|
¿Creación o evolución? Evolutiva creación
|
 |
|
P. Eduardo M. Barrios, S.J. |
|
|
A
principios de agosto, el Presidente Bush apoyó que en las clases
de ciencias se les explicase a los estudiantes no sólo la
evolución, sino también el diseño inteligente como respuesta a
las maravillas de la naturaleza. Eso ha causado revuelo entre
creacionistas y evolucionistas.
Hay
creacionistas fundamentalistas que toman al pie de la letra el
relato del Génesis. ¡Tremendo ajetreo el de Dios para tenerlo
todo listo en seis días de los nuestros! Y hay evolucionistas
convencidísimos de que este inmenso y portentoso Universo surgió
por arte de birlibirloque, porque sí, a ciegas. Tras
inexplicable explosión (big bang), casuales mutaciones y
selecciones naturales han dado origen a seres perfectísimos (Cfr.
Darwin).
Ciertamente que todo lo macroscópico y microscópico nos deja
estupefactos. Considérese, por ejemplo, a las abejas. Viven por
millares en perfecta armonía dentro de la colmena. Salen con
misiones específicas de traer agua, polen y néctar. Luego se
reparten el trabajo para fabricar miel, cera, jalea real y
propóleos, sobre panales geométricamente invariables. Está bien
que el científico observe, anote y explique el “cómo” de la miel.
Pero no puede prohibir que uno reflexione y se pregunte sobre el
último “por qué” o “de dónde”, hasta llegar a concluir que un
Diseñador Inteligente ha sido la causa primera de ésa y de todas
las maravillas del Cosmos.
¿Y
qué decir del ser humano, tan complejo en sus dimensiones
corpóreas, afectivas, anímicas, intelectuales y morales?
Ciertamente que no desciende del mono. A lo sumo asciende, pero
no por casualidad. Se necesita la intervención de quien ahora
llaman“Diseñador Inteligente”, el Creador.
Cuando la Iglesia enseña la Creación no especifica sus
mecanismos concretos. Se limita a decir: “El mundo procede de la
voluntad libre de Dios, que ha querido hacer participar a las
criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad” (Catecismo
#295). También explica que la materia no es eterna. Sólo Dios
existe necesariamente desde siempre. En el principio “Dios crea
libremente de la nada” (Cat. #296). Si Dios hubiese contado con
materia preexistente, ya no sería creador, sino listo
manufacturador. Ahora bien, suponiendo que la “teoría” de la
evolución se confirmase, nada impide que Dios haya dotado a sus
primeras criaturas con la capacidad de evolucionar hasta el
punto de que vayan surgiendo novedades.
Pero no basta con afirmar que Dios actúa en los orígenes. Dios
se mantendría creativo en el proceso evolutivo. Él también es el
conservador providente, que acompaña el proceso inacabado de la
Creación. La acción divina escapa a la observación científica,
pero no a quien se pregunta sobre las causas últimas.
Mejor no problematizar sobre el supuesto conflicto entre ciencia
y religión. Multitudes de creyentes en Dios han dedicado sus
vidas al avance de las ciencias. Quizás no todo lector sepa, por
ejemplo, que el botánico austríaco Gregor Mendel, descubridor de
las leyes de los caracteres hereditarios, era un monje agustino.
El biólogo Pasteur, los físicos Pierre y Marie Curie y una
muchedumbre de matemáticos, astrónomos y científicos de
diferentes campos, han encontrado en la fe estímulo para la
investigación, y sus descubrimientos científicos los han movido
a alabar más al Creador. “Señor Dios nuestro, ¡qué admirable es
tu nombre en toda la tierra” (Salmo 8, 2).
Sacerdote jesuita
ebarriossj@aol.com
|