El falso camino de las sectas
Redacción
La palabra secta proviene del latín secare, que significa
“sectar”, “cortar”. También se ha dicho que se deriva de
secedere (“separarse”), o de sequi (“seguir”), en el
sentido de seguir a un maestro, actitud que ha sido,
efectivamente, el origen de muchas sectas religiosas.
Oscar A. Gerometta, en Aproximaciones al fenómeno de las
sectas, las define como un “grupo humano que se ha separado
de otro preexistente, priorizando una afirmación parcial por
encima de la verdad, al seguir a un maestro particular o su
doctrina; y que, por tanto, se inhabilita a sí mismo para la
comunión”.
Según la definición de Yves de Gibon en el Diccionario de las
Religiones, compilado por el Cardenal Paul Poupard, el
término secta “designa a un grupo en oposición a la doctrina y a
las estructuras de la Iglesia, e implica también, la mayoría de
las veces, la idea de disidencia. En un sentido más amplio, se
aplica a todo movimiento religioso minoritario”.
Es preciso distinguir entre las sectas derivas de la religión
cristiana y las que se fundamentan en otras religiones.
En el caso de las sectas que se originaron a partir del
cristianismo, su condición sectaria se deriva de las “fuentes”
de enseñanza reconocidas por estos grupos.
Numerosas sectas de origen cristiano, además de la Biblia,
poseen otros libros “revelados” o “mensajes proféticos”, y
excluyen algunos textos de la Biblia, o cambian su contenido.
El P. Francisco Sampedro Nieto, C.M., en su libro Sectas y
otras doctrinas en la actualidad, explica que una secta
supuestamente cristiana “es un grupo que está separado de la
totalidad cristiana y que se cree el único poseedor de toda la
verdad, se cierra sobre sí en torno a líderes, excluye a los
demás, los considera como no salvados y actúa proselitistamente”.
El P. Manuel Guerra Gómez, en su Diccionario Enciclopédico de
las sectas, propone la siguiente definición, que abarca a
los grupos de origen no cristiano: “Una secta es la clave
existencial, teórica y práctica, de los que pertenecen a un
grupo autónomo, no cristiano, fanáticamente proselitista,
exaltador del esfuerzo personal y expectante de un cambio
maravilloso, ya colectivo –de la humanidad–, ya individual o del
hombre, en una especie de superhombre”.
Según explica el P. Guerra Gómez, toda secta procura convertirse
en la clave de la existencia de sus adeptos en todas sus
manifestaciones. Con frecuencia, los familiares y amigos de las
personas que han sido captadas por una secta, se quejan de que
estas personas actúan como si hubieran perdido su identidad
psíquica anterior: modo de pensar, de sentir, creencias
religiosas, normas ético-morales, aficiones artístico-literarias
y deportivas, separándose así del círculo formado por su familia
y amistades.
Ninguna secta es realmente cristiana
Para el P. Guerra Gómez, ninguna secta es realmente cristiana,
aunque el término “cristiano” forme parte de su mismo nombre.
Esto se debe a tres motivos fundamentales:
1. Ninguna secta cumple con el mínimo dogmático cristiano. Para
ser cristiano, se requieren tres condiciones: creer en el
misterio de la Santísima Trinidad; creer en la divinidad de
Jesucristo, y recibir el bautismo como medio de incorporación a
Cristo.
2. Para las sectas, la revelación es un proceso que sigue
abierto en la actualidad. El cristianismo, en cambio, afirma que
la Revelación divina se cerró o quedó definitivamente clausurada
tras la muerte del último Apóstol. Desde entonces, pueden
ocurrir revelaciones privadas, que tal vez obliguen en
conciencia a los afectados de modo directo, pero no a todos los
cristianos.
3. Las sectas, o restan importancia a la Biblia, que queda
convertida en uno de tantos libros de índole religiosa, o le
atribuyen un valor particular, que suele ser fanáticamente
proselitista y exaltador del esfuerzo personal, de tal modo que
la superación espiritual se alcanza no mediante la cooperación
de la voluntad del individuo con la gracia divina, sino en
virtud del esfuerzo de los adeptos con la ayuda del grupo.
Algunas sectas caen en un fundamentalismo intransigente, y
predican la inminencia de un cambio sobrenatural que “hará
justicia” a las creencias del grupo, privilegiándolas sobre
todas las otras.
La más clara advertencia
La advertencia más clara y antigua contra las sectas y los
sectarios la dio Jesucristo en el Evangelio de San Mateo:
“Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con
disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus
frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o
higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos,
pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede
producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos.
Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego.
Así que por sus frutos los reconoceréis”. (Mt. 7: 15-20.)
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