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De Gloriae Olivae
Las profecías de San Malaquías

 

Rogelio Zelada

Precedido por una extraordinaria fama de santidad y por el enorme trabajo pastoral que ha realizado en las diócesis y los conventos de su isla, el monje-obispo de Down, Malaquías O’Morgair,* llega a Roma para encontrarse con el papa. En los primeros días de la primavera del año 1139, Inocencio II lo recibe en el palacio de Letrán y le otorga su aprobación para la reforma que ha iniciado en la iglesia de Irlanda, donde los consejos de Malaquías se han compilado y convertido en reglamentos.

La historia, o la leyenda, cuenta que durante el mes en que Inocencio II lo retuvo en Roma, Malaquías, luego de una terrible visión sobre el destino de la Iglesia y el fin de los tiempos, escribió las “Profecías de los Papas”, una serie de ciento once dísticos latinos o lemas** de dos o tres palabras cada uno, que pretenden describir a todos los soberanos pontífices que ocuparán la silla de Pedro, desde Celestino II (1143-1144) hasta el último de los papas, aquel que gobernará la ilgesia “en medio de muchas tribulaciones” previas al Juicio Final. Estas “profecías” no fueron conocidas sino hasta finales del siglo XVI, cuatro siglos después, cuando el monje benedictino Arnoldo de Wyon las dio hizo públicas, asegurando haberlas copiado del manuscrito original de San Malaquías, texto que él mismo afirmó haber “tenido antes sus ojos”.

Desde el momento mismo de su publicación, estas “profecías” causaron un gran revuelo en toda la cristiandad y, a partir de entonces, tantos han sido sus defensores como sus detractores; estos últimos consideran que son una falsificación histórica que alguien atribuyó a San Malaquías, por su fama de hacer milagros y su capacidad de predecir el futuro. Les parece altamente sospechoso el que estas profecías sólo puedan describir con precisión las cualidades de los 74 pontífices que ocuparon la sede de Pedro hasta el año 1595, fecha en que fueron publicadas. Les parece evidente que quien escribió los primeros 74 lemas conocía muy bien la vida de los papas aludidos, ya que todos ellos habían muerto para entonces, incluido Urbano VII, fallecido en el año 1590.

Con los papas posteriores a esa fecha, los lemas se vuelven borrosos e imprecisos, y tendrán que ser aplicados al pontífice de turno de manera amplia y artificiosa; con una lectura forzada, casual y caprichosa, donde el significado de los lemas se interpreta unas veces de forma literal; otras, moral, y casi siempre circunstancial.

Hasta el siglo XVII, una buena parte del clero y de los fieles tuvo por ciertas estas profecías, pero la investigación emprendida entonces por algunos prestigiosos historiadores no pudo encontrar ningún rastro de ellas en los autores contemporáneos o posteriores al santo; no aparece evidencia alguna en las obras de los historiadores irlandeses de la época, ni en los escritos medievales o en los autores renacentistas durante los 450 años que van desde la muerte de Malaquías, hasta la publicación de “sus” profecías por el monje Wyon,

Malaquías, que había viajado a Francia para un encuentro con el Papa Eugenio III, enfermó gravemente al llegar al monasterio de Clavaral. Allí, cuando los monjes rezaban los laudes del día de los Fieles Difuntos del año de 1148, falleció a los 54 años de edad, en brazos de su amigo y confidente San Bernardo. Éste, que escribió una detallada narración de la vida y milagros del santo obispo, en la que cuenta cómo Malaquías vaticinó el día y el lugar de su muerte, nunca mencionó absolutamente nada acerca de las supuestas “Profecías de los Papas”. A esta razonable duda sobre la historicidad y la autoría de las “profecías”, se añade el hecho de que en su lista de la sucesión apostólica aparecen incluidos nada menos que ocho antipapas, lo que evidentemente constituye tan enorme error histórico y eclesiológico, que difícilmente pueda ser atribuible a una inspiración de carácter sobrenatural.

Es muy vieja, recurrente y universal la pretensión de poder acceder al conocimiento del “día y la hora”, y acertar con la fecha del fin de los tiempos. Entresacando algunos nombres notables de una larga colección de personajes de la historia de la humanidad, nos encontramos que para el Abad Joaquín de Fiore, el mundo terminaría en el año 1260; Erasmo de Rotterdam esperaba que ocurriera en 1588; Cristóbal Colón, en 1655; Isaac Newton, en 1766, y Michael de Notredame (Nostradamus), cuando, por una triple conjunción, el Viernes Santo cayera el 23 de abril, la Pascua el 25 y la Santísima Trinidad el 24 de junio. Desde que publicara sus predicciones, hasta la fecha, esto ya ha sucedido en los años 1666, 1734, 1886 y 1943. Según la profecía de San Malaquías, desde Urbano VII (1590) hasta el fin del mundo, 38 pontífices ocuparían la sede de Pedro, lo que haría de Benedicto XVI (De gloriae olivae) el penúltimo Papa, antes de que llegue “Pedro Romano” y, con éste, el Juicio Final.

En la Basílica de San Pablo Extramuros, unos grandes medallones, con los retratos en mosaico de todos los sumos pontífices, coronan la parte superior de las paredes del templo. Hasta hace poco sólo quedaban dos medallones vacíos, que algunos relacionaban con los dos últimos papas de la lista de Malaquías; pero Juan Pablo II ordenó añadir otros espacios, y ahora la amplificada colección de medallones, extendida a otros muros de la basílica, parece anunciar que habrá Iglesia y Papas para rato, y que, ciertamente, el fin del mundo no llegará tan pronto como anuncia tanto agorero y profeta de desgracias.

Aunque la profecía de Malaquías concluya con una terrible predicción (“En la persecución final contra la Santa Romana Iglesia, se sentará Pedro Romano, que apacentará a las ovejas en medio de muchas tribulaciones, y cuando éstas terminen, Roma quedará destruida y el Juez tremendo juzgará al pueblo”) es mucho más cristianamente confortante –y tranquilizante– escuchar solamente las palabras de Jesús en el Evangelio de San Marcos: “En cuanto al día y la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mc 13,32), y las últimas palabras que nos dejó, antes de su ascensión a los cielos: “No les toca a ustedes conocer los tiempos y circunstancias que el Padre ha fijado con su exclusiva autoridad” (Hch 1,7).

 

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*Su nombre de bautizo, Maelmhaedhoc, fue latinizado como Malaquías. Aunque muchos autores mencionan a San Malaquías como obispo de Armargh, ése es realmente el lugar donde nació, en 1094, y donde, por algún tiempo y para restablecer el orden y la disciplina, aceptó dirigir la diócesis. Finalmente, siendo obispo de Connor, dividió en dos su diócesis y tomó para sí Down, la parte más pobre y pequeña. (N. del A.)

**En la Edad Media, cada grupo social (familia, ciudad, gremio, aristocracia, órdenes religiosas, obispos, etc.) se identificaba por medio de símbolos distintivos plasmados en escudos o blasones, en los que los lemas o divisas ocupaban un lugar preferencial. Estos lemas expresaban los ideales a los que debía acomodarse todo aquel que formara o perteneciera a una de estas instituciones, de manera personal o grupal. (N. del A.)

Miembro de la Facultad de Ministerios Laicos. Encargado de la formación en español
mailto:zelada@miamiarch.org