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Amo a mi madre, la Iglesia

 

P. Eusebio Gómez Navarro, OCD

El 4 de julio de 1958, el sacerdote Karol Wojtyla pasaba unos días de descanso en las montañas. Allí se enteró de su nombramiento como obispo. Regresando a Cracovia, se detuvo en un convento de monjas de clausura. Pidió que le abrieran la capilla. Permaneció durante más de ocho horas rezando, postrado ante el sagrario. Cuando las monjas, preocupadas, acudieron para indicarle que ya era de madrugada, el joven sacerdote respondió: “Por favor, déjenme un rato más; tengo muchas cosas que hablar con Jesús”. A lo largo de su vida, ésta fue su norma de conducta: estar unido al Buen Pastor, no regatear esfuerzos y dar la vida, pues ya se sabe que “El buen pastor da la vida por sus ovejas” (Jn 10, 11).

No es muy frecuente hablar bien de la Iglesia. Se habla mucho de Cristo, pero se silencia a la Iglesia. A veces nos comportamos como los adolescentes que se avergüenzan de presentar a su madre y hablar bien de ella.

La Iglesia es mi madre. Ella me engendró, ella me sigue guiando y alimentando: ella lo es todo. Sólo desde este reconocimiento y amor puedo decir, como Orígenes, que “la Iglesia ha arrebatado mi corazón; ella es mi patria espiritual, ella es mi madre y mis hermanos”.

La Iglesia me guía, ella me acompaña en mi caminar. “La Iglesia”, decía George Bernanós, “es como una compañía de transportes que, desde hace dos mil años, traslada a los hombres desde la tierra al cielo. En dos mil años ha tenido que contar con muchos descarrilamientos, con una infinidad de horas de retraso. Pero hay que decir que, gracias a sus santos, la compañía no ha quebrado”.

La Iglesia lleva siglos de historia, con sus luces y sombras, con momentos de fervor, de entrega y de mártires; pero, también, con grandes flaquezas. La iglesia es como un gran río que arrastra lo que encuentra. Por momentos, sus aguas aparecen mansas y cristalinas; en otras ocasiones, sólo se puede ver cieno y deshechos de cosas viejas. La Iglesia es santa y pecadora, no es una obra perfecta.

“Oh, si el mundo fuera la obra maestra de un arquitecto obsesionado por la simetría o de un profesor de lógica, de un Dios deísta, la santidad sería el primer privilegio de los que mandan; cada grado en la jerarquía correspondería a un grado superior de santidad, hasta llegar al más santo de todos, el Santo Padre, por supuesto. ¡Vamos! ¿Y os gustaría una Iglesia así? ¿Os sentiríais a gusto en ella? Dejadme que me ría. Lejos de sentirnos a gusto, os quedaríais en esta congregación de superhombres dándole vueltas entre las manos a vuestra boina, lo mismo que un mendigo a la puerta del hotel Ritz. Por fortuna, la Iglesia es una casa de familia donde existe el desorden que hay en todas las casas familiares, siempre hay sillas a las que les falta una pata, las mesas están manchadas de tinta, los tarros de confites se vacían misteriosamente en las alacenas, todos lo conocemos bien, por experiencia”. (George Bernanós.)

La iglesia es una casa de familia, y de ella yo formo parte y soy responsable del orden y de la limpieza, pero también del desorden y de la suciedad almacenada. Si la hiero, si hablo mal de ella, me hiero a mí mismo y no puedo encontrar la paz, ni la alegría, ni el buen entendimiento, tanto dentro como fuera de ella.

“La Iglesia no es un aparato; no es simplemente una institución. Es Mujer. Es Madre. Es un ser vivo. La comprensión mariana de la Iglesia es el contraste más fuerte y decisivo con un concepto de Iglesia puramente organizativo o burocrático. Nosotros no podemos hacer la Iglesia, debemos ser Iglesia. Sólo siendo marianos somos Iglesia. En sus orígenes, la Iglesia nació cuando el fiat brotó en el alma de María. Éste es el deseo más profundo del Concilio: que la Iglesia despierte en nuestras almas. María nos indica el camino”. (Cardenal Joseph Ratzinger, actual Papa Benedicto XVI.)

Si amo a la Iglesia, tengo que luchar por ella, por limpiar su rostro, porque aparezca joven y risueña. Si amo a la Iglesia, me dolerán sus divisiones, como le dolían a santa Teresa de Jesús. Como hija vivió y murió dentro de ella.

La Iglesia somos todos, los de dentro y los de fuera, los de cerca y los de lejos, los que comulgan o no con sus ideas. La Iglesia es el Papa, los obispos, sacerdotes, los laicos, todos los santos y pecadores que creen y la aman, que se sienten parte de ella. Yo también soy Iglesia y, porque la quiero y la amo, a ella me confío, y lo hago como San Atanasio, que “se asía a la Iglesia como un árbol se agarra al suelo”. Amo a esta antigua y nueva Iglesia, joven, anciana y risueña; amo sus aciertos y torpezas.

Director del Centro de Espiritualidad Carmelita.

Amo a la Iglesia, estoy con tus torpezas,
con sus tiernas y hermosas colecciones de tontos,
con su túnica llena de pecados y manchas.
Amo a sus santos y también a sus necios,
amo a la Iglesia, quiero estar con ella.

Oh, madre de manos sucias y vestidos raídos,
cansada de amamantarnos siempre,
un poquito arrugada de parir sin descanso.

No temas nunca, madre, que tus ojos de vieja
nos lleven a otros puertos.

Sabemos bien que no fue tu belleza quien nos hizo hijos tuyos,
sino tu sangre derramada al traernos.

Por eso cada arruga de tu frente nos enamora
y el brillo cansado de tus ojos nos arrastra a tu seno.

Y hoy, al llegar cansados, y sucios, y con hambre,
no esperamos palacios, ni banquetes, sino esta
casa, esta madre, esta piedra donde poder sentarnos.