Las crisis
nos ayudan a reconocer lo que verdaderamente importa
Mis queridos amigos:
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Arzobispo John C. Favalora |
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Los
momentos de crisis tienden a apoderarse de nuestra atención.
Esto ha sido cierto en las pasadas dos semanas, mientras los
habitantes del sur de la Florida se recuperaban del paso del
huracán “Wilma”, que nos dio una ocasión para reflexionar en las
cosas que verdaderamente importan: nuestras vidas y las vidas de
nuestros seres queridos.
Las
cosas que creíamos indispensables resultaron inútiles. Al faltar
la electricidad durante días enteros en la mayoría de los
vecindarios, de repente nos vimos libres de las máquinas. No
había televisión, ni Internet ni computadoras que ocuparan
nuestro tiempo, y, en muchos casos, tampoco había gasolina para
ir a ninguna parte.
Al
faltarnos todas estas cosas que llenaban nuestro tiempo, tuvimos
que empezar a depender unos de otros: las personas con las que
vivimos, los vecinos a los que rara vez vemos, los amigos que no
sabíamos que teníamos, y hasta los extraños que dejaban sus
propias ocupaciones para ayudarnos. Pareció que todo el mundo
compartió lo que tenía: comida, duchas calientes, dormitorios…
Hasta generadores de energía.
Aprendimos que es posible sobrevivir sin las comodidades de la
vida moderna. Pudimos reflexionar en el hecho de que lo que
verdaderamente importa rara vez viene en una caja, y ciertamente
es imposible de adquirir en una tienda.
Irónicamente, prestar atención a lo que verdaderamente importa
es lo que estamos llamados a hacer durante las últimas semanas
de nuestro año eclesial. Durante las cuatro semanas antes de
Adviento –lo cual marca el comienzo del año eclesial—las
Escrituras hablan de “las últimas cosas”, las cosas más
importantes en la vida, las prioridades que todos debemos tener.
El
domingo después del huracán, el Evangelio se refería a llamar
Padre sólo a Dios, y a todo lo que esa relación implica. Como
seres humanos, confiamos en nuestros padres para que nos den
todo lo que necesitamos para sobrevivir, y para que nos
defiendan de todo daño.
Jesús
insistió en que debemos tener la misma relación con Dios,
nuestro Padre celestial. Una vez que se ha establecido esta
relación de confianza, es mucho mas fácil enfocarse en lo que
realmente importa, y comprender que nuestras prioridades deben
concentrarse en la vida.
Dios
Padre nos protege. Dios Padre nos provee de lo que necesitamos.
Sabemos que, cuando confiamos en Él, sobreviviremos, no importa
la crisis, no importan las dificultades. Ni siquiera la muerte
puede derrotarnos, así como ni siquiera la muerte derrotó a
Jesús.
Es
posible que la camaradería generada por el paso de Wilma sólo
haya durado lo que duró la falta de energía eléctrica. Cuando
terminó la crisis y las máquinas recuperaron su poder, volvimos
a nuestras aisladoras rutinas. Pero, ¿no sería maravilloso si
viviéramos cada día como vivimos durante los momentos de crisis?
¡Cuán distinto y mejor sería este mundo.
Sin
duda, un mundo semejante es el que nos ha prometido el Padre.
Nuestro hogar definitivo y permanente no es éste que azotó
“Wilma”, sino una morada celestial, preparada para nosotros por
Dios. Ése es el mundo hacia el que debemos mirar mientras vamos
de camino a través de éste.
Al
acercarnos al Día de Dar Gracias, le damos gracias a Dios por
protegernos durante el paso de “Wilma”, y por guiarnos a través
de todas las otras tormentas que azotan nuestras vidas. Que
nunca perdamos la fe en nuestro Padre, y que nos esforcemos
siempre en mirar hacia lo que verdaderamente importa en la vida. |