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Todos los caminos conducen a…Cuba

Dagoberto Valdés
Pinar del Río, 20 de marzo de 2005

 

El Obispo Auxiliar Emérito de Miami, Mons. Agustín A. Román, con Dagoberto Valdés, durante la visita de éste a Miami en el año 2004. Cortesía de En Comunión

Todos los caminos conducen a Roma… dice un viejo refrán, y en este caso puedo agregar que de Roma se regresa por diversos caminos. Todos me llevaron a la Patria.

En efecto, salí de Cuba, después de haber obtenido los permisos “necesarios”, con dos propósitos fundamentales: uno, participar en la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo Justicia y Paz del 25 al 27 de octubre de 2004 y el otro para ver a la otra parte de mi familia.

Resultó ser que, seguidamente, de la Asamblea del Consejo Pontificio, tuve el honor de participar en el Primer Congreso de Organismos Eclesiales que trabajan por la Justicia y la Paz, del 27 al 30 del mismo mes, al que asistieron representantes de más de cien países y en el que Cuba participó con dos delegados: Rita Petrirena que trabaja en el área social de la Conferencia de Obispos Cubanos y este servidor al que, además, se le encargó una intervención en uno de los paneles en el plenario del  Congreso junto a una estudiante china, una profesora italiana y el cardenal de Tegucigalpa. Intenso momento de universalidad y fraternidad eclesial.

Momento culminante de esta semana en la Ciudad Eterna fue la audiencia con el Santo Padre a quien tuve la suerte de saludar personalmente y recibir una especial Bendición para Cuba, un apretón de manos y de sus labios una única palabra, repetida varias veces: coraje, coraje.

El regreso de Roma fue una verdadera peregrinación al encuentro de amigos y familiares. Luego de un azaroso domingo entre el aeropuerto Leonardo da Vinci de Roma y la noche inesperada en casa de Teremari en Ostia, pues había perdido dos aviones, el primero por tener vendidos todos los asientos y el segundo de ellos aún inexplicablemente, por fin el lunes 1ro. de noviembre llegué a mediodía a la inenarrable Praga, una ciudad tan bella y bien conservada que parece salida de un libro de castillos y hadas…

Allí la inolvidable comida con el Arzobispo Miloslav Vlk, cardenal de Praga, en cuya casa recibí hospedaje y mucho cariño de él, de Mons. Malý, su obispo auxiliar y del secretario personal de Su Eminencia. Cuál sería mi asombro al responder a su pregunta de dónde yo trabajaba y decirle que llevaba 8 años en una brigada de recolección de yaguas, pues con una sonrisa propia del testigo y el confidente, me dice: ocho años pasé también yo limpiando vidrieras en las tiendas de Praga… Y allí, además de este testimonio martirial de los tiempo de “antes”, recibí de sus propias manos con una sencillez y generosidad espléndida, ropa del Cardenal y uno de sus trajes, porque mi maleta se había extraviado entre Roma y Praga.

Así con el corazón lleno de fraternidad eclesial, de hospitalidad insigne, me dirigí al momento culminante de esta breve visita a Europa central, la entrevista con Vaclav Havel, ex presidente de Checoslovaquia y luego de la República Checa y autoridad moral indiscutible en medio de su pueblo. Allí pude encontrar un hombre sencillo, cercano, con un gran amor a Cuba y un respeto reverente a su pueblo y a su Iglesia.

Luego, un breve paseo por Praga, la Catedral de San Vito, el Puente de Carlos, el Teatro Nacional, la cafetería frente al Teatro donde se fraguó el último tránsito, el monumento a las víctimas de “antes”…y la peregrinación al famosísimo Santuario dedicado al Niño Jesús de Praga, punto de encuentro entre las culturas española y eslava.

Mi estancia en la legendaria Praga tuvo un momento muy especial la noche del 2 de noviembre, al ser invitado a participar como invitado del Cardenal Vlk a la misa de difuntos y a la ofrenda que hace el Arzobispo en el Panteón Nacional a todos los Héroes de la Patria en el solemne cementerio junto a la Iglesia umbrosa. Cada feligrés que participaba en la procesión hasta el Panteón llevaba una vela encendida que al final colocaba en la tumba que deseara. Allí un cubano desconocido, colocaba, con enorme gratitud y admiración por aquel pueblo, su vela sobre una humilde tumba de otro desconocido, por lo menos para el peregrino. Era quizá el más discreto y profundo homenaje a la estirpe, la fe y la cultura de esa nación venida desde el antiguo reino bohemio y cuyos avatares no lograron borrarlo de la geografía europea.

Esa noche misma, rumiando en el alma tanto significado, atravesé parte del país por carretera hasta Bratislava, cuya Catedral, su gente, la plaza de la Rebelión, la sede del periódico Smé (Somos), el monumento a la procesión de velas con la que comenzó la luz en la última etapa, fue otro regalo de Dios y otro encuentro con parte de la familia humana y cristiana.

De regreso a Praga, y luego de participar en la Misa de la capilla privada del Cardenal y de despedirme de todos en la casa que tanto cariño me había dado junto con las llaves de todas las puertas de entrada, partí hacia Madrid la mañana del 4 de noviembre festividad de San Carlos, así precisamente se llamaba uno de los amigos de esta peregrinación.

En Madrid, reencuentro con parte de mi familia carnal, mis tíos y primas, los demás de la familia ampliada, como Lázaro y Elena; y el indispensable saludo a un amigo entrañable de Cuba: Joaquín Ruiz-Giménez y su familia. Reencuentro con las raíces, celebración del 92 cumpleaños del tío Néstor Ferro y otra vez andando, esta vez de regreso a América.

El 9 de noviembre llegué a Washington, para recibir, a mediodía del 10 un Premio de muy reciente entrega y cuyo titular y sentido me desconcertaban: “Premio Jan Karski al valor y la compasión”, luego de reponerme del extrañamiento pude darme una explicación que intentaba encontrar la inexplicable relación entre la vida de este intelectual católico polaco, profesor de Georgetown y este yagüero pinareño.

La Providencia quizá tenía preparado que el Premio fuera convocatoria e invitación, reclamo y exigencia para intentar ser lo que, por adelantado, se premiaba. De todos modos, allí junto a la respetable estatuilla de Karski, se realizó otro de esos milagros de la comunión entre los creyentes, de la solidaridad entre los más disímiles miembros de la única familia humana. Yo sé que todo lo que se refiere a eso se hace por Cuba, por eso esa fue y es mi primera y última palabra y mi primera y última oración.

El día del premio había comenzado con una Eucaristía en el Santuario Nacional y Basílica de la Inmaculada, presidida por Mons. Estévez y Mons. Román, obispos auxiliares de Miami y el Padre Hería, pinareño, que tuvieron la delicadeza de viajar hasta allá para rogar por Cuba y por todos los cubanos sin exclusión de ningún tipo.

Al día siguiente, me invitaban a ofrecer una especie de conferencia en la Universidad Católica de América, sobre Iglesia y sociedad civil en Cuba. Para mi asombro y complacencia, allí sobre el podio desde donde debía dictar la conferencia, unas manos amigas, con inmensa ternura y delicadeza, pusieron una bellísima imagen tallada en madera y traída de Cuba, de la Virgen de la Caridad del Cobre. Después de compartir el sencillo almuerzo de los propios estudiantes de la Universidad, pedí realizar dos visitas especiales: una a la más antigua universidad católica de los Estados Unidos fundada en 1789, cuya historia y prestigio académico siempre me han impresionado otra al Memorial Lincoln, uno de los símbolos más elocuentes de la grandeza del pueblo de los Estados Unidos.

Así que, de la compañía cubanísima de Manela Hidalgo, profesora de aquella alta casa de estudios, traspasé el inmenso portón del campus me acerqué hasta la estatua de su fundador el P. John Carroll y contemplé con íntima devoción académica aquel viejo y varias veces admirado edificio que conocía por fotos de amigos y por anteriores y frustradas invitaciones. Así de la compañía respetuosa y cordial de Manela caminé hasta el monumento a Jan Karski, quien fuera profesor de esta Alma Mater durante más de cuarenta años hasta el 2000 en que murió. Para mi sorpresa, el buscado monumento resultó ser una simpática estatua de bronce del intelectual polaco sentado en uno de los bancos del campus universitario y a su lado un pequeño tablero con un juego de ajedrez, como dispuesto siempre a jugar una partida con el caminante, profesor o estudiante, tal como hacía en su vida anterior.    

De allí, casi corriendo hasta el Monumento a los Soldados Caídos en las diferentes guerras y después al imponente Abraham Lincoln, sentado, mirando con ojos profundos y serenos, con aquellos pensamientos de bronce implantados en purísimo mármol, como ideas-fuerza dichas en la perenne transparencia de la verdad. Un momento de homenaje y oración a aquel gigante de los derechos de las personas, un solo instante, pero suficiente para beber en el pozo de su nobleza y partir a seguir encontrando raíces y familias.

El miércoles 11 llegaba a Miami, esa ciudad toda ella latina, toda ella con impronta cubana, toda ella hecha a manos de inmigrantes, luchadores sin patria, pero con el espíritu emprendedor de la libertad. Era mi primera visita. Era un reto y un enigma para mí, desafío y peligro, interpelación y reencuentros,  todo anunciado, prevenido y asumido en nombre del Señor y de Cuba. Todo rezado, reflexionado y sosegado desde que la evidencia se impuso a la probabilidad.

Miami debería ser un encuentro informal y privado con el resto de mi familia. Y lo fue. Miami me sorprendió por su cielo limpio, azul y su alma noble, casi suplicante de reconocimiento y de participación en la nación que somos y estamos en ambas orillas… ¡en tantas orillas! Allí llegué acompañado por mi prima Neyda y por una inefable sanjuanera llamada Miriam Bringas, por mi editor, el sereno Gerardo Martínez-Solanas, cuyo trabajo en la ONU le ha dado la dimensión del mundo y el criterio de los tiempos. Esa noche a casa de mis primas, a una enjundiosa y breve visita al rellollo Gordo Salvat, abierto, franco, cubano, generoso y atento, allí terminamos de detallar un librito que se empeñaba en publicarme… y luego, a una comida con Mary y Oscar, miembros de mi comunidad de base en Cuba con los que rezaba y compartía la vida en Pinar. Todavía me preguntaba… ¿era Pinar o era Miami?

Al día siguiente, me entregué en manos de otra familia para el cuidado del cuerpo… tan discreto y tan profesional que no encontraba yo todavía las prevenciones, los peligros, las crispaciones…anunciadas, asumidas, pero aún no aparecían por ningún lado. De allí a casa de María Cristina Herrera, para encontrarme con una santiaguera de pura cepa, consagrada de pies a cabeza con más ímpetu que salud a la Isla amada y añorada. Mujer fuerte, como la de los Proverbios, mujer traslúcida y acechante de cariños y exigencias, casi la “imago” de la Patria que era la pasión de Martí. Casa de Cuba, su casa y su corazón de Cuba y su palabra sobre Cuba y su futuro en Cuba y su presente en Cuba desde la otra orilla. Allí encontré ese día y otro más con cubanos de pensamiento y reflexión, de letras y humanidades, en la primera estación hasta entrada la noche con los jóvenes cronológicos, generación de menos nostalgia y más exigencias de futuro. Al día siguiente en el salón llamado Paladar, junto al piano bellamente interpretado por el inenarrable Emilio Cueto, mi encuentro-ingreso corporal en el Instituto de Estudios Cubanos (IEC), treinta años dedicado a la memoria de Cuba, al crear humanístico, económico, literario, sociológico para la Isla en peso. Esa noche, me sentí casi más honrado, dicho con toda honestidad, que en el Premio Karski: era un vientre intelectual de la Nación que me acogía, me paría como miembro de su Directiva, me escuchaba y me interpelaba como si yo no fuera más que un yagüero, un guajiro pinareño, para más INRI y mayor orgullo y bobería soberana. Pero mientras patente era mi pasmo, más cercanos tenía en la mirada, en el calor fraterno y en la pregunta doméstica, la empatía de esos hombres y mujeres de pensamiento y corazón, todo para Cuba.  Hay desafíos de ternura y franqueza que lo dejan a uno sin escapatoria en los afectos y sin lógica en la razón. Ya lo decía Martí: “razón y corazón marchan juntos”, para bien y para desconcierto de los que van prevenidos, y salen acurrucados, a otra habitación del mismo Hogar nacional.

Si esto es una parte de la esencia de Miami… allí está también, desterrada pero recurrente y alerta otra parte del alma del País. Por lo menos, por esta noche no lo podía discutir.

Pero igual pasó al día siguiente: casi coincidiendo con el mismo sol que nos calienta en ambas costas, llegué con el corazón apretado a uno de los santuarios de cubanía, junto “al mar que nos une”-como me expresó desde el balcón de su despacho el cubanísimo y detalloso Obispo Agustín Román.

“Una luz en la oscuridad, un arroyo de agua viva… quiere ser tu Iglesia, quiere ser tu imagen”…así comenzaba la Eucaristía en la Ermita circular, infinita y diminuta, transparente de luz y traspasada de dolor materno. Ermita, cuna, sagrario de nuestra historia patria. Todo bajo el manto incluyente, cobija de calidez matutina, luz y savia de nacionalidad y universalidad. Todo junto, todo “con la fuerza de lo pequeño”, todo y todos, como no podía ser de otra forma, que para y con la Virgen de la Caridad, Madre, Reina y Patrona de Cuba.

Difícil es para el peregrino, sin resuello y sin represa, narrar lo que no se puede, aguantar lo que es inasible, ser vasija y fango y pedernal, a los pies de la ternura sin orillas y sin costuras, sin fronteras y sin muros: Tengo la certeza de que si algo salva y salvará a Cuba es el corazón de la Madre del Cobre, “mambisa que por machete tiene la cruz de su Hijo…el Hombre-Dios crucifijo, carga de amor arremete”- como sólo puede expresar el poeta y sacerdote santiaguero Jorge Catasús.

Todo me hablaba de eso, la imagen traída de la Isla, la historia plasmada por el artista en el retablo de la Nación, la paterna y entrañable explicación -dijo que para el peregrino- de Mons. Román. Encontrar allí a Varela y a Martí, a Pablo VI y al Papa polaco, y allí pintada a la derecha de la inmensa imagen de la pared, descubrir a mi Parroquia en Pinar, la Ermita de la Caridad donde desde niño profeso la fe y me acojo a la Madre, el santuario más occidental, en todos los sentidos, dedicado a la Virgen del Cobre.

Otra vez me dije… junto a los míos de siempre, lejanos en los años y ahora compartiendo conmigo estupor y temblor, lágrima y plantío: eran Pepe, Angelita, Élida, Dora, las hijas de la Caridad, el padre Vallina, Omar y Josefina y tantos otros… aún aquellos, que como Nicodemo, con increíble humildad y respeto vinieron a dar un saludo al peregrino en la discreción del hogar de la Madre y de la casa del Pastor.

Sobre la solapa del peregrino puso el Padre Obispo un sello del Padre Varela, como para sacar afuera lo que él sabe que es una de las más grandes pasiones y estudios del peregrino. Otro gesto de inmerecido cariño que culminó poniendo en manos del yagüero, nada menos que el Rosario con el que el Obispo reza, espera y vela por Cuba y por su Iglesia. Si esto es Miami, allí encontré otra parte de mi familia y de la Iglesia que peregrina a ambos lados del Mar de Galilea o si se quiere, allí está la otra parte del mismo pueblo que atraviesa, cada uno a su manera, pero todos a pie enjuto, el Mar Rojo que es a la vez, muerte para unos y vida para otros, Mar que es a la vez, escape y liberación. Aquí pasamos este tiempo de éxodo y purificación, todos los de Egipto y Babilonia, todos los del desierto y el Jordán. Esta ha sido nuestra Pascua. En las jambas había quedado la huella de sangre… aquí y allá, en la Isla y la Diáspora quedan las huellas imborrables del paso del ángel exterminador… pero también quedan las marcas del Paso, de los clavos y del perdón de la Pascua redentora y gloriosa del Cristo de La Habana y de Jerusalén.

Luego de la Misa, sin duda punto central de mi encuentro con la familia y de un sabroso desayuno cubano en el Salón presidido por el Padre Varela iluminado por multicolores vitrales cuyo significado no podía escapar para mí, me despedí del mar que nos une y comenzó para mí una serie ininterrumpida de encuentros con grupos de amigos, conocidos y desconocidos hasta entonces, comenzando por la obligada y agradable visita a dos órganos de prensa católica que dan luz a esta comunidad: fue de las pocas cosas que pedí, visitar el Arzobispado de Miami para encontrarme con el equipo de La Voz Católica, periódico de la Iglesia local, al frente del que estaba entonces mi amiga y hermana coterránea, Dora Amador. La otra visita fue a la Revista “Ideal” que dirige Lorenzo de Toro, edita Germán Miret, ambos cubanos cabales y hombres al servicio de la verdad y el bien. Allí, junto al taller para mejorar la vista de los ojos del cuerpo, me encontré que detrás había el servicio mejor, la difusión de la verdad que cura y amplía la visión del alma. Luego a casa de Omar y Josefina para un día de increíble comunión con cubanos de ley, algunos a nombre propio como la inolvidable Moravia Capó y mi hermano Félix Carlos Hernández Padrón, otros a título de hermanos en la fe, como Ondina Menocal y los sacerdotes cubanos, los miembros de En Comunión; otros a nombre de sus organizaciones de la sociedad civil, con tanto respeto que casi no podían pasar del saludo y la presentación de su consideración y admiración por la labor de la Iglesia a la que sirve el visitante. Todos con la palabra de aliento, con la obligada referencia al cómo poder ayudar sin perjudicar, cómo estar cerca de la Isla y de los que sufren sin dañar su dignidad y sin crispar de miedo a los que aún lo tienen. Puedo dar fe de que no hubo una palabra hiriente con referencia a nadie, ni hubo intención de ocupar el lugar protagónico de los que viven en la Isla. Todos aferrados a la vía pacífica, todos queriendo que la herida sea la menor, todos queriendo curar con medicinas y curar con cariño patriótico y fraterno. Si me fuera obligado decir una sola palabra que resumiera la actitud y las posturas diversas de estos cubanos… esa palabra sería: respeto. Si me fuera dado llegar hasta dos: serían: respeto y cariño; a lo cubano, sin resentimiento y sin tasa.

Y la última noche, fue para los más entrañables en la fe de la Iglesia pinareña: en la casa abierta y colmada de Leonor Alonso, pude encontrarme con la otra parte de mis raíces de fe. Allí mis antiguos compañeros del catecismo con el catequista Felito de la Torre. Allí mis amigos del grupo de jóvenes, pocos pero entrañables, de los que sobrevivimos, únicamente por la inmerecida Gracia de Dios, a la hecatombe del miedo. Rosa Díaz y Rosita, Amable y Mary Trujillo, Los Legón y los Noriega, los Crespo y los Sanjudo, los Cabanzón y los del Municipio de Pinar del Río, Raúl Hernández y Pupy Porta, mi ahijado el Padre Julio Víctor y  Pancho el de Mariel. María Carlota de Céspedes y la abuela de mis hijos Hildelisa Méndez, y tantos otros hasta desbordar la memoria y el corazón. Yo sé que se quedan muchos y estoy contento porque al irme recordando, disfrutaré doblemente su presencia y su compañía. Rostros elocuentes más que las palabras, abrazos sin fin, corazones entorpecidos por la celeridad del momento y lo largo de la historia. El peregrino, optó por sentarse en el suelo del florida-room de Leonor y dejarse llevar por el recuerdo reverdecido y dejarse querer y querer de la única manera que sabemos querer los cubanos y los pinareños, así, tan simple y noblemente, tan sin medida y sin vericuetos, que no podemos dejar de abandonarnos en el corazón del hermano.

Si Miami es esto…entonces doy gracias a Dios por haberme permitido encontrar a esta parte de mi familia… a esta parte de Cuba. Yo sabía que todos los que quedamos allá en la Isla habíamos sido mutilados de cariño, talados de ramas, desgajados de recuerdos…¡qué terrible dispersión del alma, la de un pueblo en exilio! Huecos de gente que no ves más, por lo menos en este mundo. Heridas de afectos que se desenraízan y se alejan. Nostalgias que acucian el sabor amargo del que no es de aquí y deshilachan la historia que ya no podrá tejerse nunca más. No hay daño antropológico mayor que este: el descuartizar el hogar nacional hasta que cada miembro desarticulado y anhelante de sutura para la herida…tiene que, para sobrevivir, injertarse en tronco ajeno.

Pero mi visita a esa península de la Isla que fue desde Varela parte de lo nuestro, no fue, ni mucho menos, ni para nadie, el destilar de la amargura sino el bálsamo del reencuentro. Fue y es coser el alma y mimar la memoria.

Yo sé que no todo allí es así, y que en ningún lugar está el paraíso. Y que, como en todas las familias hay ovejas negras y descarriadas del redil nacional. Y que mi visita fue muy corta y que fue en andas de los que me quieren. Por eso mismo y porque estos años me han quitado, desgraciadamente, demasiada ingenuidad, es que agradecí a los que me previnieron, agradecí más a los que organizaron las visitas y, aún más a Dios que permitió que me encontrara con parte de lo mejor de la familia. 

Me sentí un poco más cubano, ¡mire usted!. Y más pinareño, ¿qué le parece?; y más guajiro, a mucha honra. Y más católico… ¿qué le vamos a hacer?

Todos mis caminos me condujeron a Cuba. Fue lanzar la vista, recta, limpia de resentimiento y pletórica de esperanza, para mirar fijo a los ojos del futuro de nuestra Patria. Con la certeza de que si ha sufrido lo indecible y lo impredecible, tendrá que resucitar para ser una nación nueva en la plenitud de quien ha sabido sufrir con hidalguía, amputar con limpieza y reconstruir con amor y pasión cristalina.

Pero… al regresar a mi tierra, el domingo 14 de noviembre a escasos 22 días de haber salido, no pude dejar de sentir que algo se recomponía, que algo se sosegaba, que algo firme e inefable se afianzaba bajo mis pies de peregrino.

Entonces me dije con la misma convicción entrañable de siempre:

¡Dios mío, como esta Isla no hay dos!