La Primera
Cubana

Foto:
Cortesía de Rogelio Zelada)
Escasea la sal en el
Real de Minas de Santiago del Prado, y Don Francisco Sánchez de
Moya, señor y fundador de la Villa, ha enviado por ella a su
mayoral al Hato de Varajagua, donde suele haberla en
abundancia.
Poca sal queda en el
hato y con el encargo de buscarla parten con urgencia hacia las
Salinas de Nipe dos indios naturales de la Isla, los hermanos
Juan y Rodrigo de Hoyos y llevan con ellos a Juan Moreno, un
negrito esclavo criollo de apenas diez años. Los tres cultivan
viandas en Barajagua y cuidan el ganado para que Sanchez de Moya
pueda alimentar a los esclavos y trabajadores de sus minas de
cobre.
Al frescor de la
mañana salen rumbo a la bahía y en la costa aparejan una canoa
para remar hasta Cayo Francés para sacar la sal que necesitan.
En ese amanecer de
comienzos del 1600, la luz del alba que rompe el frescor de la
marisma les deja ver un destello de espumas que avanza erguido
sobre la leve cresta de una ola.
Es el comienzo de una
historia que con viso de leyenda formará parte del alma de una
nación en ciernes. Como Hatuey no quiso ir al cielo “porque allí
estaban los españoles” el cielo les enviaba a su mejor
embajadora en el momento justo y preciso para que sus hijos de
“la tierra mas bella que ojos humanos vieron” encontraran el
camino de la fe escoltados una y otra vez, a lo largo de la
historia por este pequeño signo venido del misterio después de
la tempestad.
Es difícil encontrar
algo que entonces fuera más cubano que dos indios y un negro
esclavo, como si desde el comienzo la Reina de los Cielos
quisiera “su suerte echar” “con los pobres de su tierra”, a los
que nunca, ni en las peores tormentas les faltará el amparo de
su compañía y su consuelo.
El relato convertido
en tradición popular cuenta que llenos de gozo y alegría,
cogieron solo dos tercios de sal, y se vinieron a toda prisa
para el Hato de Barajagua. No sin antes tomar también la tabla
donde se leía más que un título, una declaración: “Yo soy la
Virgen de la Caridad”
El asombro de aquellos
tres testigos fue tal, que setenta y cinco años después, Juan
Moreno, el último sobreviviente, relatará bajo juramento ante
jueces, notarios, magistrados y eclesiásticos ilustres, que “al
principio la creyeron un ave o una niña”, pero que la emoción
les quitó el habla cuando recogieron de las aguas a la Señora
oronda y seca, a pesar de su aventura marinera en la bahía.
La evangelizadora de
Cuba nos llegó morenita de sol, trigueña, prietecita como los
indios, como los campesinos, cercana a todos, con un poco de
todos para que bajo su manto pudiéramos andar como en casa.
Como una carta de
Dios, su imagen nos llego con la rica simbología de un lenguaje
preciso, natural y simple, que el pueblo noble y fiel entendió
desde el principio, lo hizo profundamente suyo y lo enriqueció
con la sana sabiduría de los pobres de la tierra
Descubrió que el
primer símbolo fue el mar, inmenso y luminosamente azul,
terrible en la tormenta pero dulce y pródigo en la calma. El
mar, que forma nuestro carácter y da color a nuestra identidad,
está intimamente ligado a lo que somos, a nuestros gozos a
nuestras esperanzas y a nuestros males. La Virgen, que nos llegó
sobre las olas del mar, como paloma serena después de la
tormenta, nos dice que únicamente la fe nos hará caminar sobre
las aguas de la vida sin hundirnos en la desesperanza y el
desaliento.
Las manos de tres
trabajadores encallecidas de trabajo y repletas de dolor y
sacrificios fueron las primeras en tocar la imagen de la Virgen
de la Caridad y representan a todos los que con, cariño sencillo
y confiado, la acogen y la llevan a su casa. El tercer sígno es
la imagen misma; ícono mestizo de la cultura cubana, arcoiris
racial y cálidamente tropical de nuestra identidad. Su manto se
abre en la serena acogida de su abrazo para cubrirnos a todos
como hermanos e hijos de un mismo Padre, para protegernos y
animarnos en cada tormenta de nuestro devenir personal y
nacional.
Ella se presenta como
la imagen de la Iglesia y la síntesis del misterio cristiano;
porque la cruz en su mano derecha nos habla de redención, de
muerte que da vida, de una promesa de resurrección y plenitud
pascual. El Jesús-niño en su otra mano nos habla del Dios hecho
hombre, de la locura infinita de la Encarnación, de la
fraternidad humana, del respeto al prójimo, de solidaridad y
compasion, y sobre todo de amor y caridad.
Andariega, peregrina,
mambisa, madre de una nación, muchos y grandes títulos para una
imagen tan pequeña devenida en enorme e intenso signo de la
identidad cubana. Así lo entendieron los veteranos de la Guerra
de independencia cuando hace 90 años, el 24 de septiembre de
1915, pidieron a Benedicto XV que declarase, por la ley de la
Iglesia, lo que ya era ley en el corazón de su pueblo.
Representantes de una patria naciente, que por boca de sus
mejores hijos, los mambises, reconocía una vez más que: “en el
fragor de los combates y en las mayores vicisitudes de la vida,
cuando más cercana estaba la muerte o más próxima la
desesperación, surgió siempre como luz disipadora de todo
peligro o como recio consuelo para nuestras almas la visión de
esa Virgen cubana por excelencia, cubana por el origen de su
secular devoción y cubana porque así la amaron nuestras madres
inolvidables…”
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