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Un amigo de todos loshombres

Juan Pablo II en proceso de beatificación

Mario J. Paredes

Corría el año 1979 y el entonces Arzobispo de New York, Cardenal Terence Cook, me pidió que preparara una biografía del recién electo Obispo de Roma y Papa de la Iglesia Católica. Tal solicitud me proporcionó la posibilidad de aproximarme a la vida del hombre, del polaco, del cristiano, del sacerdote, del filosofo, del obispo y del Papa Juan Pablo II.

Este estudio del por entonces desconocido “Papa que vino de lejos” concluyó en un libro con prólogo del Cardenal Terence Cook, titulado “Un Papa para la Urbe y el Orbe”. Pasaron 25 años y la figura de Juan Pablo II se fue agigantando hasta límites insospechados en aquella época que hoy, emocionado con su partida de entre nosotros, evoco.

En éste, el tercer pontificado más largo de la historia de la Iglesia, fuimos testigos de cómo el joven Papa, el atleta de Dios, fue llevando de la manera más enérgica el ministerio de Pedro por toda la tierra como el “Papa viajero”, hasta gastarse y consumirse en un apostolado que no conoció descanso ni treguas.

La principal contribución de Juan Pablo II a la sociedad de finales de un milenio y comienzos del tercero, se dio, especialmente, en el campo de los valores y, por ello, defendió con una reciedumbre inusitada el valor de la vida, el valor de la verdad, el valor de la dignidad de toda persona humana como hija de Dios, el valor de la libertad, el valor de la justicia para la paz. Si bien fue un crítico acérrimo del materialismo histórico, soporte filosófico de los regímenes comunistas, con esa misma entereza fustigó un capitalismo rampante y salvaje que, en vez de globalizar la equidad, la justicia y las oportunidades sociales para los más pobres, va globalizando por doquier el empobrecimiento, el hambre, las desigualdades y la miseria de millones.

Todos recordaremos a Juan Pablo II como un luchador por humanizar los conflictos entre los hombres y los pueblos, especialmente cuando se trató de conflictos que rebajan y degradan hasta condiciones insufribles e infrahumanas la vida de los hombres, sobre todo de los más débiles. Tarea ésta en la que se empeñó por hacerlo de la misma manera que Jesús en el Evangelio.

Porque si existe una forma de leer y explicar qué es el Evangelio, es la manera vivida y predicada por Juan Pablo II: un compendio de criterios para humanizar –vale decir, divinizar– al hombre de hoy y de todos los tiempos, según el cual cada criatura debe pasar (pascua) del acaparamiento al compartir, del odio al perdón, del atropello al servicio, y de lo viejo “ a lo nuevo”. Juan Pablo II entendió siempre el Evangelio de Jesucristo como un desafío para cada hombre, para la Iglesia y para la humanidad de todos los tiempos.

Y todo esto, vivido en medio de tempestades, vientos fuertes y aguas turbulentas. Porque su pontificado acompañó e iluminó difíciles coyunturas de nuestra historia reciente. Baste recordar algunas, como el fin de la Guerra Fría, el colapso de la Unión Soviética, la caída del Muro de Berlín, la emergencia de un poder hegemónico en lo político, lo económico, lo tecnológico y militar. Esto y más, sin contar graves crisis en el interior de la misma Iglesia. Y en todas estas circunstancias –más de pétalos que de espinas, y siempre iluminadas desde la teología que mana del Vía Crucis– Juan Pablo II ejerció su ministerio muchas veces incomprendido, y muchísimas más no escuchado y mal interpretado.

En medio de líderes de gobiernos que, en el mundo entero, juegan con la imagen, con las encuestas, con la popularidad y con el hambre de millones, este Papa tenaz, radical y valiente que abrazó la Cruz de Cristo y de su Evangelio, terminó convertido en el único referente mundial capaz de aglutinar a multitudes alrededor de la Verdad que es Cristo mismo, y con la autoridad moral para hablar, a tiempo y a destiempo, de los grandes problemas que hoy y siempre aquejan al hombre y a la humanidad.

Tuve el privilegio de acompañarlo en diversos viajes y a diversos países del continente americano. En esos viajes, como tantas veces, lo vimos rezar, declamar, cantar, llorar, abrazar, vestir ropas de las etnias visitadas, como pastor bueno y solícito que congrega a su grey, y para ello buscaba siempre “encarnarse”, inculturarse, aproximarse respetuosamente, hasta llegar al corazón de cada uno de los habitantes de la tierra.

“Pasó haciendo el bien”. Nos legó enseñanzas y virtudes, pero, sobre todo, un testimonio de auténtica vida cristiana y eclesial en medio de debilidades, mediocridades y fariseísmos que tantas veces provocaron graves escándalos y profundas crisis en el interior de la comunidad eclesial durante su pontificado. De estos torbellinos, Juan Pablo II emergió siempre como hombre, sacerdote y cristiano sin tacha y como figura íntegra ante el mundo.

Con su vida, Juan Pablo II nos mostró que vale la pena vivir la vida y la vida cristiana. Fue, es verdad, la figura teológica que su puesto en la Sede de Pedro exigía; pero fue, además y por encima de todo, un amigo de todos los hombres.