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Católicos no van a Misa
En
los países católicos, la asistencia a Misa ha disminuido. Hay
quienes culpan al materialismo: los feligreses preferirían ir a
la playa, al teatro, a los deportes o a fiestas antes que dar
culto a Dios.
Como en tantos fenómenos sociales, las causas suelen ser
múltiples. Sin negar totalmente lo anterior, diagnóstico
simplista, vamos a fijarnos en otro factor: la inadecuada
celebración de la Eucaristía.
Recientes documentos de la Santa Sede sobre el culto eucarístico
señalan que, con frecuencia, la celebración de la Liturgia deja
que desear. Es problema del clero.
Hay
feligreses que siguen asistiendo aunque les desagrade el estilo
de su sacerdote. Se guían por lo que aconsejaba San Ambrosio:
“En los sacerdotes no mires sus méritos personales, sino su
ministerio”. Pero hay otros fieles que se desaniman y no asisten
más.
En
su encíclica Ecclesia de Eucharistia (abril de 2003), el
fallecido Papa Juan Pablo II aludía claramente a los presbíteros:
“Siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para
que se observen con fidelidad las normas litúrgicas en la
celebración eucarística…La liturgia nunca es propiedad privada
de alguien…” (N° 52).
Por
disposición del mismo Papa, la Congregación para el Culto Divino
y Disciplina de los Sacramentos promulgó una instrucción en
marzo de 2004, titulada Redemptionis Sacramentum. Uno de
sus capítulos trata sobre la celebración correcta de la Santa
Misa; concierne a los sacerdotes. Deja entender que en la Misa
se cometen excesos y defectos.
I. Excesos.
Los excesos tienen que ver con “un malentendido sentido de
creatividad” (N°30). Entre las “creatividades” censurables se
destacan la introducción de textos no bíblicos en la Liturgia de
la Palabra, la delegación de la homilía en laicos y la
alteración de las oraciones mediante interpolaciones o
añadiduras improvisadas. Dice la Instrucción que eso “convierte
en inestable la celebración de la Sagrada Liturgia y no
raramente adultera su sentido auténtico”(N° 59).
II. Defectos.
El
defecto que más notan los feligreses es el del sacerdote que se
lanza a celebrar sin haberse preparado interiormente para algo
tan sagrado. Ciertos cabellos húmedos y cara recién lavada
delatan que el celebrante ha saltado de su cama y baño al altar
sin haber hecho escala en un reclinatorio para entonar el
espíritu. Luego procede a rezar las oraciones velozmente, como
gato sobre ascuas, y despacha la Misa en pocos minutos. En aras
de la brevedad, hasta llega a mutilar los textos.
También hay defecto en la prédica. Algunos olvidan que la
predicación litúrgica no es una charla o sermón sobre cualquier
tema, sino una homilía, es decir, explicación de las lecturas
del día resaltando sus aplicaciones prácticas para el “aquí y
ahora” de los feligreses. Requiere esmerada preparación.
La
Instrucción vaticana denuncia incluso graviora delicta
(N° 171), o sea, “faltas más graves”, y exhorta a los feligreses
a informar a los obispos si se cometen abusos (por exceso o
defecto) en las celebraciones.
Por
supuesto que una política de sanciones no resuelve el problema
en su raíz. Se impone que en los seminarios se enfaticen los
cursos de Liturgia. Y sobre todo, es necesario que los
sacerdotes cultiven la formación permanente. Ésta no consiste
primordialmente en algo intelectual, sino en el cultivo
espiritual. Ya en el siglo XVI, el obispo milanés San Carlos
Borromeo aconsejaba a sus curas: “Si administras los sacramentos,
medita lo que haces; si celebras la Misa, medita lo que ofreces”.
Como los sacerdotes tienen que repetir muchas veces los mismos
gestos, ritos y oraciones, deben reflexionar y orar mucho para
mantener vivo el fervor. De lo contrario, les puede suceder como
al herrero aquel que, de tanto dar en el yunque, se le olvidó el
oficio.
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