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¿Dios castiga?
Al pensar en tantas cosas malas que veo suceder en el orden
físico (enfermedades), en el orden moral (el pecado, la guerra),
en los fenómenos devastadores de la naturaleza (huracanes,
temblores de tierra) me pregunto: ¿Dios castiga? Le pregunté a
un Padre jesuita: ¿Dios castiga? “No”, me respondió, “Dios es
Amor”. Le preguntá a un letrado Padre dominico: ¿Dios castiga?
“No, Dios es un Dios de misericordia”. A una madre carmelita
descalza: “No”, me respondió, “Dios es Amor”. Le hice esta misma
pregunta a un cristiano colombiano, y me respondió: “Dios es
lento a la ira y rico en misericordia, pero tiene ira también”.
Le pregunté a otro bien formado cristiano: “Dios es Amor, pero
donde hay amor, hay también justicia; Dios es un Dios de Amor,
pero también es justo, dando a cada
cual su merecido”… Y así, me dispuse a escribir este artículo.
Recuerdo que, siendo párroco de Gibara, Cuba, alrededor de 1975,
invité a una monja canadiense, que prestaba su servicio en el
país y gozaba de mucho prestigio y formación teológica. Fue a la
parroquia y, entre muchas cosas, dijo que Dios no castigaba ni a
las buenas, ni a las malas, que Dios era Amor, que nos regalaba
su Amor, su santidad y su perdón. No habló del Purgatorio y
mucho menos del Infierno. A todos nos gustó su exposición, pues
era agradable al oído, y nos sentimos perdonados no por nuestro
esfuerzo o penitencias, sino por la misericordia de Dios.
La monja canadiense alegró mi alma, pero, al mismo tiempo, me
invadió la tristeza, pues a la edad de 15 años, cuando entré al
Seminario del Cobre, en la primera entrevista con el Padre
Espiritual, que era un venerable jesuita, éste me dio un cilicio
y me dijo: “Llévalo en un muslo, o en el vientre”. Así lo hice
hasta 1970, en que enfermé gravemente y el ya difunto P. José
Manuel Mijares, S.J, me aconsejó que me lo quitara. ¡Qué alivio
sentí!… He perdido el tiempo llevando un cilicio en mi cuerpo y
durmiendo en el suelo sobre piedras, acompañado de fuertes
ayunos y mortificaciones para vencer la tendencia al pecado que
todos llevamos dentro, y que ahora esta monja me diga que Dios
es Amor y que nos regala su Santidad!
Pero ahora vuelvo a preguntarme: ¿se equivocó el
Padre jesuita, que me dio el cilicio e inculcaba en mí el hacer
fuertes penitencias? No, no se equivocó, pues sólo el que ha
sufrido puede entender lo que es el Amor. La monja tenía también
razón, pues Dios es Amor y regala la Santidad, pero después de
una dura purificación. A esta purificación es a lo que llamo
“castigo” de Dios. Pero un castigo a modo de medicina, pues, así,
como mi madre me daba un amargo purgante para curar mi
enfermedad, así Dios nos “purifica” algunas veces con fuertes “castigos”,
para que seamos sanos en el cuerpo y en el alma. Dicho sea de
paso, no soy “santo” (me falta la n, según el dicho
popular), pero ahora estoy más cerca que cuando empecé a los
quince años, con el cilicio que me dio el Padre Espiritual.
Ahora tengo uno de carne y hueso, que no puedo quitarme cuando
quiero. La pierna que perdí está en el Cielo. Creo que iré a él,
no por mis méritos propios, sino por la infinita misericordia de
Dios. Creo en el Infierno, que es el más horrendo de los
castigos: no ver a Dios. Creo en las palabras de Cristo cuando
dice: “Más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no
que todo tu cuerpo vaya a la gehenna” (Mt. 5, 30).
Con 70 años de edad y 43 de sacerdote, puedo
decir ahora que, precisamente porque Dios es Amor, “nos castiga
a las buenas o a las malas”. Emplea con nosotros tácticas de
amor, de dulzura, Él que es cariñoso con todas sus criaturas,
para llevamos al Reino por las buenas; pero, si no vamos por el
camino estrecho que nos lleva a la Vida, precisamente porque Él
es Amor, nos puede dar una “palmadita” para que reaccionemos. Y
si ve que nos vamos al precipicio, puede darnos un “empujoncito”
en la dirección contraria, para libramos del castigo eterno.
Pero como Él respeta nuestra libertad, si a pesar de todo el
Amor que nos ha mostrado desde la creación del mundo, si a pesar
de las muchas veces que nos ha llamado para que vayamos al Cielo,
si a pesar de saber que el Padre envió a su Hijo Jesús para
damos la salvación, si a pesar de que el Espíritu nos quiere
llevar a contemplar el Dios que es Amor, nosotros aún no
queremos, entonces iremos a la gehenna, y allí será “el rechinar
de dientes”.
¿Quién
se puede mantener en pie si Dios nos juzga por nuestros pecados?
Pero, Tú, Señor, ten piedad de nosotros y lleva a todos los
hombres hacia Ti, pues tu gran Corazón tiene capacidad para
acoger dentro a todos nuestros pequeños corazones.
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