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Carta a Mons. Héctor Luis Peña Gómez, primer Obispo de Holguín, Cuba

 

Con motivo de sus 50 años de ordenación sacerdotal

P. René Parra
Especial para La Voz Católica

Hialeah, 7 de julio de 2005

Querido Mons. Peña:

Un momento de la misa concelebrada en la Catedral de Holguín por el 50 aniversario de la ordenación sacerdotal de Mons. Héctor Luis Peña Gómez. Se encontraban presentes todos los obispos cubanos y el Nuncio Apostólico. Foto: Cortesía de la UCLAP.

En estos días en que, junto con Mons. Pedro Meurice, has cumplido tus bodas de oro sacerdotales, me he acordado mucho de ti y de los numerosos momentos que juntos hemos pasado.

Te recuerdo como prefecto en el Seminario del Cobre. Recuerdo tu ordenación sacerdotal, pero más, tu primera Misa en Velasco, en que te ayudé, y el buen P. Rafael Escala la armonizó en su organillo, que no sé de dónde llevó. Me acuerdo del brindis, de tus padres y familiares.

Te recuerdo como coadjutor de San Isidro. En muchas noches de verano a Masi y a su hermano Fernando, a Manuel Martínez, a Carlos Serrano y a otros nos comprabas unos ricos helados “Guarina”. Te recuerdo cuando nos llevabas a la playa, y cuando, con Germán Rivas, Miguel Calero y otros, nos llevabas a “matar” murciélagos a la iglesia de San Andrés. ¡Qué feos y sucios son los murciélagos: parecen diminutos “diablillos”!

Cuando me iba para España, me despediste con otros en Holguín. Me regalaste un crucifijo, que conservo desde entonces, y que he llevado a todos los lugares que he ido; recuerdo las cartas que me hacías.

Dando un gran salto, te recuerdo cuando regresé a Cuba y, un 14 de octubre de 1962, era ordenado sacerdote en Holguín. No olvido, y agradezco, tu solicitud conmigo.

Siendo sacerdote, pasaba buenos momentos cuando, por diversos motivos, iba a verte a San Isidoro. ¡Qué buena acogida! ¡Qué buena mesa, que nuestra querida Ruth nos preparaba! ¡Qué fructíferos fueron aquellos cursillos, donde participaban el Dr. Laureano García, Manel Burgos –hoy diácono casado–, Reynaldo Peña –hoy sacerdote– y tu comunidad de San Isidro.

Como fuiste mucho tiempo mi confidente, te diré algo que no he dicho a nadie. En los 25 años que trabajé en la Arquidiócesis, entonces de Oriente, nunca trabajé para que me hicieran Obispo de Holguín o Auxiliar de Santiago. En cambio, tú lo sabes bien, sí deseaba morir mártir y ser otro Cura de Ars en Jiguaní, pero no lo conseguí. Pensé ser Hno. de San Juan de Dios o fraile dominico, y no me admitieron. Pero el Señor me ha quitado una pierna, para que con el lento caminar “aplaste la cabeza de la serpiente” que todos llevamos con nosotros.

En la actualidad, me siento feliz y contento como un “tarequito” en las manos seguras, firmes y amorosas de Dios. Él sabrá lo que va a hacer de mí. Él tiene sus planes conmigo, como los ha tenido contigo, y los planes de Dios siempre son buenos, pues Él es Amor y rico en misericordia.

En una de esas visitas que te hacía, concelebré contigo la Eucaristía. Al terminar, nos sentamos junto a aquella ventana de la sacristía, por donde corría un aire fresco, y vino una tal Clarita Dalmáu y te dijo: “Padre, lo he visto en el altar con mitra y báculo, y las vestimentas de obispo”; y yo le dije: “Y a mí, ¿cómo me vio?” Me respondió: “Con una cruz muy grande sobre sus hombros”. Si esto fue verdad, no lo sé, pero sí sé que tú has llegado a la plenitud del sacerdocio, y yo he tenido que cargar con una cruz muy pesada, que me ha hecho morder muchas veces la tierra. Ruega para que la pueda llevar hasta el final y que la carga se haga más ligera.

Cuando me comunicaste que te nombraban obispo, sentí gran alegría. Me dispuse a ayudarte, haciéndote el escudo, preparando los cantos y la participación del pueblo en tu ordenación episcopal. ¡Qué buen lema escogiste para tu vida como obispo! ¡Qué bien te veías ese día ¡Cuánta elegancia al bendecir al pueblo querido de Holguín!

Recuerdo que te di el retiro previo a tu ordenación episcopal. ¡Cuántas cosas desacertadas te diría! Pero ahora, no como “falso profeta”, sino basado en la realidad, te digo: “Has brillado como el sol y las estrellas, pero, en lo que te resta de vida, sé humilde como la luna y las moradas violetas, reconociendo que todo lo has recibido de Dios”.

No te he dicho todo lo que recuerdo, ni quiero recordar todo lo que te he dicho. Que dures muchos años más y, al final, veas tu nombre, con letras doradas, escrito en el Cielo, donde participaremos del eterno “Fiestón”.

Perdona las manchas de mi vida. Bendíceme con tu mano derecha, donde llevas el anillo de oro episcopal con la estrella de plata, y pide al Señor que también yo, en el ocaso de mi vida terrena, a pesar de mis debilidades físicas, psíquicas y espirituales, vea en el Cielo las estrellas que se cruzaron cuando Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, me llamó una noche y le dije que , para que así la cruz pesada se torne en una cruz gloriosa y resucitada.

Quisiera que se grabaran en tu mente y en tu corazón estos sentimientos míos: “Tú has sido bueno conmigo; Mons. Meurice ha sido bueno conmigo; Mons. Serantes fue bueno conmigo; todos han sido buenos conmigo. Dios ha sido y es bueno conmigo, como lo ha sido contigo”.

Has sido un buen administrador de los bienes materiales y espirituales también, pero que no te nombren administrador de los bienes celestiales, pues nos pondrías a todos con un ladrillo en las manos, para construir la Jerusalén celestial.

Un abrazo que dure hasta el próximo. Tu amigo,
 
René Parra R., Pbro.