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¿Somos realmente libres?

Una reflexión con motivo del 4 de julio

 

Edith Fernández-Buchelt

Al pensar en la fecha patria del 4 de julio, aniversario de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos, no puedo menos que recordar el significado de la palabra libertad, que generosamente regalamos a algunos países oprimidos y sin ella. Otros continúan sin recibirla, a pesar de que siguen oprimidos.

Pero nosotros, ¿qué? ¿Tenemos realmente la libertad que quisiéramos darles a otros que no parecen tenerla?

La verdadera libertad tiene su origen en Dios, nuestro Creador, que nos otorga ese don con el único propósito de que la pueda usar toda la humanidad, y no unos privilegiados.

Los hombres todavía no lo han comprendido y continúan analizando desde un punto de vista diferente y contrario a lo que Dios dispuso desde la creación del mundo, y hasta a veces desean liberarse de algo que les daría la libertad. No la conocen, no saben cómo es ni cómo se consigue.

Sin embargo, la libertad que nuestro Creador quiere darnos va mucho más lejos que la libertad de la patria oprimida o que la libertad de expresión.

Cuando vivimos en un país como éste, donde se disfruta de tremendas libertades dictadas por el hombre mediante leyes que nada tienen que ver con las de Dios, corremos el riesgo de ser esclavos de esas mismas leyes.

Somos esclavos porque nos discriminamos unos a otros, cuando se asalta en las calles para robar lo mismo un auto, que un reloj o una cartera. Pero más despreciable aun es el asalto a un pequeño niño inocente, a quien se viola para luego quitarle la vida. Esclavos, sí, cuando se condena a una persona como Terry Schiavo a morir de hambre y sed porque una ley lo ordenó así; cuando se aprobó la penosa ley del aborto, que nadie trata de abolir; cuando se prohíbe rezar en las escuelas, algo que hace años era el orgullo de maestros y padres. ¿Podemos sentirnos orgullosos del 4 de julio porque somos un país libre, cuando en realidad hemos dejado de serlo? No nos engañemos.

Sí: hemos dejado de ser libres aunque lo proclamemos a los cuatro vientos, porque, en realidad, aún somos esclavos y lo seremos hasta el día en que salvemos vidas en lugar de destruirlas; cuando no discriminemos al que no es igual a nosotros, sino que procuremos su amistad y le demos nuestra ayuda; cuando encontremos soluciones sobre la base de la paz y no de la guerra; cuando todos nuestros niños sean protegidos en sus casas, en la calle, en las escuelas, o donde quiera que estén. Que nuestro amor por ellos sea de protección y no un asalto a su dignidad de seres humanos. Ellos son el tesoro más preciado de cualquier nación que se considere libre y civilizada.

Tenemos mucho camino que andar para obtener todo esto, ya que nos fuimos por un camino equivocado. Hemos fracasado como pueblo. No somos como lo soñaron nuestros patriotas, que lucharon por darnos esa libertad que se ha corrompido.

¿Habrá esperanza para un país que, en lo que va de ley, ha eliminado mas de 45 millones de criaturas a quienes se les negó el derecho a la vida? Hay países en el mundo que no cuentan con esa cantidad de habitantes. ¿Habrá esperanza para el país que olvida sus raíces judeocristianas? Se dice, o se cree, que este país es básicamente judeocristiano, pero, si esto fuera cierto, ¿por qué son elegidos al Congreso tantos candidatas que apoyan “la cultura de la muerte”, en vez de buscar candidatos que nos ayuden a abolir esa depravada ley del “aborto a petición”?.

El Dr. Bernand Nathanson, considerado el “abuelo de la industria abortista”, comentó cuando aún era ateo: “Si todos los obispos, así como los laicos católicos y cristianos, se hubiesen puesto de pie en contra de la ley Roe v. Wade, nunca hubiera llegado a aprobarse”. Nos ha hecho mucho daño y cargamos con esa culpa, así como la de ley para dejar de rezar en las escuelas. Hoy sufrimos las consecuencias de esa gran apatía cristiana, que ha traído grandes desgracias a nuestro país y a nuestra sociedad. Y esperemos otras más radicales aún, porque tenemos un Congreso infectado de políticos sumamente liberales y sin ningún temor a Dios, como hemos visto por experiencia cuando rehúsan aprobar a jueces que obrarían de distinta manera a la de ellos. Se oponen a que las cosas cambien. Y nosotros, aún sin tomar conciencia…

Si dices: “¡Esto no es asunto mío!”, no lo tendrá en cuenta El que pesa los corazones? “Aquel que te observa lo sabrá y retribuirá a cada uno según sus obras”. (Prov.24:12)

Sueño con que algún día volvamos a ese Dios que entonces temíamos. Temiendo a Dios, podremos confiar en su misericordia. Él puede mostrarnos el camino que una vez abandonamos y, de esa manera, llegaremos a ser el pueblo que una vez fuimos y que dejamos de ser, cuando tantas leyes hechas por hombres necios nos quitaron la libertad.

Y ojalá que este 4 de Julio del 2005 haya sido para todos un día de reflexión, y no sólo una celebración más.

Graduada de Nova University. Ejerció el magisterio durante 25 años en Broward antes de retirarse.