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Católicos no van a Misa

Eduardo M. Barrios, S.J.

En los países católicos, la asistencia a Misa ha disminuido. Hay quienes culpan al materialismo: los feligreses preferirían ir a la playa, al teatro, a los deportes o a fiestas antes que dar culto a Dios.

Como en tantos fenómenos sociales, las causas suelen ser múltiples. Sin negar totalmente lo anterior, diagnóstico simplista, vamos a fijarnos en otro factor: la inadecuada celebración de la Eucaristía.

Recientes documentos de la Santa Sede sobre el culto eucarístico señalan que, con frecuencia, la celebración de la Liturgia deja que desear. Es problema del clero.

Hay feligreses que siguen asistiendo aunque les desagrade el estilo de su sacerdote. Se guían por lo que aconsejaba San Ambrosio: “En los sacerdotes no mires sus méritos personales, sino su ministerio”. Pero hay otros fieles que se desaniman y no asisten más.

En su encíclica Ecclesia de Eucharistia (abril de 2003), el fallecido Papa Juan Pablo II aludía claramente a los presbíteros: “Siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística…La liturgia nunca es propiedad privada de alguien…” (N° 52).

Por disposición del mismo Papa, la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos promulgó una instrucción en marzo de 2004, titulada Redemptionis Sacramentum. Uno de sus capítulos trata sobre la celebración correcta de la Santa Misa; concierne a los sacerdotes. Deja entender que en la Misa se cometen excesos y defectos.

I. Excesos. Los excesos tienen que ver con “un malentendido sentido de creatividad” (N°30). Entre las “creatividades” censurables se destacan la introducción de textos no bíblicos en la Liturgia de la Palabra, la delegación de la homilía en laicos y la alteración de las oraciones mediante interpolaciones o añadiduras improvisadas. Dice la Instrucción que eso “convierte en inestable la celebración de la Sagrada Liturgia y no raramente adultera su sentido auténtico”(N° 59).

II. Defectos. El defecto que más notan los feligreses es el del sacerdote que se lanza a celebrar sin haberse preparado interiormente para algo tan sagrado. Ciertos cabellos húmedos y cara recién lavada delatan que el celebrante ha saltado de su cama y baño al altar sin haber hecho escala en un reclinatorio para entonar el espíritu. Luego procede a rezar las oraciones velozmente, como gato sobre ascuas, y despacha la Misa en pocos minutos. En aras de la brevedad, hasta llega a mutilar los textos.

También hay defecto en la prédica. Algunos olvidan que la predicación litúrgica no es una charla o sermón sobre cualquier tema, sino una homilía, es decir, explicación de las lecturas del día resaltando sus aplicaciones prácticas para el “aquí y ahora” de los feligreses. Requiere esmerada preparación.

La Instrucción vaticana denuncia incluso graviora delicta (N° 171), o sea, “faltas más graves”, y exhorta a los feligreses a informar a los obispos si se cometen abusos (por exceso o defecto) en las celebraciones.

Por supuesto que una política de sanciones no resuelve el problema en su raíz. Se impone que en los seminarios se enfaticen los cursos de Liturgia. Y sobre todo, es necesario que los sacerdotes cultiven la formación permanente. Ésta no consiste primordialmente en algo intelectual, sino en el cultivo espiritual. Ya en el siglo XVI, el obispo milanés San Carlos Borromeo aconsejaba a sus curas: “Si administras los sacramentos, medita lo que haces; si celebras la Misa, medita lo que ofreces”.

Como los sacerdotes tienen que repetir muchas veces los mismos gestos, ritos y oraciones, deben reflexionar y orar mucho para mantener vivo el fervor. De lo contrario, les puede suceder como al herrero aquel que, de tanto dar en el yunque, se le olvidó el oficio.

 

Sacerdote jesuita
mailto:ebarriossj@aol.com