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Imagen: Cortesía de En ComuniónRazones de fe

 

Mercedes Ferrera Angelo

 

Imagen: Cortesía de En Comunión

Al visitar el Santuario Basílica de Nuestra Señora de la Caridad en el Cobre son muchas las cosas que quedan grabadas en la mente del visitante, conformando el recuerdo de una visita por muchas razones inolvidable. Entonces, cada uno hablará de lo que mas le atrajo o lo que mas le impresionó, pero es casi seguro que una de las vivencias mas evocadas en el recuento sea el paso de los peregrinos por lo que se conoce como la Capilla de los Milagros.

Quizás no nos sea posible decir desde cuando comenzaron a dejarse en el Santuario esos tesoros, para algunos ofrendas, prendas o exvotos, y cuyo valor reside sobre todo en ser parte del alma de la persona que lo ofrece; pero lo que si sabemos es que allí quedan, como un desafío al tiempo y las circunstancias y como un monumento a la fe sencilla pero fuerte del cubano de siempre.

La muestra que guarda nuestro santuario es variada: diminutas figuras humanas hechas en oro o plata, diversos objetos personales, medallas ganadas en eventos nacionales, internacionales y hasta en Olimpiadas, títulos que premian el final de años de estudio, instrumentos musicales, condecoraciones, insignias y grados militares, artesanías realizadas con diversos materiales, discos, tierra de diversos lugares del mundo y ¡sabe Dios cuantas cosas mas que no podría enumerar aquí!.

Durante años, he formado parte de un equipo que acude al Santuario a colaborar en la atención de los peregrinos desde la víspera y durante todo el día de la fiesta de la Virgen, el 8 de septiembre; y cada año, por mucho que haya visto antes, siempre me sorprende la fe, el sentido del sacrificio y la voluntad de la gente cuando se trata de cumplir sus promesas a la Virgen.

Llegar al Cobre es muchas veces una proeza. Ir con niños pequeños, o una familia numerosa, paquetes y todo lo demás, puede llegar a ser un acto verdaderamente heroico. Pero el estar allí todos estos años me ha enseñado algo: no hay imposibles cuando es la fe la que mueve. De otro modo no sería fácil encontrar razones válidas y sensatas que expliquen el que un joven viaje junto a su familia durante diez o doce horas para estar, cuando mas, dos horas junto a la Virgen, ofrecerle en silencio un pesado cirio traído desde el corazón de África y prometido en el instante mismo en que el peligro corría insistente junto a él en medio de una selva, para luego de cumplida la promesa emprender el largo regreso, cansado, sí, pero con una alegría y una paz indescriptibles.

Tampoco sería muy posible entender a esa deportista que trae su trofeo de campeona mundial no para que su madre lo muestre con orgullo en la sala de su casa, sino para que su otra Madre, la del Cobre, lo reciba como prenda de agradecimiento por acompañarla en los momentos difíciles, y para que quede allí junto a otros trofeos y medallas, que son para Ella silenciosas razones de fe de otros muchos hijos.

Y mucho menos me atrevería a explicar, por parecerme inútil, por qué una madre fue a dejar allí el bisturí que utilizó el cirujano para operar un tumor cerebral a su niño pequeñito, que ahora sonriente le lanza una cascada de besos a "la virgencita bonita"; o encontrar las razones por las que una joven deja su traje de novia, costoso sin dudas, para que sea usado por otra muchacha a la que nunca conocerá, pero que no puede adquirir uno.

Entrar a la Capilla de los Milagros es ver muchas cosas curiosas, interesantes, raras y hasta simpáticas que pueden evocarnos los mas diversos sentimientos casi al mismo tiempo y con la misma intensidad. Pero llegar hasta allí es, sobre todo, abrir los ojos del corazón para, como el Pequeño Príncipe, ver sólo "lo esencial" de las cosas. Entonces, en un atardecer cualquiera, quizás pueda usted caer en la cuenta, de que la medalla que acredita el Nobel de Literatura del escritor norteamericano Ernest Hemingway por su obra "El Viejo y el Mar"* y que fue dejada allí para todos los cubanos, comparte su innegable grandeza y señorío en el Santuario, con la grandeza y el señorío de un pequeño pañuelo que ha secado las lágrimas de una madre que perdió a su hijo en el mar, o con un cuadro de un famoso pintor cubano, un puñado de tierra de sabe Dios donde, unas flores silvestres recogidas y acomodadas con mucho amor, o una bandera cubana.

El lugar, ubicado en el área central posterior del Santuario, justo detrás del altar mayor, es pequeño por su dimensión pero su grandeza y su encanto está en lo que atesora: el corazón de un pueblo que lo quiere allí, a buen recaudo, a los pies de su Madre.

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* En estos momentos, esta medalla no se encuentra expuesta por razones de seguridad.