, se concede una indulgencia plenaria “cuando el
creyente participa, de manera atenta y devota, en una función
sagrada o en un ejercicio devocional realizado en honor del
Santísimo Sacramento, solemnemente expuesto o conservado en el
tabernáculo”. (“Decreto de la Penitenciaría Apostólica”, 25 de
diciembre de 2004.)
Esto podría consistir en adorar o visitar al Santísimo
Sacramento, en rezar ante el Santísimo Sacramento, en la
bendición con el Santísimo Sacramento, en una Misa o una
Comunión.
Sé que muchas parroquias de la Arquidiócesis han establecido la
adoración perpetua del Santísimo Sacramento, o señalado días y
horarios específicos para adorarlo. Nuestros jóvenes han
organizado dos eventos por el Año de la Eucaristía que incluyen
la adoración y la bendición con el Santísimo Sacramento.
Éstas son cosas que debemos hacer normalmente como católicos,
pero la Iglesia desea recordarnos que las hagamos especialmente
este año.
La otra indulgencia plenaria se aplica a los sacerdotes,
religiosos y demás personas que “recen las oraciones de Vísperas
y Completas de la Liturgia de las Horas ante el Santísimo
Sacramento, aunque éste se encuentre reservado en el tabernáculo”.
(“Decreto de la Penitenciaría Apostólica”, 25 de diciembre de
2004.)
La Liturgia de las Horas es el texto oficial de oración de la
Iglesia, que sacerdotes, diáconos y algunos religiosos están
obligados a decir. También se recomienda mucho para los laicos.
Como sucede con todas las indulgencias, en este caso se aplican
ciertas condiciones: la confesión sacramental, estar libre de
toda sujeción al pecado, recibir la sagrada Comunión y orar por
las intenciones del Santo Padre.
Como creemos en la Comunión de los Santos –la interrelación de
todos los hijos de Dios, tanto en la tierra como en el cielo–
podemos obtener indulgencias no sólo para nosotros mismos, sino
para nuestros familiares y amigos fallecidos, incluso para
aquellas almas del purgatorio que no tienen quienes recen por
ellas.
Pido a todos los sacerdotes y fieles de la Arquidiócesis, por lo
tanto, que tengan muy en cuenta las indulgencias durante este
Año de la Eucaristía, como una oportunidad de satisfacción
espiritual. Reflexionen por un momento sobre sus propios pecados
y recen por la conversión de sus corazones; y después, sigan
haciéndolo, tanto por ustedes como por el resto del cuerpo de
Cristo.
Lo que enseña la Iglesia sobre las indulgencias
Tomado del Catecismo de la Iglesia Católica, Nos. 1471-1473:
La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena
temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la
culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas
condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la
cual, como administradora de la redención, distribuye y
aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de
Cristo y de los santos.
La indulgencia es parcial o plenaria según libere de la
pena temporal debida por los pecados en parte o
totalmente.”
Todo fiel puede obtener para sí mismo o aplicar por los
difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto
parciales como plenarias.
Para entender esta doctrina y esta práctica de la
Iglesia es preciso recordar que el pecado tiene una
doble consecuencia. El pecado grave nos priva de la
comunión con Dios y por ello nos hace incapaces de la
vida eterna, cuya privación se llama la “pena eterna”
del pecado. Por otra parte, todo pecado, incluso venial,
entraña apego desordenado a las criaturas que es
necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la
muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta
purificación libera de lo que se llama la “pena
temporal” del pecado. Estas dos penas no deben ser
concebidas como una especie de venganza, infligida por
Dios desde el exterior, sino como algo que brota de la
naturaleza misma del pecado. Una conversión que procede
de una ferviente caridad puede llegar a la total
purificación del pecador, de modo que no subsistiría
ninguna pena.
El perdón del pecado y la restauración de la comunión
con Dios entrañan la remisión de las penas eternas del
pecado. Pero las penas temporales del pecado permanecen.
El cristiano debe esforzarse, soportando pacientemente
los sufrimientos y las pruebas de toda clase y, llegado
el día, enfrentándose serenamente con la muerte, por
aceptar como una gracia estas penas temporales del
pecado; debe aplicarse, tanto mediante las obras de
misericordia y de caridad, como mediante la oración y
las distintas prácticas de penitencia, a despojarse
completamente del “hombre viejo” y a revestirse del
“hombre nuevo”. |
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